
Del velcro al teflón y el celular, los hallazgos de la odisea espacial
Se calcula que por cada dólar invertido en viajes se generaron siete en aplicaciones
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Mientras aún resuenan los ecos de la tragedia del Columbia, algunos tal vez se pregunten si los costos económicos y emocionales que involucra la exploración espacial valen la pena. La respuesta, al parecer, está a la vista: el mundo tal como lo conocemos habría sido imposible sin los viajes al espacio.
No existirían ni los teléfonos celulares e inalámbricos, ni el velcro, ni los microondas, ni los sensores remotos de las unidades de cuidados intensivos, ni los sistemas de telemetría, ni los detectores de humo, ni los alimentos deshidratados, ni los relojes de cuarzo, ni las sartenes de teflón, ni el código de barras que indica el precio de los productos, ni las zapatillas de tenis, ni los actuales anteojos de sol...
Es más, resulta casi imposible encontrar un área de la vida actual que no haya sido moldeada por las tecnologías desarrolladas para la astronáutica, de los materiales industriales a la alimentación, las comunicaciones, la moda, el comercio o la investigación.
Se calcula que el programa espacial produjo siete dólares por cada uno invertido, más de 1300 nuevas tecnologías y 30.000 aplicaciones.
Muchas de ellas revolucionaron el cuidado de la salud. Como el láser excimer, desarrollado para estudios atmosféricos y que luego se empleó en la angioplastia, procedimiento mínimamente invasivo que permite vaporizar los placas que bloquean las arterias coronarias.
Las tecnologías de procesamiento de señales creadas para mejorar las fotos tomadas en la Luna durante el programa Apollo, en la década del 60, se incorporaron más tarde en la tomografía computadorizada y la resonancia magnética que hoy abren una ventana a las intimidades del organismo.
Dispositivos construidos para medir el equilibrio de los astronautas del transbordador, a su regreso a la Tierra, son hoy muy utilizados para diagnosticar secuelas de accidente cerebrovascular y otros desórdenes del sistema nervioso. Otros sistemas hicieron posible la recolección y análisis de la sangre y los fluidos corporales en tiempo real, sin necesidad de centrifugarlos.
El mundo de la computación también se nutrió de los esfuerzos del ser humano en el espacio. La primera computadora portátil voló en una misión del transbordador en noviembre de 1983. En esa década se crearon los sistemas de realidad virtual que combinan gráfica tridimensional y sonido. Las exigencias que plantea la vida en el espacio hicieron necesario inventar nuevos filtros de agua y sistemas de purificación que luego encontraron aplicación en las piletas, aquí, en la Tierra.
La moda de los astronautas
El paradigmático joystick de los juegos de video se fabricó a partir de los controles que se utilizaban en las simulaciones del transbordador. Los astronautas lo utilizaban para practicar maniobras en órbita y sobre la pista de aterrizaje. Entre la infinidad de materiales de protección térmica que se desarrollaron para preservar las naves algunos se utilizan hoy en autos de carrera para aislar a los conductores del calor extremo producido por los motores de fórmula uno.
Por supuesto, uno de los mayores y más trascendentes subproductos de los viajes al espacio son las tecnologías de la comunicación satelital, que cambiaron para siempre nuestra idea del tiempo y el espacio.
Dispositivos derivados de los sistemas que tienden puentes entre las estaciones terrenas y los satélites en órbita permiten a los médicos comunicarse con marcapasos implantados en el cuerpo de sus pacientes.
Sin los satélites hubieran sido impensables los sistemas de posicionamiento global y de rastreo de vehículos. O los paneles solares que proveen energía en el espacio, y también en regiones apartadas del planeta.
Un inesperado efecto de los viajes al espacio se expresa en... la moda. Los trajes de los astronautas cambiaron para siempre algunos adminículos omnipresentes de los caminantes al ras de suelo, como los anteojos de sol, que de allí en más fueron capaces de bloquear el 99 por ciento de las radiaciones dañinas. O el calzado atlético, que a partir de la cámara de aire -buen argumento de venta para los fabricantes de zapatillas- se transformó en un sine qua non .
Pero, por supuesto, no exploramos el espacio para desarrollar aplicaciones industriales ni obtener réditos económicos. Lo hacemos porque, como especie, los humanos sentimos una urgencia indeclinable por conocer y comprender. La epopeya espacial nos lleva hacia un horizonte que nos reclama. Como alguna vez escribió Carl Sagan, "el universo es vasto y asombroso, y por primera vez nos sentimos parte de él".
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