
Alemania celebra, pero los sentimientos son contradictorios
En el Este hay satisfechos y frustrados.
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BERLIN. -Perdón, ¿habla inglés?
-Gracias a Dios no hablo inglés.
-¿Le molesta que le pregunte sobre la reunificación?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque ya está, ya pasó, basta de hablar de eso.
El diálogo, entre un joven con arito en la nariz, de unos 20 años, y esta enviada, tuvo lugar en Dresde, la ciudad de la ex Alemania oriental donde hoy se realizará el acto oficial por el décimo aniversario de la reunificación alemana. Un festejo donde el gran ausente será el ex canciller Helmut Kohl, el "padre" de la reunificación, manchado por el escándalo de los fondos negros.
En Dresde, una ciudad con aire de pueblo que queda al sur de Berlín, a dos horas de tren, famosa por su belleza antes de ser arrasada por un bombardeo a fines de la II Guerra Mundial, y por haber sido, por esa razón, bautizada la "Florencia del Elba" (por el río que la atraviesa), son pocos los que acceden a hablar sobre este hecho histórico. La mayoría contesta crudamente y nadie oculta que le molesta que se le pregunte cómo cambió su vida en estos 10 años.
La vida cambió
Es un hecho, sin embargo, que la vida ha cambiado, y mucho, para los 20 millones de alemanes de la ex República Democrática, comunista, algo que se nota sobre todo en Berlín, la ciudad dividida durante 28 años por el Muro de la Infamia, que gracias a la reunificación ha vuelto a ser la capital de este país de 80 millones de habitantes y primera potencia europea.
"Mi vida cambió completamente -afirma Peter Neumann, un "ossie", ex alemán del Este, de 36 años-. Ahora Berlín oriental ya no es una ciudad gris, sino que hay bares y negocios y la gente sale; está mucho mejor, y además puedo viajar", dice al recordar que durante el opresivo régimen de Alemania oriental sus habitantes sólo podían viajar a Hungría o a Rusia.
"Si no se hubiera derribado el Muro, algo que para mí era inimaginable, como viajar a la Luna, yo habría sido toda mi vida un electricista, mientras que ahora puedo cambiar", cuenta. Peter, en efecto, trabajaba como operario en una usina de Berlín oriental. Como ocurrió con muchas grandes e ineficientes empresas de la ex Alemania oriental, ésta se vio obligada a cerrar, y el Estado le ofreció un curso superior de un año para perfeccionarse, que le sirvió para obtener trabajo en obras de construcción. Ahora trabaja como funcionario público y gana 3000 marcos por mes (unos 1500 dólares), que le alcanzan para vivir "bien".
A la gente que tenía 50 años cuando cayó el Muro y comenzó el proceso de reunificación las cosas no le parecen tan color de rosa. "Estoy desocupado desde que se reunificó el país y, aunque cobro un sueldo del Estado que me permite vivir bien, el hecho de no trabajar me parece muy poco digno", cuenta, decepcionado, Thomas Brauer, que trabajó como mecánico en una fábrica de la ex RDA y ahora ocupa el tiempo cuidando a sus nietos.
Buenas y malas
Sentimientos contradictorios, satisfacción y frustración se entremezclan en los alemanes del Este a diez años de la reunificación, y es lógico.
Las cifras indican que han mejorado mucho su nivel de ingresos y su estándar de vida: en 1989 el salario medio de un habitante de la República Democrática Alemana era equivalente al 8-10% del de uno de la República Federal Alemana. Ahora esto ha mejorado -las retribuciones del Este son equivalentes al 55-75% de las del Oeste-, pero las diferencias económicas siguen existiendo, como también algo de resentimiento por promesas de un futuro mejor, que para parte de la población nunca fueron cumplidas.
Alemania occidental gastó 70.000 millones de dólares por año en el empobrecido Este. Es decir, muchísimo dinero sacado de los contribuyentes del Oeste. Y aunque se han mejorado muchísimo las infraestructuras, esto no alcanzó para equiparar las dos partes, sobre todo en cuanto al nivel de desempleo, que en la región oriental (17,2%) duplica el de la occidental (8,3 por ciento).
Para varios analistas, la desocupación que cunde en el Este explica parcialmente el resurgimiento del grupúsculos neonazis, un fenómeno extremista que ha recrudecido en los últimos años y que habla del desengaño y descontento de una minoría de la sociedad, que culpa de su situación a los inmigrantes y a los judíos.
Pese a la enorme brecha económica que aún separa el Este del Oeste, algo que hace que los "ossies" tengan un sentimiento de inferioridad ante los "wessies", los sondeos hechos por distintos medios en ocasión del décimo aniversario hablan a las claras de que la mayoría de los alemanes está bien y más contenta, y de que nadie querría volver a la situación anterior a 1989.
"Todos estamos mejor, y aunque quizás harán falta diez años, o más aún, para equiparar económicamente las dos partes, ha sido positiva para todos la reunificación", explica Herbert Müller, abogado del Oeste que jamás habría venido a trabajar a Berlín si no hubiera habido reunificación.
"Fue un proceso rápido, pacífico, y también traumático -dice Michael Maier, periodista-, pero ahora somos un país normal, con diferencias parecidas a las que aún existen entre el pobre sur y el rico norte de Italia, pero que nosotros eliminaremos rápidamente. Por eso, ya es hora de dejar de hablar de reunificación."



