
¿A qué viene el papa León XIV a la Argentina?
El Sumo Pontífice estará tres días en el país; antes pasará por Uruguay y luego irá a Perú
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Mientras se confirmaba la noticia de la visita del pontífice romano a la Argentina, crecía una íntima expectativa. Nadie espera que el papa le arregle la vida ni tampoco es lo suyo solucionar los problemas de la gente, pero poder ver cara a cara al padre común de más de 1400 millones de fieles cristianos siempre tiene su interés, sobre todo cuando, después de un periodo de letargo, se está produciendo un tenue revival de la Iglesia católica en algunos segmentos sociales y geográficos como ciertos ambientes juveniles o el continente africano.
Todos los momentos son oportunos para escuchar a alguien que representa en nuestros días una casi solitaria dimensión ética, pero éste parece requerirlo más que otros. León XIV, el papa que habla la gramática de la unidad, llega en una hora preñada de tensiones, confusiones e incertidumbres, de esperanzas y de dudas, de desalientos e ilusiones.
Celebrar la fe
Hace casi cuarenta años que un papa no pisa suelo argentino. Estuvimos esperando a Francisco durante doce años y treinta y nueve días y no pudimos recibirlo, pero León -cuyo pontificado, si bien con rasgos muy propios, ha asumido en sus contenidos una clara continuidad con el de su antecesor- viene en cierto modo a anunciarlos.
En el mensaje de León está presente Francisco, pero León no es Francisco. Así como a la elección del papa siguió una puja por su apropiación, tampoco sería legítima una reinterpretación al propio gusto o interés de la visita, sin respetar su sentido propio.
Ahora seremos sus anfitriones, y vamos a escuchar sin preconceptos a este hombre de un hablar sereno y pausado y de un parecer casi tímido que muestra conocer el alma de su interlocutor. Sentiremos de cerca el fluir de su lenguaje sencillo y humilde, que no busca enfrentamientos pero también sabe plantarse sin miedos ante los poderosos de la tierra con conceptos claros y firmes.
¿A qué viene el papa? Desde luego, no a elogiar ni a criticar a un gobierno ni tampoco a su oposición. Parece un tanto redundante tener que puntualizarlo, pero esta visita (aunque más de uno intentará instrumentalizarla) no está enfocada a la próxima campaña electoral.
León viene a celebrar la fiesta de la fe, y ella es algo personal, pero también posee una dimensión que inhiere en las tramas de la sociedad. Sin embargo sería un error interpretarla en términos políticos. Por eso resulta oportuno recordar la consigna de su reciente estancia en España: alzad la mirada. Su viaje es una visita pastoral cuyo contenido es religioso, lo cual no ha de impedir que se muestren con todas las letras las consecuencias sociales de la fe.
Si algo ha llamado la atención de su periplo español, son sus prístinas exposiciones pero sobre todo su vínculo empático con la universalidad de un público que excede al específicamente confesional. Antes de partir de regreso a Roma León reiteró esta invitación: ante las dificultades, alcen la mirada. Los argentinos también tenemos que aprender a mirar alto.

Él ha sido muy claro cuando ha denunciado prácticas divisivas y polarizantes, aunque sin señalar culpables. Más de una vez los propios pontífices han puntualizado su derecho-deber de predicar la verdad con ocasión de sus múltiples viajes alrededor del mundo, y en este último lo ha vuelto a hacer.
Nos hará bien escucharlo, porque su palabra tiene un calado profundo. En su reciente encíclica Magnifica Humanitas, el papa ha mostrado con claridad que la crítica que formula a corrientes que ejercen un amenazante dominio con un potencial altamente lesivo de la dignidad humana no es un patrimonio de los radicalismos iconoclastas y que hoy por hoy su magisterio es la única voz que se escucha con verdadera autoridad.
Las visitas pontificias
El primer papa de los tiempos modernos en salir del Vaticano fue Juan XXII cuando en 1962 peregrinó a los santuarios de Asís y Loreto, pocos días antes de la inauguración del Concilio Vaticano II. Desde que se produjo el despojo definitivo de los Estados Pontificios en 1870, los papas, a partir de Pío IX, se encerraron en el Vaticano como una señal de protesta hasta la firma de los Pactos de Letrán en 1929. Fue Juan XXIII, un pontífice radicalmente innovador, quien clausuró ese periodo.
Un solo papa visitó la Argentina: Juan Pablo II, y lo hizo dos veces, en 1982 y 1987. En ambas se hizo visible una adhesión masiva del pueblo como pocas veces se había visto. En la segunda el papa Wojtyla recordó la mediación que permitió la paz con Chile y consagró la nación argentina a la Virgen en un multitudinario acto en la Avenida 9 de julio.
Pero hay un par de antecedentes de pontífices que nos visitaron, aunque antes de serlo. Fue el caso de Pío IX, quien estuvo un tiempo en nuestro país de paso para Chile con motivo de una misión de la Santa Sede. Al producirse el proceso revolucionario, las iglesias latinoamericanas interrumpieron sus relaciones con Roma mientras las nuevas autoridades fueron reconocidas internacionalmente, pero también debido a que la designación de obispos era ejercida en conjunto con la corona española.
En 1934, con motivo del Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Buenos Aires ese mismo año, nos visitó en calidad de legado papal el cardenal Eugenio Pacelli, futuro Pío XII. Fue otro momento histórico en el que la fe católica brilló con una fulgurante intensidad en la Argentina. Fueron días memorables que dejaron una profunda huella tanto en la iglesia local como en el recuerdo del pontífice.
En poco tiempo seguramente veamos al papa León ingresar en olor de multitud en una basílica que es como el símbolo de la cristiandad de nuestra patria. Entonces, al repicar las campanas de Santa María de Lujan, en millones de corazones se podrá escuchar la buena noticia que él nos anuncia: no tenemos que bajar ninguna aplicación para comunicarnos con Dios, que siempre nos está esperando.
Bienvenido el papa de la ternura a la Argentina doliente. Viene León y es el tiempo de mirar hacia nuestro mundo interior en forma individual y colectiva, pero sobre todo es el tiempo de alzar la mirada hacia lo alto, donde nos espera un bien que nos trasciende más arriba de nosotros mismos.
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