
El asesinato político del presidente Clinton
El caso Lewinsky es sólo el eslabón de una campaña.
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MIAMI.- Para quienes descreen de la versión oficial y prefieren las teorías conspirativas, John F. Kennedy fue asesinado por una convergencia de intereses mafiosos y poderosas fuerzas ultraconservadoras, por haber abortado la invasión de Bahía de Cochinos; por amenazar la prosperidad del aparato militar-industrial, y por defender los derechos civiles y la integración de los negros.
Treinta y cinco años después, otro presidente demócrata ha sido objeto de un intento de asesinato político a la vista de la opinión pública en una conspiración similar, sólo que las armas que se utilizaron en esta oportunidad no fueron rifles de alta precisión sino los poderes virtualmente ilimitados de la oficina del fiscal independiente y la complicidad de una prensa demasiado ávida de escándalos.
Nadie sabe aún si las heridas infligidas a Bill Clinton en la noche del lunes 17 de agosto son fatales, pero todo parece indicar que el Presidente ha quedado seriamente incapacitado.
"No pregunte, no diga"
La "Bahía de Cochinos" de Clinton fue su decisión de abolir las restricciones a la incorporación de homosexuales en las fuerzas armadas, anunciada al comienzo de su primer período de gobierno. Esta medida, que luego debió rectificar por una blanda política de implícita tolerancia bautizada "no pregunte, no diga", desató el furor de la poderosa Coalición Cristiana y de otros sectores ultraconservadores, cuyos recursos abonan las campañas políticas de numerosos congresistas republicanos.
Si a esto se añade la posición de Clinton en favor del derecho al aborto y sus intentos de restringir la libre portación de armas, es fácil imaginar quiénes conformaron el frente opositor que obstinadamente se propuso liquidar al primer presidente demócrata que ganó una reelección desde Franklin D. Roosevelt.
Según los adeptos de Clinton, los líderes de este frente son los dos senadores de Carolina del Norte, Lauch Faircloth y Jesse Helms; el pastor teleevangelista Jerry Falwell; John Whitehead, fundador del Instituto Rutherford, una organización legalista ultraconservadora que financió la demanda de Paula Jones contra Clinton, y el juez David B. Sentelle, que preside el panel de tres jueces que supervisa la acción del fiscal independiente. (Hillary Clinton había denunciado en su momento que Sentelle era un protegido político del senador Helms y que se había entrevistado con el senador Faircloth antes de que los tres jueces eligieran a Kenneth Starr como fiscal independiente.)
La bala de plata
La estrategia elaborada para neutralizar a Clinton fue atacar sus debilidades, y la más evidente era su desprolijidad. Una vieja inversión en unos terrenos de Arkansas llamados Whitewater, que ya había sido investigada infructuosamente, fue reactualizada para cuestionar su honestidad.
Simultáneamente, el periodista David Brock, que entonces trabajaba para la revista conservadora American Spectator, fue inducido, con la ayuda de un cheque de seis cifras, para que investigara y publicara una historia fuertemente perjudicial para el Presidente.
Brock, que a comienzos de este año se disculpó ante Clinton en una carta abierta, fue el primero en aludir a la existencia de una mujer llamada Paula, que luego se identificaría como Paula Jones.
Fue, precisamente, en el proceso iniciado por Paula Jones que el nombre de Monica Lewinsky emergió por primera vez. Cuando toda la munición disparada por Starr sobre los Clinton -Whitewater; los intentos de transformar el suicidio de Vincent Foster en un asesinato político; las denuncias de que los Clinton habían intentado comprar el silencio de Webster Hubbell; los legajos del FBI presuntamente pedidos para investigar a la oposición, y los despidos en la agencia de turismo de la Casa Blanca, supuestamente instigados por Hillary- demostró ser ineficaz, la bala de plata fue Monica Lewinsky.
Un harakiri político
A nadie escapa que obligar al presidente de los Estados Unidos a confesar un acto de infidelidad ante las cámaras de televisión equivale a un harakiri público y esto es lo que sucedió el lunes por la noche. En el mismo instante en que Clinton admitió su "relación impropia" con Monica Lewinsky, los noticieros de televisión pusieron en pantalla los videos de su anteriores desmentidas, pulverizando toda credibilidad remanente.
¿Quién empujó a Clinton a hacer lo que hizo? Llamativamente, las indignadas demandas de que se disculpara públicamente nunca partieron de la gente (las encuestas sistemáticamente señalaban que la mayoría prefería barrer el escándalo debajo de la alfombra), sino del Congreso y de la prensa, dos instituciones lo suficientemente lúcidas como para reconocer que en el momento en que Clinton modificara su versión, se autodestruía como las instrucciones de Misión Imposible.
Este era el plan y en esto consistió el magnicidio. No es de extrañar que no haya un solo ser humano en el planeta que crea hoy que los misiles disparados contra supuestas bases terroristas en Afganistán y Sudán no son otra cosa que un cortina de humo.
Quienes esperaban que Clinton repitiera el acto de magia que ejecutó durante su discurso sobre el estado de la Unión, resultaron defraudados. Nadie puede admitir una traición graciosamente. Las esperanzas de que el acto de contrición pusiera fin a todo el episodio se evaporaron al minuto de que Clinton terminara su discurso. Ante la debilidad manifiesta, la jauría opositora se abalanzó para terminar la fiesta. Dos días después, Monica Lewinsky volvía a presentarse ante el Gran Jurado.
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