Soy una especie en extinción, pero no me quejo
La historia enseña que los obstáculos al progreso a lo sumo demoran la incorporación de determinadas prácticas a la vida cotidiana, pero que, en definitiva, son imparables
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Leo diarios impresos; tanto en mi casa como en mi oficina utilizo los servicios de la telefonía fija (tengo un celular que solo uso para emergencias); concurro personalmente a los comercios donde venden las cosas que necesito (alimentos, medicinas, libros); pago los viajes en ómnibus y en subte con la tarjeta SUBE; no puedo aprovechar algunas rebajas porque –a pesar de múltiples intentos, con ayuda de mi hábil secretario– nunca pude lograr el reconocimiento facial, y cuando alguna persona joven me pide el número de mi DNI y le canto una cifra de 7 dígitos, me dice... ¡que falta uno!
Soy una especie en extinción. Quien me vende los diarios sabe que el día que fallezca o me quede ciego bajará en un ejemplar la cantidad de periódicos que venda. Y lo mismo les ocurre a los dueños de los supermercados, farmacias y librerías donde compro.
No me quejo porque, como bien explicó Angela Merkel en su autobiografía, titulada Libertad, cuando frente a una dificultad uno se da la cabeza contra la pared, la que siempre gana es la pared. Quéjese, si quiere, pero no piense que la queja va a modificar la realidad.
Escribo estas líneas para que las personas a las que les ocurre lo mismo que a mí no se sientan solas, sino en mi grata compañía. ¿Qué es lo que me ayuda muchísimo? El sentido del humor. Que probablemente tampoco sirva para modificar la realidad, pero sí sirve muchísimo para digerirla.
Estas líneas tienen otro sentido: el del llamado a la congruencia. No vale que la misma persona que lamenta la cantidad de negocios que cierran en su barrio compre a través de canales directos. ¿Tanto te importa que el almacén vecino no desaparezca? Seguí comprándole, entonces.
Desde que el mundo es mundo existen los seres humanos que inventan productos nuevos, o mejores procesos de fabricación y canales de venta más cómodos. Esto no lo maneja nadie, y tampoco va a parar. La historia enseña que los obstáculos al progreso a lo sumo demoran su incorporación a la vida cotidiana, pero que en definitiva son imparables.
¿Qué tenemos que hacer cada uno de nosotros a la luz de esto? Entender qué es lo que está ocurriendo. Mejor dicho, qué es lo que nos está ocurriendo a cada uno de nosotros, para actuar en consecuencia. Nada de pensar en suicidarnos; sí que algunos integramos una especie en extinción. Tomemos la vida como viene, como aconseja Merkel y, sobre todo, no perdamos el sentido del humor.
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