Un cerebro gauchito cuando fijamos metas

Martina Rua
Martina Rua PARA LA NACION
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26 de octubre de 2019  

La mayoría de los ejemplos que conozco de personas que están cambiando la manera en la que vivimos y trabajamos tienen algo en común: tienen objetivos y metas muy claras. Desde Richard Branson, que con su empresa Virgin Galactic promete vacaciones alrededor de la Luna en la próxima década, hasta la científica Jennifer Doudna, que con su método de edición genética ensaya poder "cortar" cada trozo de ADN defectuoso y poder reemplazarlo por uno sano, quienes cambian las reglas de juego suelen ser muy ambiciosos y tenaces en eso que quieren alcanzar.

Y las neurociencias están comprobando que tener esos objetivos y trazar metas no es algo anecdótico, sino que tienen una base científica probada de reestructurar las células cerebrales de modo tal que hace que alcancemos mejor esas metas.

En el estudio "La interfaz entre la emoción y la atención: una revisión de la evidencia de la psicología y la neurociencia", publicado en Behavioaral and Cognitive Neuroscience Reviews, se explica cómo la fijación de metas reestructura a nuestro cerebro para hacerlo más efectivo para alcanzarlas.

La explicación desde las neurociencias es esta: "Primero, la importancia emocional se evalúa mediante un circuito subcortical que involucra la amígdala (conjunto de núcleo de neuronas); y segundo, los estímulos considerados emocionalmente significativos tienen prioridad en la competencia por el acceso a la atención selectiva. Este proceso involucra entradas de abajo hacia arriba de la amígdala, así como de arriba hacia abajo".

Esto significa que la parte del cerebro que crea emoción (la amígdala) evalúa el grado en que el objetivo es importante para nosotros y la parte del cerebro que resuelve problemas (su lóbulo frontal) define los detalles de lo que implica el objetivo. Estos trabajan juntos para mantenerlo enfocado y avanzar hacia situaciones y comportamientos que nos conducen a lograr ese objetivo, mientras que simultáneamente hacen que se ignore y evitem situaciones y comportamientos que no lo hacen.

Esta neuroplasticidad literalmente cambia la estructura del cerebro para que esté optimizado para lograr ese objetivo. Gaucho el cerebro.

Ailin Tomo, especialista en ciencias del comportamiento, así lo describe: "las personas tenemos dos tipos de atención: de arriba abajo ( top down) que es nuestra capacidad de prestar atención a cosas por nuestra voluntad, mientras que la atención abajo arriba ( bottom up) son los estímulos de nuestra alrededor que requieren de nuestra atención, los que hacen que nuestra capacidad atencional se deposite en esos estímulos sin que medie nuestra voluntad en el proceso.

Ponerse una meta, tiene que ver con tratar de tener un objetivo para depositar nuestra atención de arriba hacia abajo, de manera voluntaria, hoy en día con tantos estímulos que tenemos se nos hace más difícil hacerlo", explica la especialista. La meditación, por ejemplo, es una manera de ejercitar la atención dirigida y elegida, versus, por ejemplo cuando nos perdemos por horas en las redes sociales sin darnos cuenta.

Los primeros hallazgos de este mecanismo cerebral se descubrieron al estudiar a pacientes con esclerosis múltiple, una enfermedad degenerativa que afecta profundamente al cerebro causando problemas en el habla, falta de coordinación muscular y fatiga severa, entre otras consecuencias.

Los pacientes con metas ambiciosas de bienestar y mejora, sufrieron un deterioro considerablemente menor que los que no. Es decir, que las metas ayudaron literalmente a "curar" su cerebro. Además se descubrió que cuanto más fuertemente se desea alcanzar una meta, el cerebro percibe a los obstáculos como menos significativos en el camino hacia esos objetivos.

"El ejercicio de tener una meta, por ejemplo, darle la importancia cultural que le damos las personas a poder leer un libro, es esta capacidad humana de poder direccionar nuestra atención en base a objetivos. Tener una meta te ordena, aunque requiere de mucho esfuerzo", explica Tomo.

Pero que las metas sean ambiciosas no quiere decir que no sean realistas, porque eso nos puede hacer caer en lo que la Dra Janet Polivy nombró como el "síndrome de las falsas esperanzas", cuando las personas trazamos objetivos que están muy por fuera de nuestra alcance y recursos para poder lograrlos, algo que genera frustración temprana y repetición de malos hábitos.

Ahora ya sabemos que cuando fijamos metas, nuestro cerebro se pone a jugar a nuestro favor. Ya que "se copa" juguemos nosotros a favor de él.

Sonido recomendado para leer esta columna: Bend and Break, de Keane

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