Perspectivas de una Argentina plena y soberana

Roberto Feletti
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27 de octubre de 2013  

Los comicios electorales son siempre escenarios propicios para realizar un balance de la gestión del Gobierno en curso, tanto por parte del oficialismo como de la oposición.

Habiéndose cumplido este año el décimo aniversario de un gobierno que vio la luz en 2003 de la mano de Néstor Kirchner, y que continúa nuestra actual Presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, mucho se ha hablado acerca de los principales aspectos que llegan para definir la "década ganada", entre ellos, la recuperación del Estado como redistribuidor social, la ampliación de los márgenes de soberanía a partir de la liberación de los condicionantes de la deuda, el surgimiento de nuevos derechos de orden individual y colectivo -empleo estable, paritarias, cobertura previsional masiva, protección universal de niñez y adolescencia, matrimonio igualitario, proceso judicial a los criminales de la dictadura, presupuesto educativo récord, fundación de nuevas universidades, fútbol para el que lo quiera disfrutar, urbanización de las barriadas más humildes del país-, que florecen como atributos de un nuevo ciudadano.

Así, legítimamente, las grandes transformaciones promovidas en esta década surcaron el firmamento político de 2013. Sin embargo, con ánimo de aportar al debate, propongo encarar estas elecciones ponderando adecuadamente lo actuado a partir del segundo mandato de la Presidenta, esto es, lo ocurrido en el bienio 2012-2013 y cuáles son las perspectivas para los próximos dos años. Al efectuar ese corte, se advierte notablemente el singular esfuerzo realizado para superar el desequilibrio externo con que se inició este gobierno y el favorable pronóstico que tiene la evolución hacia el futuro.

Prácticamente, con la jura de su nuevo período, la Presidenta debió afrontar un déficit externo que rondaba los US$ 18.000 millones: US$ 6000 millones de déficit energético, US$ 6000 millones de desequilibrio en el intercambio con Brasil y US$ 6000 millones de vencimientos constantes y sonantes de deuda pública.

La forma para superar este desbalance externo no fue una abrupta corrección del tipo de cambio que impactara negativamente en las importaciones y los niveles de actividad y empleo, ni tampoco obtener financiamiento en condiciones gravosas con un traslado del problema a futuras administraciones; menos aún abrirse a mercados volátiles y especulativos.

En cambio, se estableció un orden de prioridades en la asignación de las divisas que ingresaban en el país genuinamente por nuestras ventas al mundo, conforme a las necesidades de importación de insumos y maquinarias, a fin de que la economía mantuviera un nivel de producción compatible con una baja tasa de desempleo. A su vez, se garantizó el pago de nuestros servicios de deuda.

El año 2012 fue de bajo crecimiento, de regulaciones en el mercado de cambios irritantes para ciertos sectores de la sociedad, pero donde se priorizó preservar el empleo, el salario y la protección social alcanzada a lo largo de estos años, como sostén de una economía, que, de lo contrario, habría entrado en recesión. Con una administración de la oferta de divisas se transitó la restricción del sector externo, de un modo singular y distinto a las graves crisis que golpearon a nuestro país en el pasado. Basta recordar los aciagos años 1981-1982; 1989-1990; 1994-1995 y la debacle final de 2001-2002.

Gracias a las políticas implementadas durante 2012, en el presente año la economía exhibe signos de una evolución mucho más favorable, apoyada en la confianza que genera un gobierno que no está dispuesto a permitir que la escasez de divisas rompa el robusto mercado interno existente.

Pero también, lejos de atavismos ideológicos, avanza en la resolución de las dificultades del frente externo. Jalonan este hecho los acuerdos con las empresas estadounidenses litigantes en el Ciadi, que permitieron destrabar un programa trienal con el Banco Mundial por US$ 3000 millones; la oferta de los bonos Baade a los principales consorcios económicos para financiar la expansión de nuestras fuentes de energía; el acuerdo con Chevron para desarrollar el yacimiento de Vaca Muerta; la reapertura del canje para aumentar el volumen de deuda reestructurada, y la firme decisión de cumplir con nuestras obligaciones externas, sorteando todas las vallas que voraces mercados quisieron imponernos.

La posibilidad concreta de elevar nuestros niveles de producción de petróleo y gas por la puesta en valor de áreas secundarias y del tercer yacimiento del mundo de shale oil , el avance hacia un intercambio compensado con Brasil y un horizonte de stock de deuda pública reestructurada y con bajos vencimientos conforman un escenario externo, para el gobierno que inicie su mandato a fines de 2015, mucho más sólido y solvente que el que afrontó nuestra Presidenta en 2011.

Tal vez éste sea, junto con los de carácter más estructural mencionados al inicio de este recorrido, uno de los principales legados de este gobierno.

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