Con la llegada de los millennials la política latinoamericana no volverá a ser la misma
El caso de Boric en Chile es recibido y celebrado como un recambio generacional, mientras en toda la región la generación de los nacidos en los años 80 va conquistando puestos claves
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Esta columna fue publicada originalmente en Americas Quarterly. El autor dirige el Programa Residente del Instituto Republicano Internacional en Bogotá.
NUEVA YORK.- Gabriel Boric tiene 36 años y asumió hoy como presidente de Chile junto a un gabinete de una juventud y una diversidad sin precedentes. El caso de Boric es recibido y celebrado como un recambio generacional, mientras en toda la región la generación de los millennials va conquistando puestos claves y abre la puerta a un cambio en la política en América Latina y el Caribe.
Boric asumió y se sumó a una camada de líderes jóvenes, como el salvadoreño Nayib Bukele, los recientes presidentes del Senado de Bolivia (Adriana Salvatierra, Eva Copa, y Andrónico Rodríguez), la presidenta de la Cámara de Diputados de Colombia, Jennifer Arias, y el saliente presidente costarricense Carlos Alvarado. El ascenso y reciente experiencia de gobierno de todos ellos echa luz sobre las oportunidades y desafíos que enfrentan los millennials para impulsar el cambio, y también sobre el rumbo que podrían tomar esas transformaciones.
El tema es particularmente oportuno, ya que este año hay elecciones presidenciales y legislativas en Brasil, Colombia y Costa Rica, y elecciones regionales en México y Perú. Los jóvenes líderes que sean elegidos en este ciclo electoral asumirán sus cargos en países latinoamericanos donde las instituciones están bajo mayor presión que nunca en muchas décadas.
Como lo muestran las mediciones de Latinbarómetro, cada vez son menos los latinoamericanos satisfechos con la democracia, un piso histórico pasmosamente bajo que refleja el golpe de la pandemia de Covid-19 y la incapacidad de los gobiernos de la región para mitigar sus efectos. Y en medio de este clima hostil para los oficialismos de toda la región -que en parte se refleja en el triunfo arrasador de Xiomara Castro en Honduras-, la cantidad de jóvenes que terminen en un puesto de gobierno con el mandato popular de cambiar las cosas podría multiplicarse.
¿Logrará esta generación fortalecer la democracia, o contribuirá aún más al deterioro de la institucionalidad? ¿Serán voceros de los nuevos actores sociales y traerán soluciones, o solo traerán nuevas formas de demagogia, caciquismo y oportunismo?
¿Hacia dónde apunta el cambio?
La mayoría de los políticos millennials se mueven como pez en el agua en las redes sociales y eso les permite construir un electorado directo, sin depender de los partidos políticos. Como la mayoría no han pasado todavía por cargos electivos, pueden seducir a los votantes como “outsiders” de la política y centrarse exclusivamente en los temas de mayor preocupación para sus pares millennials, entre ellos el empleo y la desigualdad, el medio ambiente y la equidad de género, racial y los derechos LGBTQ+.
Como son jóvenes, pueden permitirse culpar a “los de siempre” -líderes mayores y partidos históricos- por el estado de las cosas, y al mismo tiempo evitar tomar ellos mismos las decisiones impopulares. Su carisma personal reemplaza la credibilidad y la marca de reconocimiento que alguna vez ofrecieron los partidos políticos tradicionales. De hecho, ese atractivo personal suele ser considerado apartidario y, por extensión, contrario al sistema de partidos.
Los millennials de América Latina y el Caribe crecieron en el contexto de la post Guerra Fría, un periodo más caracterizado por la apertura democrática y la economía de mercado que por dictaduras y escuadrones de la muerte. En su mayoría, no quieren quedar asociados con la retórica de los barbudos revolucionarios cubanos, las juntas militares de derecha o las violentas milicias narco de las FARC o Sendero Luminoso.
La propia presidencia de Boric es fruto de un movimiento de masas impulsado en parte por el rechazo a la Constitución de la era de Augusto Pinochet y su modelo económico resultante. Y el gabinete designado por Boric parece reflejarlo. Su nueva canciller, Antonia Urrejola, se desempeñó como titular de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Relatora de la OEA para Nicaragua, donde fue una férrea defensora de la libertad en ese país. Su flamante ministro de finanzas es muy respetado en los círculos financieros. Y a pesar del nombramiento de la diputada comunista Camila Vallejo como vocera de su gobierno, el gabinete refleja a una generación menos ideologizada.
