Dos años de negación que llevaron a una trampa mortal

Landon Thomas JR.
Stephen Castle
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6 de noviembre de 2011  

ATENAS.- La advertencia era clara: a mediados de 2009, Grecia estaba en una espiral sin control. Pero la alarma sonó en un borrador del Fondo Monetario Internacional (FMI) que nunca salió del organismo.

Los funcionarios griegos lo vieron y se quejaron ante el FMI. Entonces, el informe final, aunque crítico, minimizó el riesgo de que Atenas pudiese algún día caer en default, con desastrosas consecuencias para toda Europa.

Lo extraordinario de este episodio es que no fue extraordinario en absoluto. La marcha atrás del FMI fue sólo una pequeña pieza de un patrón de negación mucho más extendido que empujó aún más a Grecia al abismo y que ahora amenaza con destrozar el euro. Políticos, planificadores y banqueros: todos subestimaron los peligros que en retrospectiva parecen más que evidentes.

Una y otra vez en los últimos dos años, muchos de los dirigentes ofrecieron alternativas que, en vez de solucionar los problemas de Grecia, lo único que hicieron fue acentuarlos.

De hecho, cinco meses después, el premier griego, Giorgios Papandreu, reveló que bajo el gobierno anterior su país había mentido acerca del volumen de su déficit presupuestario.

Casi todas las tentativas por desactivar la crisis actual negaron la conclusión principal de aquel borrador del FMI: que Grecia ya no podía pagar sus cuentas y que tenía que hacer un drástico recorte de su deuda. Hasta octubre, cuando los mandatarios europeos coincidieron sobre ese punto, el campeón de la resistencia era Jean-Claude Trichet, que acaba de renunciar como presidente del Banco Central Europeo (BCE). Fue Trichet quien insistió en que no podía permitirse jamás que un país de Europa fuese a la quiebra.

"No hay excusa posible para el error de Trichet y de Europa sobre este punto", dijo Willem Buiter, economista en jefe del Citigroup. "No hay problema en plantear el default como una cuestión moral, pero también hay que aceptar que fuera de Europa se produjeron montones de defaults."

Si los líderes se hubiesen puesto de acuerdo antes para aliviar la carga de la deuda griega y hubiesen actuado con más celeridad para proteger a Italia y a España, lo peor para Europa ya habría pasado, dicen expertos.

El momento bisagra llegó hace un mes, cuando la canciller alemana, Angela Merkel, presionó a los acreedores privados a aceptar un 50% de pérdida en el valor de sus bonos de deuda griega. Trichet siempre se opuso a esa medida, por temor a que socavara la estabilidad de los bancos.

Frente a su argumento, en cambio, los líderes europeos primero impulsaron dolorosas medidas de austeridad en Grecia, que desataron una fuerte reacción del pueblo griego, dejaron al gobierno de Papandreu al borde del colapso y que podrían obligar a Atenas a abandonar la eurozona.

Para muchos, el reciente plan de rescate no sólo fue insuficiente, sino que llegó demasiado tarde.

Hacia principios de 2010, los bancos e inversores se mostraban reticentes a prestarle dinero a Grecia. "La palabra reestructuración era un absoluto tabú", dijo un alto funcionario griego. "Si lo hubiésemos planteado a los europeos, nos habríamos convertido en parias para siempre."

Mientras los líderes europeos luchaban por acordar el primer paquete de rescate a Grecia, el secretario del Tesoro norteamericano, Timothy Geithner, los urgió a "pensar en grande".

Los mercados se calmaron durante un breve lapso por el plan para Grecia, respaldado por el FMI, y por el fondo de estabilidad europeo dotado de 440.000 millones de euros. Meses más tarde, Merkel y Nicolas Sarkozy sugirieron la posibilidad de exigir algún sacrificio a los banqueros y acreedores de la eurozona, aunque su idea era que no sería necesario hasta 2013, y que no afectaría a Grecia.

Pero esa declaración hizo estallar las alarmas en los mercados. Primero Irlanda, y después Portugal, se vieron obligados a solicitar rescates. En tanto, frente al fracaso de Atenas para cumplir con sus promesas, entre ellas un plan de privatizaciones por 50.000 millones de euros, toda la atención se centró en la deteriorada situación política en Grecia.

En vez de reactivar las finanzas de Atenas, el programa de austeridad estaba convirtiendo una recesión en una cuasi depresión económica.

Pero para ese entonces las objeciones de Trichet eran más que filosóficas: el BCE había comprado una enorme masa de deuda griega como parte de sus intentos por impedir el colapso griego, y el organismo podía verse afectado si se veía obligado a resignar gran parte del valor de esos bonos, con ingentes pérdidas.

El resultado: más demoras.

"Es difícil contradecir a Trichet", dijo Guntram Wolff, del Instituto Bruegel. "Es la persona mejor informada del mundo y siempre repetía que la reestructuración de la deuda griega sería como el fin del mundo".

Cuando en Grecia advirtieron que necesitarían un nuevo rescate, Papandreu se vio obligado a considerar otras posibilidades. Pero la opción de una quita de la deuda, que trepó hasta superar el 180% del PBI, seguía siendo un tabú.

A fines de junio, Charles Dallara, jefe del Instituto Internacional de Finanzas, se reunió con Papandreu y su ministro de Finanzas, Evangelos Venizelos. Allí les dijo que habría una quita sobre la deuda de Grecia.

"Se veía en sus caras que estaban sorprendidos e impactados -recuerda Dallara-. No lo podían creer."

Pero Alemania generó nuevas demoras. Mientras que el nuevo acuerdo alcanzado a fines del mes pasado forzaría a los bonistas a aceptar grandes pérdidas, Europa, Grecia y Dallara insisten en que la aceptación será voluntaria. En consecuencia, no será necesario ejecutar permutas de incumplimiento crediticio ( credit default swaps ), algo que complicaría aún más el procedimiento. Pero, según muchos expertos, ésta es simplemente otra forma de negación.

Traducción de Jaime Arrambide

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