
Bush, acorralado por una ola de críticas de sus propias filas
Crece el descontento entre republicanos
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WASHINGTON (De nuestra corresponsalía).– Después de varios años de solidez casi monolítica y disonancias internas sólo expresadas en voz baja y puertas adentro, el gobierno de George W. Bush enfrenta una ola de críticas en los últimos días del sector menos esperado: su propia base, la que le permitió ganar con holgura la reelección hace apenas 11 meses.
Republicanos y conservadores objetan varias decisiones o reacciones de la Casa Blanca en las últimas semanas, que abarcan desde su lenta respuesta a la crisis que generó el huracán Katrina y la crisis sin solución aparente en Irak, hasta la designación de amigos para la Corte Suprema y otros cargos oficiales.
El apoyo a la administración también flaquea en otros dos ejes no menos importantes: la sucesión de posibles escándalos de corrupción que afecta a baluartes republicanos de la Casa Blanca, el Senado y la Cámara de Representantes, combinado con un anatema para el decálogo del partido: la expansión del gasto público y del déficit fiscal.
La rebelión podría cobrar aún más vigor esta semana. Los representantes republicanos planean impulsar recortes para el presupuesto 2006 por más de 50.000 millones de dólares, en áreas que ya cuentan con el visto bueno de la Casa Blanca, como la asistencia médica para los sectores más pobres y el apoyo a los agricultores.
La elección de Bush para ocupar el cargo que dejó vacante la respetada Sandra Day O’Connor en la Corte Suprema no alivió la situación, sino todo lo contrario. Tras la designación de John Roberts, un abogado destacado y de carrera impecable, su decisión de nombrar a su colaboradora Harriet Miers sólo acentuó el contraste y reforzó las críticas sobre su supuesto aislamiento en un círculo reducido de asesores.
"No es sólo que ella es tan obviamente inadecuada para la Corte, aunque lo es. Es la simple y deprimente falta de seriedad demostrada por la Casa Blanca con semejante candidata, la pequeñez del pensamiento que ahora parece caracterizar a la administración de Bush a la hora de gobernar", atacó Gerard Baker, analista político de The Weekly Standard, la revista más leída por la derecha republicana y conservadora norteamericana.
"El problema con Harriet [Miers] es que ella nos ha dado un vistazo deprimente del vasto espacio abierto que ahora parece haber en la mente política de Bush –continuó Baker–. Es difícil exagerar el sentido de desmoralización que existe entre los conservadores en los Estados Unidos. La marea creciente de desilusión está lista para romper el dique de la lealtad", previno.
Bush rechazó ayer las críticas. "Es una persona calificada como ninguna otra para servir en el estrado judicial. Es inteligente; es capaz. Ha estado constantemente entre las mejores 50 abogadas de los Estados Unidos. Es una líder en su profesión", argumentó.
Una lista de problemas
Las últimas seis semanas han sido muy duras para Bush. Los huracanes Katrina y Rita golpearon la costa del Golfo de México –con daños estimados en 200.000 millones de dólares– y menguó a su equipo; renació la investigación que afecta a su estratego político, Karl Rove; y los líderes republicanos en el Senado, Bill Frist, y en la Cámara de Representantes, Tom DeLay, afrontan investigaciones criminales.
El apoyo de los estadounidenses a la gestión de Bush cae cada semana desde hace meses. Ronda el 39%, mientras que llega al 70% entre los republicanos, 25 puntos por debajo del pico alcanzado tras la reelección.
Aun así, la Casa Blanca cuenta con un punto a favor: la oposición demócrata sigue desorientada, tras la humillante –y para muchos, inesperada– derrota electoral de John Kerry en noviembre último.
Pero los conservadores comienzan a rebelarse contra la Casa Blanca. Después de exigir el despido de Michael Brown de la Agencia Federal de Gestión de Emergencias (FEMA), piden la renuncia del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y un mejor control del gasto público, al que ven excesivo y descontrolado. Desde que Bush asumió, el gasto federal creció un tercio, de US$ 1,86 billones a US$ 2,47 billones, con un superávit presupuestario récord que se convirtió en déficit fiscales sin precedentes.
Ahora, los activistas conservadores presionan cada día más a los republicanos para achicar el gasto. Y los llamados de atención provienen de todo el abanico conservador o liberal.
Así, analistas de think-tanks como la Fundación Heritage se suman a otros del Instituto Cato, o la respetada Brookings Institution. Otros, más cautos, como Peter Wallison, del American Enterprise Institute (AEI), dicen que quitarle más apoyo a Bush depararía graves consecuencias en Irak. "Conservadores y republicanos que le están arrojando la toalla al presidente Bush por su decepción acerca de la designación de Miers deberán retroceder, tomar un largo respiro y considerar lo que está en juego", alertó.
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