
No: las alternativas son demasiado caras
Estados Unidos y Europa Occidental pueden anotarse un logro significativo en los últimos 40 años: reducciones importantes en la polución del aire con sólo un efecto pequeño en el crecimiento económico y la prosperidad. ¿Por qué no podemos esperar lo mismo con las emisiones de gases de efecto invernadero?
Los gases de efecto invernadero no son un problema de contaminación tradicional. Es un problema de uso de energía, y eso lo hace muy diferente. La polución tradicional del aire es un producto indeseado. Reducirla no requiere restringir el uso de combustibles de origen fósil. En las últimas décadas, hemos duplicado el consumo de algunos carburantes fósiles mientras realizamos grandes reducciones en la polución.
El dióxido de carbono, sin embargo, resulta de la combustión completa del combustible. No existe tecnología para eliminarlo del proceso. La única forma de reducir emisiones es quemar menos combustible.
Así que para cumplir los objetivos establecidos por los activistas ecológicos, EE.UU., Europa y Japón deberán reemplazar casi todo su sistema de infraestructura.
Para EE.UU., el objetivo de reducir en 80% las emisiones significa volver a un nivel visto por última vez en 1910.
No está claro que el objetivo de reemplazar los combustibles fósiles pueda cumplirse independientemente de su costo, algo que apuntó la Agencia Internacional de la Energía en su pronóstico anual energético más reciente.
El problema es que las alternativas propuestas —energía solar, eólica y nuclear, el hidrógeno y el biocombustible— son mucho más caras que los combustibles fósiles. Los cálculos creíbles de implementación de energía de baja emisión en EE.UU. en la próxima generación empiezan a partir de algunos millones de millones de dólares. Nadie puede dudar que esto reducirá el crecimiento económico.
El recurso maestro
La energía no es como otros bienes que pueden ser sustituidos. Ha sido llamada el recurso maestro porque es clave para el resto de la economía. No existe ningún ejemplo de un país que se haya enriquecido con energía cara.
En las últimas décadas, EE.UU. ha mejorado su eficiencia energética al mismo tiempo que ha crecido. Pero las emisiones siguen aumentando. Conseguir una reducción de 80% de aquí a 2050 significaría triplicar nuestros logros en cuanto a eficiencia y mantenerlos por años, algo sin duda imposible.
Tal vez habrá algunos avances exponenciales en la tecnología energética, pero incluso así, el costo para la economía será muy grande. Las plantas energéticas, refinerías y redes de transmisión son activos de larga duración, así que un cambio rápido a una nueva tecnología implicará retirar activos antes de que cumplan su vida útil y redirigir billones en capital de otros sectores.
Algunos proponen realizar cambios graduales usando métodos como el intercambio de licencias de emisión. Pero esos planes se basan en predicciones poco realistas sobre lo que es factible conseguir y a qué costo. La estimación de costos del proyecto de ley estadounidense Waxman-Markey, por ejemplo, asume que se creará un sistema internacional para transar créditos, un mercado que ayudará a estabilizar los precios energéticos. Pero los obstáculos que afronta la creación de este sistema son enormes. Australia, Nueva Zelanda y Rusia ya muestran señales de querer retirarse de la actual regulación para reducir emisiones.
Una ínfima posibilidad
La posibilidad de conseguir un acuerdo ambicioso de reducción de emisiones con economías emergentes es casi inexistente. Los países en desarrollo necesitan grandes cantidades de energía nueva en los próximos 40 años. ¿Cuál es la posibilidad de que adopten una política energética cara a una escala que ni siquiera los países ricos se pueden permitir? Algunos sugieren dar a los países en desarrollo objetivos más bajos, pero algunos de los países emergentes más importantes, como India, han indicado que no aceptarán ninguna limitación.
Finalmente, la idea de que debemos actuar ahora para evitar mayores costos más adelante no se sostiene. El mundo de mañana será considerablemente más rico y mucho más capaz de absorber los costos del cambio climático. William Nordhaus, de la Universidad de Yale, uno de los principales economistas del clima, cree que la mitad o más de los efectos nocivos del cambio climático se deberían permitir, ya que el mundo dentro de 40 o 60 años tendrá mayor capacidad para responder a los efectos económicos.





