Primeros pasos para la equidad distributiva
Por Héctor Walter Valle Para LA NACION
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La estrategia salarial a largo plazo para la actividad privada que ha venido definiendo el Gobierno aspira a que las mejoras en las remuneraciones sean consecuencia de redistribuir entre trabajadores y empresarios tanto los aumentos en la productividad como los mayores márgenes de rentabilidad que, en particular, están percibiendo los sectores transables de la economía.
Ahora bien, puesta en esos términos, esta última no es sino la vieja y conocida "teoría del derrame" según la cual el reparto de los frutos del crecimiento quedaría a cargo del mercado y/o las convenciones colectivas. Ambas cosas fueron esperadas inútilmente durante los años 90 y hasta el derrumbe de la convertibilidad. Pero ahora, y probablemente a partir de una lectura crítica de tal experiencia, hay una diferencia en la gestión inmediata del tema que no es menor: se trata de la intervención del poder político para garantizar su efectividad, decidiendo ajustes por decreto que van materializando el efecto que, supuestamente, debía ocurrir de modo automático y que, como enseña la experiencia de los noventa, nunca ocurrió.
Estamos entonces frente a una lectura realista de las fallas de mercado (especialmente en una situación de alto desempleo) que sin embargo es todavía muy limitada. Para perfeccionarla debería garantizarse su alcance al conjunto de los trabajadores incluyendo tanto a los empleados públicos como a los que revistan en negro. Cierto es que resta un largo camino por recorrer para que la Argentina vuelva a ser una sociedad más equitativa, pero no puede ignorarse la dirección correcta en que se dan estos primeros pasos más allá de las referidas limitaciones.
Es innegable que hasta el presente la mejora en el desempeño de los sectores productivos constituye el fruto casi exclusivo de la devaluación. Esa gran apreciación en el valor del dólar, en la práctica, constituyó el único incentivo con que contó la producción interna, pero resultó muy potente. Ausente cualquier mecanismo de compensación, la previsible contrapartida estuvo constituida por el deterioro en los salarios reales que, entre diciembre de 2001 y septiembre de 2003, cayeron un 7,4%. La caída de la relación salarios versus tipo de cambio se convierte así en una limitación al crecimiento potencial de la economía a muy cercano plazo, ya que le pone inevitablemente un techo más bajo de lo deseado al poder adquisitivo interno.
El diagnóstico del ministro de Economía es correcto al sostener que no basta con el crecimiento de las exportaciones como motor para garantizar la continuidad de la actual fase expansiva. En consecuencia, debe ponerse el énfasis en la dinamización del consumo interno, que aporta el 72% a la demanda agregada. Para 2004, la confluencia de cierta mejoría adicional en las exportaciones más un desempeño más dinámico en el consumo generarían a su vez un marco de condiciones más estimulantes para justificar nuevas decisiones en materia de inversión. Para que crezca el consumo -público y privado- hay una sola receta: deben crecer el empleo y mejorar los salarios. En su discurso ante la asamblea empresaria de Rosario, el ministro dio señales de una lectura alternativa a la que imperó durante los años de la convertibilidad, tanto acerca de los factores del crecimiento que era necesario poner en marcha como respecto de la necesidad de asegurar que el famoso "derrame " efectivamente ocurra. En primer lugar reconoció explícitamente que con las exportaciones no era suficiente para garantizar la sustentabilidad del crecimiento. Podemos agregar que, debido al tipo de bienes involucrados en nuestras ventas externas, sus efectos estimulantes sobre la economía interna y la generación de empleos se encuentran muy acotados a ciertos nichos. A ello debe añadirse que parte de las divisas que generan no reingresan al país, lo cual afecta al ingreso disponible fronteras adentro para gastarlo en consumir o invertir.
A partir de este enfoque estratégico, para que la reactivación del consumo no sea sólo un episodio de las próximas fiestas navideñas, queda un largo camino por recorrer. En primer lugar es necesario quebrar el congelamiento salarial que rige en la administración pública, lo cual supone reorientar los recursos excedentes hacia la corrección de esta distorsión. En segundo término debe forzarse una mayor formalización de la economía. Actualmente sólo la mitad de los ocupados en la actividad privada son perceptores de estas sumas no remunerativas que se han venido acordando. Por lo tanto es preciso establecer un cronograma para que las pymes, en particular, vayan regularizando su situación en la materia. Pero con esto no basta, es necesario también revisar la práctica de los últimos convenios colectivos, en los cuales se incluyen normas flexibilizadoras que imponen "por convenio" condiciones laborales similares a las que imperan en el mercado informal.
En tercer término, para que se mantenga esta tendencia alcista en las remuneraciones es necesario contar con mecanismos de financiamiento de la nómina salarial a los cuales puedan asistir las empresas para financiar los futuros aumentos de remuneraciones -como instrumento de una política general que establezca pautas para distribuir los aumentos en la productividad- aplicando fondos originados en el redescuento para fines específicos y vinculados con los flujos de ingresos esperados de las empresas en función de hipótesis razonables sobre la reactivación.
Una estrategia integrada de recomposición salarial supone un cambio sustancial en los órdenes de prioridades que se han impuesto en la política económica argentina del último cuarto de siglo, colocando en el primer lugar la distribución del ingreso.
Y éste puede ser un primer paso decisivo para la construcción de un modelo de desarrollo económico que otorgue la prioridad a la equidad distributiva no sólo como un objetivo de justicia social sino para otorgarle demanda solvente al crecimiento de la economía argentina.
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