Río Turbio, una tierra de promesas y dinero que ya no se puede sostener

Diego Cabot
Diego Cabot LA NACION
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30 de enero de 2018  • 12:55

Hay un lugar de la Argentina en el que todos los días llega un cheque de 11,1 millones de pesos. Si se apilaran en fajos de 100 pesos, a diario llegarían a la cuenca carbonífera de Río Turbio, 16,5 metros de dinero.

Desde que la tragedia y la desidia se llevaron 14 mineros, la historia del yacimiento de carbón cambió para siempre. Néstor Kirchner llegó entonces a su terruño con promesas y dinero. Luego su esposa y sucesora, Cristina Kirchner, continuó con aquella política. Ambos cumplieron.

El kirchnerismo llenó de dinero y de promesas la cuenca que conforman Río Turbio, 28 de Noviembre y Julia Dufour, un lugar en Santa Cruz que vive de dos actividades centrales: la administración pública y la mina de carbón. Hoy, ambas están en crisis.

La mina de carbón funciona casi marginalmente desde aquel 2004. La producción se cayó ante la falta de un mercado a quién venderle la producción. Era una fábrica de casete en épocas de MP3. Kirchner decidió mantener la producción y para darle sentido, inició la construcción de una centra térmica que consuma el combustible de la mina. De regreso a aquella metáfora, se construyó un radiograbador para que funcionen los casetes.

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Existían argumentos, muy atendibles desde la geopolítica, como para justificar esa decisión. ¿Qué hacer con esta población si se decidiese cerrar la mina, clausurar esos 70 kilómetros de túneles y enterrar para siempre las toneladas de carbón que aún están enterradas?

Pero el tema es que a la luz de aquella solución se consumó la corrupción más rancia. A través de Yacimientos Carboníferos Río Turbio (YCRT) se canalizó dinero que terminaba en manos de unos pocos. Hoy Julio De Vido y Roberto Baratta están presos por los desmanejos que se dieron a más de 2700 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires. Y habrá más detenciones en poco tiempo.

Durante años se compró silencio con dinero. Todos contentos con sueldos de privilegio y contrataciones a raudal. Se duplicó la dotación y la producción no llegó nunca.

La central térmica tampoco se inauguró nunca. Más aún, se prendió una caldera sólo para que Cristina Kirchner tenga su acto de campaña. Se rompieron varias cosas por aquel capricho electoral.

La nueva gestión decidió preparar la mina para que empiece la producción continua. Pero la central se frenó y jamás se avanzó en la construcción de lo que queda por hacer.

Según la Asociación Argentina de Presupuesto (ASAP), en los primeros 10 meses del año se giraron 11,1 millones de pesos cada día. La nueva administración sabe que la dotación en mucho mayor de lo que necesita y que la central está, al menos, a dos años de poder terminarse.

Ahora bien, el país generó centenares de territorios inviables si sólo se toman los fríos números. La Argentina debería debatir qué hacer con esos lugares mucho más allá de lo presupuestario, y preguntarse qué hacer con una cuenca carbonífera que produce un combustible que no tiene mercado. Decidir qué hacer con las fábricas de casetes en épocas de música digital.

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