Pan dulce con sabor amargo

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15 de noviembre de 2020  • 00:15

Con más asistencialismo, el Gobierno exhibe su espíritu pobrista, incapaz de promover el crecimiento que saque del pozo a casi la mitad de los argentinos

Ante el aumento de la pobreza, el gobierno nacional prepara una estrategia de contención social para las próximas fiestas. Además de aumentar la compra de alimentos, también prevé entregar 1.500.000 cajas navideñas con pan dulce, budines, garrapiñadas, turrones, pasta de maní y pasas de uva.

Como es sabido, la pobreza aumenta con la inflación y esta con la expansión del circulante cuando hay desconfianza en la moneda. Las cajas navideñas serán adquiridas por el Ministerio de Desarrollo Social con fondos originados en emisión monetaria, lo mismo que los múltiples planes sociales que han crecido sin cesar desde 2002. Al fin de cuentas, las cajas para los pobres serán pagadas por los pobres a través del impuesto inflacionario. Sin advertirlo, devolverán las garrapiñadas, los turrones y las pasas de uva, mientras todavía agradecen la munificencia oficial.

El ministro Daniel Arroyo hace lo que puede, ya que la creación de empleo no es de su incumbencia: a él le toca paliar las consecuencias de una economía desquiciada, con un déficit fiscal insostenible y causante de la inflación. La entrega de cajas navideñas es una costumbre inveterada y el monto que requiere esta compra no alterará los números fiscales del año. ¿Quién puede oponerse a que las familias más vulnerables tengan en sus mesas esos símbolos tradicionales de la unión familiar y la esperanza por el año que vendrá, luego de un 2020 tan duro para todos?

Ese acto de sensibilidad social exhibe el espíritu pobrista del Gobierno: incapaz de crear riqueza, recurre al asistencialismo, que debilita, embota y posterga, a la vez que denigra el mérito y el esfuerzo individuales, motores de prosperidad cuando existen propiedad privada, seguridad jurídica y clima de inversión.

Para construir poder, Cristina Kirchner canjeó votos por gasto público, configurando un desequilibrio fiscal patológico que nadie se atreve a enfrentar. Mauricio Macri pretendió reducirlo gradualmente, sin éxito. El actual gobierno, abanderado de la emisión ("acto de soberanía", Fernanda Vallejos dixit), se encontró con el doble desafío de la pandemia y el desajuste estructural, recurriendo a ese expediente sin pudor alguno.

A fuerza de emitir se han roto los diques de contención y la economía ha dejado de ser ciencia de la escasez para convertirse en arte de la abundancia y el endeudamiento. Los Fernández creen que, mientras haya decisión política, el Estado puede encarar cualquier gasto, cualquier proyecto, cualquier inversión, recurriendo a la Casa de Moneda. De tanto abusar, prevalece en la sociedad una forma obtusa de ver las cosas, donde todo lo indispensable debe ser gratuito y todo lo gratuito no tiene costo para nadie.

Los sindicalistas también han declarado su afición por "la maquinita". Prefieren la pantomima de reclamar aumentos cuando los precios suben a alinearse con algún programa de estabilización que los conmine a callarse la boca.

En el corto plazo, la clave para salir de la pobreza es crear empleo genuino. En el mediano y largo plazo, la educación. Las personas deben integrarse a la estructura productiva formal para tener ingresos genuinos que les permitan comprar las cajas navideñas que deseen, adquirir de su bolsillo alimentos y vestido, pagar el alquiler o cuota de su vivienda, abonar las facturas de luz y gas sin subsidios, viajar en colectivo y en tren, a su costo; cargar combustible al mismo precio que en Chile o Uruguay, y obtener créditos de consumo para acceder a un auto, una heladera o un lavarropas. Además de lograr cobertura de salud, protección laboral y un horizonte de seguridad que contenga a todo su grupo familiar.

En la Argentina se pretende reinventar la rueda: las cajas navideñas las provee el Gobierno; los alimentos se obtienen con la tarjeta Alimentar; las tierras y viviendas se logran con usurpación; la luz, el agua y el gas no se pagan lo que cuestan; la nafta, tampoco. En colectivo y en tren se viaja casi gratis; las jubilaciones se obtienen sin aportes y, en lugar de créditos al consumo, un raquítico Ahora 12.

El Fondo Monetario, que debe ayudar a naciones de pobreza extrema, nunca entregará fondos a la Argentina para financiar cajas navideñas. Tampoco para continuar subsidiando la luz, el agua, el gas, la nafta, el colectivo y el tren, a ricos y a pobres.

Para simular la buena disposición e intención ante la llegada del FMI, se anunció que no habrá cobro del cuarto IFE. Muchos de sus beneficiarios podrían quedar a la buena de Dios y sin pan dulce, porque el Estado cortaría el chorro y no hay economía que pueda salir a sostenerlos. Si el Estado se replegase de la provisión de cajas navideñas y redujese subsidios a la energía y el transporte; si licuase salarios del sector público y también jubilaciones: ¿de dónde sacará dinero la población para cubrir de su bolsillo lo que el Estado le quitará? Esa es la pregunta del millón de dólares que los Fernández no pueden responder.

Cuatro millones de personas han perdido su empleo durante este año, aumentando aún más la informalidad. La pobreza alcanza casi a la mitad de la población. Parte por la cuarentena y parte por la desesperanza empresaria. El simple "rebote" de la actividad económica no basta para resolver ese drama humanitario. Se requieren grandes inversiones, aumentos de capacidad instalada, fuerte demanda laboral.

Hemos dicho desde estas columnas que un ajuste fiscal sin confianza política es un sacrificio colectivo infecundo, pues es puro costo, sin premio por el esfuerzo. Un ajuste sin confianza se priva del único remedio conocido para salir del círculo vicioso y crecer en un círculo virtuoso: el ingreso de capitales y el flujo inversor.

Un programa de estabilización no tiene ningún misterio, repiten los especialistas en los medios. Al final del camino, el objetivo es lograr que todos los argentinos puedan comprar sus cajas navideñas o sus terrenos o pagar la luz, el gas, el agua, el tren, el colectivo y las cuotas de sus créditos con el fruto de su trabajo. Con empleos genuinos en empresas que no le cuesten dinero al Estado.

El logro de ese objetivo no depende de quién es titular de la cartera económica, sino del consenso político dentro de la coalición gobernante para dar credibilidad a su ministro. Las medidas contradictorias, las voces disonantes, los alineamientos opuestos, las declaraciones incompatibles solo convierten a ese funcionario en un técnico que avanza en el vacío.

El poder real muestra su hilacha con Vicentin ; la reforma judicial; las tomas de tierras; la liberación de presos; la economía del conocimiento; el teletrabajo; la doble indemnización; el impuesto a la riqueza; el servicio público para internet, cable y celulares; el reemplazo del procurador general; el desplazamiento de jueces; los exabruptos de Kicillof ; los desmanes de Grabois ; el apoyo a Nicolás Maduro ; la marcha con Evo Morales ; los vínculos con China, Rusia e Irán, todas señales de una ideología contraria al capitalismo democrático, al derecho a la propiedad y al respeto por las inversiones.

Cuando el Estado recurra al FMI para ordenar sus cuentas fiscales, ¿quién proveerá de ingresos a la población para que continúe comprando sus panes dulces, budines, garrapiñadas, turrones, pastas de maní y pasas de uva si el sector privado es repudiado y continúa el éxodo de empresas de la Argentina?

En ese momento, probaremos otro pan dulce, con sabor amargo.

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