¿Quién está a cargo hasta que termine la transición?
La toma de decisiones no se basa en lo meramente posible, sino en lo más probable, por lo que habrá que adoptar definiciones pensando que este brevísimo período transitará sobre bases cuerdas
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Juan Pérez desesperado, contando los minutos que faltan para que abra el banco donde depositó un plazo fijo que vence hoy para ser de los primeros que retire el dinero y gambetear a los asaltantes que lo pueden estar esperando a la salida de la entidad financiera, para comprar cualquier producto, “antes de que sea tarde”. No estoy pronosticando, sino ilustrando.
¿Por qué podría ocurrir esto? Por una barbaridad que le escuchó al actual ministro de Economía o un rumor referido a sus probables decisiones finales; pero también por una barbaridad que le escuchó al presidente electo o a un rumor referido al accionar de su gobierno a partir del 10 de diciembre próximo.
En el plano estrictamente político, la cuestión de la responsabilidad de lo que ocurra hasta el cambio de autoridades es el juego del Gran Bonete. Para Milei, le corresponde a Massa; para este último, depende de aquel. Técnicamente, como sugiere el ejemplo planteado, se puede deber a uno o a otro.
Pero no hay cogobierno porque desde el punto de vista decisorio se plantea una asimetría. Aun si Pérez no renovara el plazo fijo por algo que le escuchó a Milei, hoy por hoy es Massa quien tiene que sacar las papas del fuego. La traumática transición de 1980-81, así como la dinámica de 1989, son muy ilustrativas al respecto.
Digresión. La Argentina tiene un régimen político presidencialista, como Brasil y Estados Unidos. No un régimen parlamentario, como Inglaterra, Japón o Israel. En Inglaterra el lunes pasado Milei hubiera visitado al Rey y desde anteayer ejercería la máxima autoridad ejecutiva. Aquí no.
La toma de decisiones no se basa en lo meramente posible, sino en lo más probable. Por lo cual, en lo que resta de esta afortunadamente brevísima transición, hay que tomarlas sobre la base de que transcurrirá sobre bases cuerdas, no locas. Porque la locura no le conviene a ninguno de los dos involucrados. Al presidente electo, porque ya bastantes problemas tiene con los existentes como para agregarle los generados por una transición que al final se desmadre; al ministro de Economía y derrotado candidato presidencial, porque es joven y tiene mucha carrera política por delante.
Y llegará el 10 de diciembre de 2023. Para eso, en la Argentina, falta una eternidad. Pero calma: quien mire para atrás el intenso año que está por terminar advertirá que la realidad fue mucho menos angustiante de lo que a muchos les parecía.
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