El acuerdo y la mediación por el Beagle, los lazos con la Argentina
Compromiso con la paz: su papel como enviado papal en el conflicto limítrofe con Chile lo unió entrañablemente a nuestro país.
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Si se tratara de exhibir un ejemplo claro de lo que es hoy un hombre de Iglesia, capaz de expresar como en una diadema armónica el compromiso sacerdotal con el servicio a la paz y al entendimiento entre los hombres, difícilmente podría hallarse un testimonio vital más eminente que el del cardenal Agostino Casaroli.
Sacerdote y diplomático, pastor y hombre de Estado. Por esas dos vías, Casaroli enhebró un memorable vínculo con los argentinos. La mediación papal por el conflicto del Beagle, que en 1978 conjuró una guerra con Chile cuando ya casi tronaban los cañones, primero. Su visita como legado papal al Congreso Eucarístico de 1984, después, fueron algunos de los varios lazos que terminaron por unirlo entrañablemente a la Argentina.
En octubre de 1996 estuvo por última vez en Buenos Aires, para celebrar los 30 años del acuerdo firmado entre la Argentina y la Santa Sede, públicamente ensalzado por el papa Pablo VI como el "primer fruto del Concilio Vaticano II en el campo de las relaciones entre la Iglesia y el Estado".
Desde sus orígenes, Casaroli figuró entre los gestores de ese acuerdo, junto al cardenal Antonio Samoré. Años después, uno y otro ofrendarían sucesivamente su paciencia, su capacidad persuasiva y sus conocimientos al servicio de la mediación que culminó con el acuerdo entre la Argentina y Chile para poner fin a un diferendo secular.
"Este es un día hermoso para todos, es el día de la paz", improvisó en el anochecer romano del 29 de noviembre de 1984, cuando los cancilleres de ambos países se reunieron para suscribir el nuevo tratado de paz.
"La Santa Sede, a la vez que se alegra de rendir homenaje a esta demostración de cordura y de buena voluntad ofrecida por la Argentina y por Chile, se regocija también por haber podido poner a disposición de la causa de la paz entre los dos países su servicio de mediación convencido y voluntarioso".
Misión empinada
En 1979, contra las conjeturas de muchos, el Papa polaco lo convirtió en su secretario de Estado, y en esa condición, a la muerte de Samoré, a él le tocó completar hasta su término la ardua tarea mediadora.
Fue sobre el tramo final de esa gestión que una vez más llegó a Buenos Aires portador de una misión empinada: legado pontificio al Congreso Eucarístico.
Fue, con todo, hombre de confianza de Juan Pablo II y, antes, artífice decisivo del pontificado de Pablo VI, una de cuyas célebres directivas pareció encarnarse especialmente en Casaroli: "Consideramos deber nuestro convertirnos, dentro de lo posible, en promotores de paz y de pacificación".
Muchos y variados fueron sus vínculos con el país y con muchos argentinos. Y han querido las circunstancias que lo que bien puede ser ahora entendido como parte de su testamento, haya quedado también asociado a otro gran obispo argentino, el cardenal Eduardo Pironio.
Fue en noviembre último. En presencia de Juan Pablo II, se honraba a Pablo VI en el centenario de su nacimiento. El único disertante era el cardenal Casaroli, quien trazó una memorable semblanza del recordado pontífice con la insustituible autoridad del testimonio Fue ésa la última aparición pública del cardenal Pironio. Fue también esa disertación el legado póstumo de Agostino Casaroli. Razón tendrán los creyentes que hallen en ese episodio huellas de la Providencia.

