Por qué la inteligencia artificial puso en jaque a toda la industria del software
Un plugin de inteligencia artificial bastó para evaporar casi un billón de dólares del sector de software; lo que se derrumbó no fue una empresa: fue la lógica con la que se valuó un modelo de negocio durante 30 años
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El 3 de febrero de 2026 fue uno de esos días en los que el mercado reacciona, de golpe, a un fenómeno que venía gestándose en cámara lenta. Hasta esa mañana, las empresas de software eran intocables: crecieron junto con la digitalización, capturaron rentas con suscripciones y se volvieron el peaje invisible del trabajo moderno. Todas las empresas necesitaban su suite de administración, recursos humanos, ventas y compliance para funcionar. La revolución de la Inteligencia Artificial venía ganando terreno, pero fue un simple plugin lo que terminó de asustar al mercado.
Anthropic —la empresa detrás del modelo de inteligencia artificial Claude— publicó una actualización pensada para equipos legales: revisión de contratos, triage de NDAs, compliance, briefings y respuestas ajustadas al playbook de cada organización. Lo relevante no fue la lista de funciones, sino el formato: estaba diseñado para Claude Cowork, una aplicación “agéntica” donde el modelo no solo responde preguntas, sino que ejecuta secuencias de pasos y coordina herramientas por su cuenta.
La reacción fue inmediata y desproporcionada. Thomson Reuters —dueña de Westlaw, la plataforma que durante más de un siglo y medio organizó el océano de jurisprudencia estadounidense— llegó a caer 18% en un solo día. En los días siguientes, el pánico se contagió al software a escala global: se estima que desde el 28 de enero el selloff borró casi un billón de dólares —un trillion en inglés— de valor de mercado. Bloomberg lo bautizó software-mageddon.
¿De verdad un plugin causa semejante estrago? Obviamente, no. Lo que se derrumbó fue la fantasía de que el negocio del software estaba blindado. El plugin simplemente hizo visible el fenómeno de fondo: 2026 es el año en que la inteligencia artificial deja de hablar y empieza a actuar.
El modelo que se rompe
Para entender el pánico hay que entender primero qué hacía tan rentable al software empresarial. Durante décadas, el sector vivió de una idea genial: cobrar por asiento. Cada empleado que usaba la herramienta era una licencia, cada licencia una suscripción, cada suscripción una renta mensual. Si la empresa crecía, el proveedor cobraba más. Doscientos empleados, doscientas sillas. Era el negocio perfecto: escalar sin fábrica, sin inventario, con márgenes enormes y un gráfico de ingresos que solo sabía ir para arriba.
El agente de IA rompe la ecuación que sostenía ese gráfico: si una inteligencia artificial puede hacer el trabajo que antes se repartía entre tres analistas, no solo caen tres sueldos: caen tres asientos de software. Wall Street hizo la cuenta rápido: el motor de crecimiento histórico del sector —más empleados en el cliente equivale a más licencias— deja de funcionar.
Pero hay una fractura más profunda todavía: el agente no solo reduce la cantidad de usuarios, sino que cambia la forma en que se trabaja. El usuario deja de habitar las aplicaciones y el trabajo se convierte en una instrucción: “cerrá estos tickets”, “revisá estos contratos”, “armá el pipeline de ventas”. El agente entra y sale de diez sistemas, compone una acción, y al humano le llega un resultado. Cuando eso ocurre, la aplicación deja de ser el lugar donde pasa el trabajo y se convierte en infraestructura: una base de datos con APIs y permisos. Y la infraestructura, como enseña la historia del capitalismo digital, tiende a abaratarse. El valor migra hacia la capa que orquesta. Las suites que eran peajes del trabajo moderno corren el riesgo de volverse cañerías. Y nadie paga fortunas por cañerías.
En el caso legal esto se ve con brutalidad, porque el producto era precisamente el ritual de búsqueda. Westlaw construyó un imperio sobre el acceso ordenado a jurisprudencia, doctrina y archivos. Con agentes, ya no necesitás navegar el mar; necesitás que alguien te traiga el pescado limpio, con las espinas marcadas y sugerencia de receta. El usuario deja de pagar por buscar y empieza a pagar por resolver. Y el patrón se repite en todos lados: en ventas, si el agente hace prospección, redacta mails, agenda reuniones y arma reportes, el vendedor entra menos al CRM.
La velocidad que asusta
Dario Amodei, CEO de Anthropic, lo graficó con una imagen incómoda: la IA podría funcionar como “un país de genios dentro de un data center”. No hablaba de un chatbot simpático, sino de capacidad productiva concentrada, escalable y cada vez más autónoma. Cuando eso aparece como producto, el mercado no discute ética: discute márgenes.
Para dimensionar la velocidad, conviene mirar métricas frías. La organización sin fines de lucro METR viene midiendo el horizonte de tareas que un modelo puede completar de forma autónoma: hoy ronda las cinco horas, y se viene duplicando cada apenas tres meses. Si esa tendencia se sostiene, para fin de año podríamos ver agentes que resuelvan sin intervención humana lo que a nosotros nos habría tomado semanas. Cuando una máquina sostiene una tarea durante tanto tiempo, deja de ser asistente y reemplaza procesos enteros.
Kristalina Georgieva, del FMI, lo llama “un tsunami” sobre el mercado laboral: en economías avanzadas, estima que hasta el 60% de los empleos se verán afectados por IA y alrededor del 40% a nivel global. Ya no se trata de si la IA te ayuda a escribir mails, sino de qué pasa con salarios, carreras y movilidad social.
Lo que puede salir mal
Pero no todo es línea recta. El caso Klarna templa el entusiasmo. La empresa sueca y OpenAI publicaron que su asistente manejó 2,3 millones de conversaciones en un mes, equivalente al trabajo de 700 agentes humanos, reduciendo el tiempo de resolución de 11 minutos a menos de dos. Pero en 2025, el propio CEO reconoció que la apuesta agresiva al “solo IA” había deteriorado la calidad y que necesitaban reintroducir humanos. “Siempre tiene que haber un humano si el cliente lo quiere”, admitió. Gartner proyecta que para 2028 un tercio del software empresarial incluirá IA agéntica, pero advierte que más del 40% de esos proyectos podrían cancelarse antes de 2027 por costos y retorno poco claro. El futuro llega, pero no sin tropezones.
Entonces, ¿por qué se desplomaron las acciones? Porque el mercado no está valuando lo que un agente hace hoy, sino lo que podría hacer mañana. No reaccionó a un plugin: reaccionó a la posibilidad de que el software deje de ser un producto y se convierta en un commodity que el agente prende y apaga según necesidad. Si el cliente ya no compra “una app” sino “capacidad de ejecutar”, la rentabilidad histórica del sector queda en discusión. No cae una empresa: se tambalea el modelo mental con el que se valuó toda una industria.
Y ahí aparece la paradoja más curiosa de esta revolución. Con la IA ganando terreno en todo lo que ocurre dentro de una pantalla, quizás el trabajo más seguro del futuro no sea programador, sino plomero, electricista o técnico de redes. Los agentes van a escribir código, analizar contratos y cerrar balances. Pero alguien tiene que tirar cables, enfriar racks, mantener infraestructura y reparar el mundo físico que hace posible el digital. En un giro que pocos anticiparon, la mejor cobertura contra la inteligencia artificial podría ser un par de manos y una caja de herramientas.
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