
Secretos con clase para aprender sobre vinos
Marina Beltrame creó la primera escuela de sommeliers de la Argentina para capacitar a mozos, maitres y restaurateurs
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Marina Beltrame se licenció como técnica en administración hotelera en 1990 y, después de trabajar durante cinco años en establecimientos de la Argentina, se especializó en el rubro alimentos y bebidas y sumó experiencias en restaurantes de Londres, California, Colorado, Buzios y Punta del Este.
Hacia 1996, cuando todavía el furor por los vinos no había alcanzado en nuestro país el grado de difusión que tiene hoy en día, Marina empezó a desandar un nuevo camino.
"Viajando por el mundo me di cuenta de que el vino era más que un adorno en la mesa, aunque acá ni los restaurantes ni los hoteles tenían personal capacitado para asistir a los clientes con sugerencias y mayor información", explica.
En eso estaba cuando, en una de sus escalas porteñas, conoció a George Sabaté, dueño de una de las principales fábricas de corchos de Francia.
Sabaté cree que cuanto mayor sea el número de botellas que se descorchen mayor será su prosperidad como empresario, y por eso acostumbra a financiar a los jóvenes que se interesan por estudiar la carrera de sommelier (son quienes se encargan del servicio de bebidas en un restaurante).
Así fue como la emprendedora accedió a una beca para estudiar en París, en la Ecole de Metiers de la Table.
A su regreso, en 1998, tuvo la intención de sumarse al staff de algún restaurante top para aportar sus nuevos conocimientos. Pero encontró campo fértil para la docencia y empezó a dictar cursos para capacitar a empleados y dueños de restaurantes. "Me sentí muy cómoda dando charlas y clases y decidí concentrarme en eso", cuenta.
Su paso siguiente, entonces, fue el armado de un programa de enseñanza para sistematizar sus servicios y lanzar una escuela. Carpeta bajo el brazo, salió a la calle a visitar a dueños y gerentes de restaurantes, para convocarlos a una reunión inicial de presentación.
En total invitó a gente de 100 establecimientos y logró que se inscribieran 40 personas.
Un aspirante a sommelier aprende, básicamente, a servir el vino, a recomendar opciones de acuerdo con cada plato, conoce acerca de las temperaturas ideales y de las opciones que ofrece el mercado.
El sommelier se convierte en un aliado del restaurante para mejorar el servicio que se brinda a los clientes y para administrar sus stocks de bebidas, entre otras labores específicas.
Las primeras clases las empezó a dictar en un pequeño bar y restaurante próximo a Callao y Santa Fe. Pero pronto el lugar le quedó chico y saltó a un amplio departamento en la calle Libertad.
Su escuela de sommeliers es la única que existe en el país, y, mediante un acuerdo con la Universidad de Cuyo, expide títulos oficiales. Además, tiene un convenio con la Escola de Restauració i Hostalatge de Barcelona, que envía docentes para la toma de los exámenes finales.
Todo empezó con una inversión de $ 5000, que utilizó para comprar mobiliario, computadoras e imprimir invitaciones y material gráfico. Hoy la escuela tiene alrededor de 60 alumnos, que pagan entre 100 y 120 pesos mensuales. Eincorporó opciones para aficionados que no buscan un título, pero sí mayores conocimientos.
Marina también cuenta con el auspicio de una docena de bodegas que realizan un aporte financiero anual para promover su labor.



