Egipto ratifica en las urnas la presidencia de facto de Al-Sisi

El hombre fuerte del país, que derrocó a Morsi, busca sellar su legitimidad
Ricard González
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28 de mayo de 2014  

EL CAIRO.- Un sol de justicia cae sobre el colegio electoral situado en el corazón del popular barrio cairota de Imbaba. En su interior, una veintena de mujeres vestidas de riguroso negro y con el velo islámico ululan y corean el nombre de Abdel Fatah al-Sisi mientras hacen cola para votar en las segundas elecciones presidenciales del Egipto posrevolucionario.

A ninguna parece importarle que Al-Sisi, el mariscal que puso fin a un año de gobierno islamista con un golpe de Estado, no haya realizado ningún mitin electoral ni tampoco haya revelado su plataforma política. Nunca se les pasó por la cabeza votar a su único adversario, el político progresista Hamdin Sabahi, tercer candidato más votado en los comicios de 2012.

"Al-Sisi es nuestro héroe. Él nos traerá la seguridad que necesitamos ", proclama entusiasmada Faiza Abdel Moneim, que votó con una criatura en los brazos. La popularidad de Al-Sisi entre un sector de la sociedad egipcia harto de la inestabilidad es real y sincera. Ahora bien, más que al saber hacer del mariscal la veneración que despierta entre sus seguidores responde al culto a la personalidad creado por unos medios de comunicación que no dejan espacio a las voces discordantes.

Tras ilegalizar a los Hermanos Musulmanes, el único verdadero movimiento político de masas del país árabe, la sola duda reside en la dimensión de la abultada victoria de Al-Sisi, que cuenta con el indisimulado favor de las instituciones del Estado.

"Estas elecciones serán limpias, porque no necesitan amañarlas para que Al-Sisi sea su claro vencedor. Ahora bien: no serán libres, pues no hay ningún candidato que pueda representar al islamismo político, con el que comulga un sector importante de la sociedad", explica Mustafa Kamel Sayed, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de El Cairo.

Después de la asonada, cerca de 3000 personas murieron en episodios de violencia política, otras 40.000 fueron arrestadas y se extendió el uso de la tortura en las comisarías y prisiones. Un contexto que contrasta con la voluntad del gobierno de dotar los comicios de una apariencia de normalidad democrática.

Si bien la mayoría de las víctimas de la represión han sido manifestantes islamistas, también los jóvenes revolucionarios laicos padecieron el hostigamiento de las autoridades. Un tribunal disolvió el movimiento juvenil del 6 de Abril, que desempeñó un rol central en la revuelta que destronó a Hosni Mubarak en 2011.

A pesar de todas estas limitaciones, las primeras elecciones organizadas bajo el nuevo régimen servirán para medir su grado de apoyo entre la población.

Luego de que la Hermandad y el 6 de Abril instaron a los egipcios a boicotear los comicios, el dato más relevante será el de participación. Con la finalidad de elevarla, el gobierno decidió ayer ampliar las votaciones a un tercer día. Toda una señal de debilidad del régimen, pues sugiere que la abstención era mayor que la esperada, sobre todo entre los jóvenes .

Sea como fuere, la presidencia de Al-Sisi contará con todos los resortes del Estado para gestionar un país que se mostró ingobernable durante los tres últimos convulsos años. A la contestación en las calles y una insurgencia islamista con base en el Sinaí, entre los principales desafíos del nuevo presidente se suma revitalizar una economía estancada y ordenar unas finanzas públicas al borde de la bancarrota. De hecho, si la economía egipcia se mantuvo a flote los últimos meses fue gracias a la generosa ayuda de las petromonarquías del Golfo, que dieron a Egipto 20.000 millones de dólares en ayudas.

Otro Mubarak

En sus numerosas apariciones televisivas durante la campaña, Al-Sisi ha sido parco a la hora de definir su visión sobre el futuro de Egipto, que continúa siendo una incógnita. A menudo, adoptó una actitud paternalista y condescendiente para con sus conciudadanos, una estrategia que puede funcionar en un país acostumbrado a ser gobernado con puño de hierro por un militar.

Sus vagas recetas para desarrollar el país se basan en una gran dosis de voluntarismo y en conceder al Estado un papel central.

Estos planteos no parecen haber calado en la juventud, la misma que lideró la revolución y que, mayoritariamente, se abstuvo en estos comicios. Muchos sienten que el nuevo régimen es una reconstitución del viejo Estado de Hosni Mubarak ataviado con nuevos ropajes. La gran pregunta es si, bajo otro raïs, el gobierno sí será esta vez capaz de responder a las necesidades de una sociedad en mutación.

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