El desafío para los líderes millennials
Pero aunque los jóvenes latinoamericanos ya no quieran saber nada con la política de la Guerra Fría, la política de la Guerra Fría todavía no terminó con ellos. A medida que esos nuevos líderes usen nuevas herramientas para construir sus nuevas bases electorales transversales, que cruzan fronteras ideológicas y partidarias, también tendrán que enfrentarse con quienes se ciñen a la dicotomía histórica entre izquierda y derecha en la región. Y eso es cierto tanto por derecha como por izquierda, donde se destacan tres rígidos obstáculos que desafían cualquier nuevo modelo de gobierno: la oposición del Congreso, los actores externos -Rusia, China o Estados Unidos, por ejemplo-, y la resistencia al cambio de la Vieja Guardia.
Para empezar, entonces, los líderes jóvenes podrían enfrentar la oposición de sus legislaturas. El Senado de Chile está dividido aproximadamente en partes iguales, 50-50, o sea que Boric tendrá que hacer concesiones. Sus aliados más probables son el Partidos Socialista y extrema izquierda comunista, pero la ortodoxia rigurosa del Partido Comunista no siempre se presta a la conveniencia y los consensos.
La posición de Boric sobre la dictadura de Venezuela, a la que evaluó como un fracaso que se evidencia en la diáspora de más de 5 millones de venezolanos, generó reacciones negativas entre los izquierdistas de Chile y la región, que respaldan las dictaduras en Venezuela, Cuba y Nicaragua.
En segundo lugar, los partidos tradicionales de izquierda y derecha de América Latina siguen muy influenciados por actores externos que complican la elaboración de políticas de Estado con visión de futuro. Los líderes de la izquierda se mueven dentro una infraestructura regional que si bien apoya ampliamente a los candidatos y las políticas progresistas, muchas veces respalda métodos y políticas muy antiliberales. En la derecha, los vínculos entre los actores externos y sus contrapartes en la región estrangulan cualquier posibilidad de renovación política, como las comunidades de la diáspora cubana en Estados Unidos, que atacan cualquier atisbo de comunismo y castrochavismo en la región.
Tanto en la izquierda como en la derecha, tras la ruina económica causada por la pandemia de Covid-19, muchos líderes tendrán que recurrir a China en busca de préstamos e inversiones en infraestructura, sin chistar y aceptando a veces condiciones extorsivas. Esa necesidad profundizará la corrupción y las tendencias autocráticas de los líderes de todas las corrientes ideológicas y frenará la renovación política.
En tercer lugar, el progresismo de los líderes jóvenes actuales choca con el conservadurismo de la vieja guardia. Muchos líderes progresistas emergentes de izquierda no se identifican con la ortodoxia izquierdista y antiimperialista de la vieja escuela, que culpa de todo a Estados Unidos y está obsesionada con el nacionalismo económico y de los recursos naturales. No están de acuerdo ni con los campos de reeducación para homosexuales del régimen castrista, ni con la reputación de misoginia de Evo Morales, ni con el apoyo del expresidente ecuatoriano Rafael Correa a la extracción de petróleo en las selvas vírgenes. Y del otro lado del espectro, la dinámica es similar: los jóvenes de derecha se chocan con el anquilosamiento y la resistencia al cambio en sus propias estructuras partidarias.
Otro camino
Pero hay otra opción para el liderazgo político: construir un electorado transversal, que cruce las viejas divisiones entre izquierda y derecha y se enfoque en temas que son importantes para los votantes jóvenes. Y ese proceso debe comenzar por los partidos políticos de la región, cuyas plataformas necesitan desesperadamente una actualización, y en eso los miembros jóvenes del partido pueden cumplir un rol de liderazgo. Las plataformas deben reflejar posiciones concretas y consistentes sobre los temas que preocupan a los jóvenes: el empleo, pero también el cambio climático y medio ambiente, la corrupción, la vivienda, la educación y la seguridad.
Si los jóvenes presidentes y dirigentes millennials sienten la tentación de someter a la oposición y debilitar los controles institucionales sobre su gestión, su respuesta debe ser fortalecer esas instituciones. Esa es la mejor manera de hacer que esas instituciones, especialmente la legislatura, sean relevantes y sean representativas de las generaciones más jóvenes. Las victorias de alto perfil de jóvenes líderes como Boric son necesarias pero insuficientes para cambiar realmente la política. Porque para modernizar la democracia y mejorar su funcionamiento en América Latina, esos líderes también necesitarán que sus pares generacionales accedan al Congreso, a los cargos locales, y a los órganos judiciales y electorales.
James Cagley
Americas Quarterly
Traducción de Jaime Arrambide
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