Un ataque a la inversión privada

Carlos Balter
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15 de septiembre de 2014  

El Poder Ejecutivo propone una legislación según la cual la Secretaría de Comercio tendría la facultad de establecer para las empresas privadas "márgenes de utilidad, precios de referencia, niveles máximos y mínimos de precios y volúmenes de producción, fabricación, ventas o prestación de servicios". Es decir, transformar la empresa privada en estatal.

Fijar márgenes de ganancia es un tema complejo. Primero hay que encontrar un número, el porcentaje que pueda ser considerado justo, éticamente aceptable, o encontrar algún criterio que indique, por ejemplo, que un margen del 5% es mejor, es preferible que el 50%. Y así incursionamos en el mundo de la justificación de la ganancia empresaria. Incursionamos en el mundo intelectual de la ética de la propiedad privada de los medios de producción y de la históricamente famosa crítica marxista.

Para Marx la ganancia empresaria no se justifica. Este nuevo proyecto es indiscutiblemente una disposición marxista. Lo curioso es que históricamente el peronismo nunca se inclinó por una ideología marxista, sino que aceptó la empresa privada sometida a un regateo permanente por los costos y la ganancia empresaria con los sindicatos. La ideología peronista se podría caracterizar como aquella que confía la distribución del ingreso a la acción eficaz del sindicalismo organizado. Cada vez que el peronismo recurrió a controles de precios, lo hizo transitoriamente. Más aún, Perón persiguió y encarceló a los partidarios de ideologías comunistas.

Los legisladores no pueden dejar de considerar que nuestra Constitución protege la propiedad privada de los medios de producción. No es marxista. Los propietarios de las empresas son inversores, dueños de los activos, y esperan obtener una ganancia y eventualmente una pérdida resultante de la diferencia entre costos y precios de venta. Invierten porque esperan ganar, asumiendo el riesgo de que se hayan equivocado en las estimaciones de volúmenes de ventas, costos y precios de venta, enfrentados a competidores que diariamente intentarán quitarles participación en el mercado.

Los intelectuales que nunca tuvieron una empresa no entienden con exactitud el tema del riesgo empresario como justificación ética de la ganancia. Si alguna vez hubieran sido dueños de un quiosco, sabrían que quedarse con algo al final del día depende de eventualidades.

Introducir en la vida de la empresa privada argentina el nuevo riesgo de una fijación burocrática de márgenes de utilidad no es trivial. Tiene que afectar los volúmenes que los empresarios van a invertir. Los intelectuales que nunca tuvieron una empresa creen que los inversores invierten por hábito, que no hacen cuentas de los riesgos a los que someten sus ahorros o el dinero que piden prestado garantizándolo con su prestigio. Digámoslo: creen que son tontos. No lo son. Ni los pequeños ni los grandes empresarios.

Deberían investigar para descubrir que cada hecho gubernamental que afecta o pueda afectar la eventual utilidad empresaria es una alarma crítica para decidir esperar o descartar una posible inversión. Estos intelectuales de café deberían ser un poco más lúcidos y entender que nadie es tan torpe como para aceptar seguir invirtiendo sujeto a que un burócrata le diga cuánto debe ganar o perder. En realidad, si una secretaría puede fijar márgenes de ganancia sin responsabilidad alguna por las pérdidas o daños, la única conclusión lógica es que quien haga nuevas inversiones es un optimista enfermo o un tonto.

El problema para el país es que alguien tiene que hacer las inversiones. Si el Gobierno no quiere a la empresa privada, tendrá que decidirse a invertir con empresas estatales. Porque si no hay inversión, no se reponen máquinas ni instalaciones, no aumenta la productividad, disminuyen los salarios y el final puede ser trágico. Y cualquiera que haya estudiado un poco el tema del crecimiento sabe que es así. Tal vez parte de nuestro problema es que hoy están decidiendo economistas no ortodoxos, pero que no conocen la literatura no ortodoxa intelectualmente seria. Y si no ortodoxo significa marxismo, deberían expresarlo con una propuesta de reforma constitucional. Propuesta bastante experimentada con resultados desastrosos, pero siempre hay alguien que quiere inventar la rueda.

Nuestros legisladores no economistas deberían asesorarse. Detener el proceso de inversión en un país es grave. No es izquierda ni es derecha; la inversión es el factor clave que determina si se crece, nos estancamos o vamos para atrás.

El autor fue vicepresidente de la Cámara de Diputados y presidente del Partido Demócrata de Mendoza.

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