Un buen contrapunto entre las distintas generaciones

Mario Ángel Julio
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6 de octubre de 2013  

Desde hace varios años escuchamos enseñanzas de profesionales en Recursos Humanos, psicólogos y consultores referidas a los jóvenes que hoy tienen entre 15 y 30 años, a quienes llamamos Generación Y. Con cierto recelo advertimos sus principales cualidades, entre ellas la pasión por vivir el día a día, la inmediatez, el uso de la tecnología y las redes sociales para relacionarse, el cuestionamiento permanente y la búsqueda de confianza en sí mismos.

Para quienes tenemos más de 40, muchos de estos atributos colisionan con lo que aprendimos de quienes fueron nuestros maestros. Se nos enseñó que debíamos sacrificarnos para buscar un futuro estable, que se debían respetar las estructuras preestablecidas y que lo que decían los adultos (o jefes de turno) no debía ser cuestionado. Asimismo, el objetivo antes era el logro de la estabilidad laboral, lo que, de alguna manera, se contrapone con el desarrollo de la confianza en uno mismo, aspecto que permite a los Y no estar atados al mismo trabajo.

Hoy, en la base de la pirámide laboral tenemos a la Generación Y, que está haciendo sus primeros pasos en las organizaciones e incluso llegando a tomar posiciones de jefaturas o gerencias.

Por otro lado, en la parte superior hay una generación integrada por personas generalmente mayores de 40, que gozan del privilegio de definir el rumbo estratégico y de manejar el día a día de las organizaciones, basados en su amplia experiencia y conocimientos. En esta convivencia de generaciones es donde surge la necesidad de relacionarnos y nutrirnos mutuamente. Pero, en la práctica, a los mayores de 40 nos cuesta comprender a los Y.

Ellos traen incorporadas muchas cuestiones que los libros nos vienen diciendo hace años: el vivir el presente, la importancia de la transparencia, la autoconfianza y la búsqueda del sentido de la vida.

Relacionarnos con los Y nos demostrará que son plenamente conscientes de las ventajas y desventajas de sus modos de operar y vivir. Por ejemplo, ellos saben que la tecnología y las redes sociales son tremendamente útiles, pero también son conscientes de que los chats nunca reemplazarán una charla en la que nos miremos a los ojos.

Mucho escuchamos, cuando nos referimos a ellos, que a los Y no les importa nada. Es un error relacionar sus comportamientos con la irresponsabilidad, la ligereza o la falta de interés. Actitudes como incumplir horarios o tareas, o faltar al trabajo sin aviso, quizá no sean exclusivas de los Y, sino de cualquier joven de esa edad que necesita continuar madurando y también necesita límites.

A partir de los 20 años, aproximadamente, empieza una etapa crítica de los jóvenes. Ojalá en esta etapa empiecen a aflorar preguntas, y que el crecimiento personal no tenga que ver sólo con seguir acumulando datos, sino también con profundizar en sí mismos.

Este proceso de crecimiento requiere mucha paciencia, humildad y fortaleza, que es necesaria para reconocer la propia ignorancia y renunciar a lo erróneo de uno. Si bien este trabajo es personal, también es necesaria una guía; alguien que los aliente a pensar por sí mismos mientras transitan el camino del autoconocimiento. Podrán ser sus padres, su pareja, algunos libros, algún amigo, el terapeuta, algún jefe, etcétera.

Por ello, los Y esperan tener jefes a quienes admirar como líderes, que se ganen la autoridad con hechos, que sean felices las 24 horas (y no después de las 18), que hagan lo que dicen y que digan lo que hacen.

Buscan jefes que enseñen, con su ejemplo, cuestiones universales y eternas como que mayor libertad implica mayor responsabilidad o el sentido común; jefes que privilegien lo correcto por sobre su conveniencia, que enseñen la importancia del equilibrio emocional, la aceptación y el desapego, que decir no lo sé abre puertas, entre muchos otros aspectos que solemos intentar aprender, en el mejor de los casos, en nuestra vida adulta. De ahí el compromiso en mostrarles el camino hacia la excelencia, compartir experiencias, tener apertura para cambiar nuestros modelos mentales y, sobre todas las cosas, estar cerca.

El autor es socio de la práctica de Assurance de PwC

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