
Palabras que etiquetan el trabajo
La terminología usada en Recursos Humanos significa lo contrario de lo que se quiere decir
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Lo queramos o no, en las empresas casi todos somos gestores de personas. Y al hablar de ellas no podemos seguir utilizando términos como principal activo, capital humano o mencionar de pasada el factor humano." Estas palabras, escritas por Juan José Almagro, doctor en Ciencias del Trabajo en el diario español Cinco Días, hacen blanco sobre un tema habitualmente invisible: la relación entre las palabras y las cosas, parafraseando el título de un texto de Michel Foucault que vale la pena tomar como guía. Las palabras, los nombres en particular, no son inocentes y neutras respecto de nuestra manera de entender el mundo. Por el contrario, la condicionan.
La desafortunada etiqueta de recursos humanos tiene un efecto negativo si lo pensamos en términos singulares. Cada empleado, de cualquier nivel, que se defina a sí mismo como recurso tendrá pocas posibilidades de vincularse con el trabajo o la empresa más allá de los estrictos términos contractuales. Puesto de otro modo: si sólo es una pieza del mecanismo por la que se paga un precio, pueden reemplazarlo en cualquier momento. Pero además quedan afuera todas las otras dimensiones que lo conforman como ser humano -sentimientos, familia, sueños, esperanzas, etcétera- porque, al fin y al cabo, es un recurso más. Mal principio para pretender que un empleado dé lo mejor de sí.
Capital humano es una denominación de menor antigüedad. Surge de una concepción financiera que ha tenido un gran brillo durante los últimos tiempos, hoy algo menguado por la crisis mundial. Nuevamente, desde la perspectiva individual es poco estimulante. Cualquier hombre o mujer que se refiera a sí mismo con igual valía que los pesos acumulados en el banco puede sentirse objeto de cambio o tan manoseable como un billete.
Factor humano . Según la acepción matemática, un factor es "cada una de las cantidades o expresiones que se multiplican para formar un producto" (RAE). La definición no carece de verdad. Tiene una referencia sistémica, aunque poco relevante.
Por lo mencionado hasta aquí, los seres humanos no aparecen como protagonistas de la escena, sino más bien como comparsas o miembros del coro de las tragedias griegas. Aportan, pero como telón de fondo.
En vez de seguir repasando las distintas denominaciones, es preciso advertir que no aparece nítidamente, en el horizonte de las palabras, aquella que ubique en mejor posición al hombre en su relación con el trabajo. Es, de algún modo, un problema.
Al decir de Foucault, el lenguaje impone un orden al mundo y es por esto que no resulta para nada inocente. Dicha conformación modela nuestras posibilidades de conocer y entender. En Las palabras y las cosas ejemplifica con tres rupturas. Hasta el Renacimiento, "las palabras tenían la misma realidad que aquello que significaban". El medio de cambio tenía valor equivalente: oro, plata, etcétera. En los siglos XVIII y XIX, el discurso rompió sus vínculos con las cosas y el valor intrínseco de la moneda pasó a ser sólo representativo. A partir del siglo XIX el dinero no mide el valor de un bien, sino el trabajo necesario para producirlo. Por todo esto es necesario revisar cómo queremos conocer, valorar y ubicar al trabajo humano en nuestro discurso del siglo XXI.
jorgemosqueira@gmail.com
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