
Cómo nacen los "cachorros" de ETA
Los responsables de la violencia callejera
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MADRID.- Suelen tener entre 15 y 23 años. Muchos de ellos estudian y algunos tienen trabajo. Aun cuando hayan sido inscriptos en español, sus nombres son ahora sonoras y originales palabras en euskera (idioma del País Vasco). Si antes el listado del santoral decía María, ahora será Miren. Si se llamaba Dolores, será Nekane.
En sus días libres salen en grupo y ganan la calle de las principales ciudades del País Vasco. Rompen vidrieras, pintan las paredes con leyendas en favor de los terroristas presos, ensayan su primer cóctel molotov.
Son los llamados "cachorros" de ETA, la generación del recambio, los que aseguran la continuidad de la locura. Los que en las ciudades más castigadas extienden la sensación de terror y la hacen presente las 24 horas, todos los días.
Según los sociólogos, lo más parecido a lo que en algunos centros urbanos podría asimilarse al fenómeno de los skinheads. Los definen como jóvenes contestatarios y rebeldes, que se integran en una asociación con códigos cerrados y excluyentes que les otorga un profundo sentido de pertenencia. Que les da, además, la posibilidad de expresar con impunidad una rabia que aún no saben cómo manejar.
Quienes se dedican a analizar el fenómeno de ETA le suman otra lectura. Dicen que la banda incorporó el mecanismo de la kale borroka (violencia callejera) que ejercen los jóvenes como una manera de extender su presencia a menor costo. Y encontraron en ella un arma eficaz, con menor riesgo que la preparación de un atentado.
Es también una especie de escuela de terror. "Dan los primeros pasos con la quema de un cesto de basura en la calle. Luego, rompen una vidriera. Luego, el primer explosivo casero. Es una carrera. De allí, ETA seleccionará después a los más audaces para que se integren a sus filas. Algunos llegarán a matar", dicen fuentes de la lucha antiterrorista.
Empezó como un fenómeno menor. En 1996, la Ertzaintza (policía regional vasca) estimó que no eran más de 400 ruidosos, localizados y conocidos. Ahora admite que son más de 5000, que no tiene tanta información sobre ellos y que aumentan.
No causan víctimas, pero sí daños materiales que al año resultan millonarios. Multiplican el mensaje terrorista y con ello instalan el miedo que buscan los que sí mandan matar.
Su modo de actuar suele seguir un patrón uniforme. Un grupo de personas se reúne con pancartas. Surgen de la nada quince o veinte jóvenes encapuchados, tiran piedras, vuelcan autos, rompen colectivos. La gente se encierra en los bares y ni se atreve a mirarlos. Hacerlo puede ser peligroso.
Miradas cargadas de odio
Cuando la policía llega a detener a alguno, encuentra bajo la capucha, el pañuelo o el pasamontañas un rostro de quince años con la mirada cargada de odio. No hay mucho más por hacer.
"Funcionan como una secta", dice Pedro García Eleizalde, del movimiento pacifista Bakea Orain. "La captación se hace en escuelas o lugares de trabajo. Se te acercan, te tratan con amabilidad. Contestan todas tus preguntas. Poco a poco empieza el lavado de cerebro. Preguntan. Investigan. Al poco tiempo, ya estás adentro y no es tan fácil romper con ellos."
Algunos de esos contactos comienzan en las denominadas Herriko Tabernak (los bares de Herri Batasuna, donde la consumición se destina a "fines partidarios"). Y los amigos que se conocen pueden convertirse en militantes de lo que se ha dado en llamar "la clandestinidad de menor edad".
Su violencia fue más persistente que la tregua que acordó la banda terrorista en 1998 y que quebró 14 meses después. Durante el alto el fuego la violencia callejera siguió como si nada. "En Euskadi (País Vasco) nunca estuvo mal visto tirar piedras a la policía", explicaban.
Hace unos años, cuando el fenómeno empezó a inquietar, el gobierno encomendó a la Universidad de Deusto la elaboración de un perfil psicológico de la nueva avanzada terrorista. Entre otros puntos _bastante generales_ destacaba "un alto grado de rechazo a la autoridad y una fuerte inclinación a luchar por cambiar una sociedad con la que no se identifican".
El informe decía también que la mayoría de esos jóvenes era "recuperable si se los aleja del núcleo duro". Eso fue en 1996. Algo les salió mal.
Los "cachorros" de ETA
- Jóvenes: tienen, por lo general, entre 15 y 23 años. Muchos estudian y también trabajan. La policía cree que son más de 5000.
- Pandillas: salen siempre en grupos a las calles de las principales ciudades vascas; pertenecen a asociaciones con códigos cerrados y excluyentes.
- Actitud: se muestran contestatarios y rebeldes ante la autoridad; funcionan como una secta y se capacitan en escuelas o lugares de trabajo.
- Actividad: no causan víctimas, sino que pintan leyendas en las paredes o provocan daños materiales, multiplicando el mensaje terrorista.
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