
Villalonga tuvo que irse de Telefónica
Lo acusaban de enriquecimiento ilícito
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Juan Villalonga renunció ayer a su cargo de presidente del grupo Telefónica, acorralado por la sospecha de que utilizó información confidencial para enriquecerse en los mercados financieros.
Lo reemplaza desde ayer César Alierta, un abogado de 55 años que estaba al frente de Altadis, la ex tabacalera estatal española.
Alierta dijo que continuará el rumbo de Villalonga, aunque se supone que habrá un cambio de estilo por su carácter más conciliador.
Tras la definición, las acciones de Telefónica subieron por el fin de la incertidumbre.
César Alierta, su reemplazante, es un abogado de 55 años dueño de un estilo un poco más conciliador en los negocios.
Ayer, a las 18.30, sonaron aplausos en la sala de reuniones del edificio que Telefónica posee en la Gran Vía. César Alierta, un abogado de 55 años, inteligente, conciliador y al que se le suelen trabar las palabras cuando habla fue nombrado presidente de la principal multinacional española.
Había destronado a Juan Villalonga, todo un bull dog de 47 años que, tras cuatro años y un mes de gestión, multiplicó por cinco el valor de la empresa y extendió sus negocios a 25 países. Y tuvo después la mala idea de enemistarse con el gobierno. Especialmente con el presidente José María Aznar.
Seguro, distante, a veces altanero, Villalonga cayó con el mismo escándalo con el que llegó a la cúpula en junio de 1996, cuando el principal activo en su currículum eran los años de fraternidad compartidos con el entonces flamante presidente del gobierno español.
Pero ayer su salida distó mucho de la oscuridad del eclipse: cámaras y fotógrafos de todo el mundo lo esperaban en la puerta. Y su imagen era más buscada que la de quien desde hace unas horas ocupa su sillón, uno de los más codiciados en el mundo de los negocios.
"Para mí, esto es todo un reto", dijo Alierta, con una modestia que hacía rato no se veía por esos pasillos.
Villalonga mostró una vez más su perfil preferido, el del peleador frío, astuto y encantador que lucha con la certeza de que va a ganar. El mismo que se convirtió en modelo de imitación entre miles de jóvenes que habitan las oficinas de la España de los nuevos negocios. Los que se piensan siempre en movimiento, saltando de una fusión a otra para sobrevivir en un escenario donde unos se comen a otros.
La compañía comunicó la dimisión con un parte de prensa de pocos párrafos donde las felicitaciones mutuas entre quien sale y quien entra no llegan a reflejar la variedad de ingredientes que tuvo esta historia, donde se conjugaron intereses políticos, presiones y estilos de negocios y de vida personal que llegaron a hacerse tan incompatibles como para tensar la cuerda y hacer saltar el nudo.
"Yo me voy porque no aguanto más la presión del gobierno", dicen que manifestó ayer Villalonga al despedirse de sus colaboradores inmediatos. El ministro vocero, Pío Cabanillas, tuvo que salir a desmentirlo.
Pero el tiro de gracia sobre Villalonga sonó por un supuesto uso de información privilegiada en beneficio propio, un tema que ahora investiga la Comisión de Valores española y que en rigor ya había sido investigado y cerrado sin culpa ni cargo hace dos años. Pero que volvió a ventilarse luego de que el diario El Mundo publicara una seguidilla de lo que presentó como nuevos indicios del caso.
El 20 de junio último, desde Lisboa, Aznar opinó que la Comisión de Valores debería esclarecer el tema. En medio de crisis internas, el organismo reabrió el caso. Antes de eso había sobrevivido a las presiones que hicieron fracasar su sueño de fusionar la telefónica española con la holandesa KPN. Y meses antes, en octubre, resistió el pedido de Aznar de que renunciara a los beneficios millonarios que habilitó para sí y para un grupo de ejecutivos mediante una recompensa con opciones sobre acciones.
"No podemos seguir enemistados con el gobierno", decían -entre cuatro paredes- los miembros del Consejo de Administración que ayer votaron por unanimidad el relevo. Villalonga se llevó 25 millones de dólares como indemnización. Dicen que será uno de los presidentes más recordados de Telefónica. Dicen, también que ahora sueña con trabajar en Estados Unidos, donde quizá su estilo agresivo y triunfador encaje un poco mejor.
Una versión insistente aseguraba anoche que la posible fusión con KPN, el ambicioso plan de Villalonga que en su momento objetó el gobierno, vuelva a flote. Paradójicamente, el superejecutivo podría ver su sueño cumplido. Pero desde lejos. Y desde afuera.





