
Una alianza con otro ritmo
Néstor O. ScibonaPara LA NACION
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Dilma visitará Buenos Aires y luego se trasladará a Montevideo, en un gesto que indica la prioridad que otorga al Mercosur dentro de la política exterior brasileña para proyectarse al mundo. Otra buena noticia es que la agenda bilateral no incluye grandes conflictos en materia comercial, como los que en tiempos recientes tensaron la relación entre ambos países y que, por lo general, fueron zanjados con la "paciencia estratégica" de la que solía jactarse el ex presidente brasileño. Del lado argentino también debe computarse el menor protagonismo de Guillermo Moreno con trabas discrecionales a importaciones brasileñas. El polifacético secretario de Comercio Interior, que incursiona periódicamente en el comercio exterior con el declarado propósito de cuidar las reservas del Banco Central, acaba de hacer su aporte a esta distensión. Semanas atrás comunicó a las cadenas locales de supermercados que excluirá a Brasil de las restricciones para importar productos alimenticios. Probablemente lo haya hecho contra su propia voluntad: si bien el comercio bilateral batió récords el año pasado (creció 42%), volvió a ser fuertemente deficitario para la Argentina (4000 millones de dólares), pese a la inmejorable relación cambiaria que existe por la fuerte apreciación del real contra el dólar.
Sin estos conflictos en el horizonte, la alianza entre los dos mayores socios del Mercosur se encamina a incorporar nuevos ingredientes, pero no menos complejos ya que involucran reclamos cruzados de difícil resolución.
Por ejemplo, la Argentina busca que sus empresas tengan, en las licitaciones estatales brasileñas, la prioridad que les asignan los acuerdos de integración a proveedores de países miembros del bloque. Se trata de un mercado de miles de millones de dólares: Brasil no sólo está embarcado desde la gestión de Lula en un ambicioso plan de infraestructura (electricidad, caminos, ferrocarriles, puertos, comunicaciones, etc.), sino que ahora suma los proyectos para ser anfitrión del Mundial de fútbol de 2014 (que se realizará en 12 ciudades) y de los Juegos Olímpicos de 2016. Si bien estos programas prevén una amplia articulación público-privada, por lo general el gobierno sólo suele admitir la participación de empresas argentinas asociadas a compañías brasileñas, lo cual implica problemas cuando aportan tecnología propia. Una notoria excepción en este sentido es la de Industrias Pescarmona (Impsa), que obtuvo una licitación y financiación estatal para instalar tres parques eólicos en el nordeste brasileño con una inversión de 260 millones de dólares y ahora avanza en un proyecto aún más amplio en el estado sureño de Santa Catarina.
Por su parte, Brasil aspira a obtener mayores frecuencias para que sus compañías aéreas vuelen hacia y desde la Argentina. No se trata de un objetivo sencillo, si se tiene en cuenta que desde la reestatización de Aerolíneas el gobierno de CFK practica una virtual política de "cielos cerrados", avalada por los gremios aeronáuticos. En 2010, la Argentina se convirtió en el principal mercado externo para las ventas de aviones brasileños, ya que Embraer está reequipando la flota de Austral con financiación blanda del BNDes y ahora Brasil busca agregar a este logro comercial y financiero un correlato de servicios.
Si en estos temas hacen falta decisiones políticas, en otros pasan por compañías globales. Ocurre con la industria automotriz, donde cada país es el principal destino de las exportaciones del otro, dentro de un comercio administrado pero asimétrico, especialmente en el sector de componentes. Por caso, Brasil monopoliza la producción de motores (con una capacidad de 3,5 millones de unidades) y tiene un alto desarrollo de autopartes, a diferencia de la Argentina que se ha especializado mayormente en cajas de cambio. Pero algunas medidas oficiales para impulsar la producción local de motores y componentes avanzan aquí a marcha lenta, debido a problemas de instrumentación (subsidios y reintegros) que reducen el horizonte para inversiones a más largo plazo. En otros casos, además, algunas trabas oficiosas a la importación (como ocurrió con maquinaria agrícola brasileña) agregaron incertidumbre a compañías con intereses en ambos países.
Rumbos opuestos
A juicio de muchos especialistas, la Argentina y Brasil podrían avanzar en proyectos conjuntos en numerosas áreas (energía, automotores, turismo, tecnología nuclear, satelital y espacial), pero un escollo importante es la diferencia de enfoque económico entre ambos países. Esto también explica en parte el déficit de la Argentina en el comercio bilateral, pese al tipo de cambio extremadamente favorable. Paradójicamente, la situación resulta inversa a la de los 90, cuando el dólar bajo de la convertibilidad impulsaba importaciones desde Brasil y afectaba exportaciones argentinas, pero el intercambio bilateral era positivo.
Según el economista Dante Sica (ex secretario de Industria y titular de la consultora Abeceb.com), este fenómeno tiene una causa estructural más que cambiaria. Brasil amplió el superávit comercial bilateral en aquellos rubros donde ya era superavitario (como bienes de capital e insumos industriales) a raíz del aumento de la competitividad y de la escala de producción exportable y así logró que la Argentina reorientara importaciones desde otros países. A la vez redujo el déficit en otros rubros deficitarios, porque la oferta argentina se contrajo (como ocurrió en energía y combustibles, trigo, agroalimentos, etc.) debido a las políticas que desalentaron el aumento de saldos exportables y lo obligó a recurrir a mercados alternativos.
Con este diagnóstico coincide Marcelo Elizondo (ex titular de la Fundación ExportAr y actual director de la consultora DNI), quien sostiene que la Argentina consume más de lo que produce, trabaja al máximo de la capacidad instalada y tiene un problema de agotamiento de la capacidad de inversión para ampliar la oferta exportable, debido a restricciones energéticas, financieras y expectativas inflacionarias, que no se resuelven con una devaluación del peso. También advierte que hoy existe una "inflación en reales" que reduce la competitividad argentina. Sica, a su vez, señala que el problema cambiario es más de la Argentina que de Brasil, ya que este país aprovechó la apreciación del real para aumentar la inversión y la productividad, mientras que aquí el tipo de cambio se deteriora por la alta inflación.
Nadie sabe si este tema estará incluido en el diálogo entre Cristina y Dilma, quien hasta ahora no ha dado señales de promover una abrupta devaluación del real. Lo que sí puede descontarse es que será difícil coordinar proyectos conjuntos, cuando en un país frenar la inflación es una prioridad política y en otro estimularla, un argumento electoral.






