El cementerio del progreso japonés
José Reinoso El País
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SENDAI, Japón.- Cómo poner palabras al horror. Cómo encajar en el encuadre de una cámara el desastre provocado por una ola hasta de 10 metros que barre una costa de 2100 kilómetros. Cómo narrar el sufrimiento de las familias de miles de muertos y desaparecidos.
Cuando la naturaleza hace lo que hizo el viernes pasado en el nordeste de Japón -temblar con una magnitud de 9 grados en la escala de Richter y provocar un tsunami de proporciones desconocidas desde que Japón comenzó a registrar datos sísmicos, hace 140 años-, los hechos, adjetivos y metáforas quedan vacíos de contenido. Porque ante el desastre nuclear causado por el terremoto y la devastación por el tsunami es difícil ser capaz de creer lo que pasa, de aceptar que Japón -ese país futurista y tecnológico, de robots y cómics manga- se halla sumido en su mayor crisis desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Y de poco sirven para describir lo ocurrido términos como cataclismo o infierno de Dante.
De pie, al borde de la carretera que conduce a Natori, 20 kilómetros al sur de Sendai, el lodazal ocupa la vista hasta el infinito. Autos de pocos años con el morro hundido en el agua, modernos invernaderos abarrotados de todo lo que el agua arrastró a su paso y cabinas de camiones boca arriba salpican los campos de cultivo transformados en cementerios del progreso japonés.
Una docena de soldados camina con dificultad entre la masa de madera y barro, con un palo de más de metro y medio de largo en la mano. Buscan los cuerpos de alguna de las más de 10.000 víctimas mortales que causaron el terremoto y el tsunami. El balance oficial es aún de 2414 muertos. Cuando encuentran un cadáver, lo dejan en la banquina envuelto en una bolsa.
Otros soldados marchan hacia los autos destrozados, que salpican aquí y allá el paisaje como si hubieran sido arrojados desde el cielo, y extraen el combustible de los depósitos. La ruta está cortada, y sólo se puede acceder con autorización. Un kilómetro más allá, un grupo de agentes carga 13 cuerpos en un camión. El campo es una marisma de escombros y muerte. Cae una lluvia fina, mientras un centenar de kilómetros al Sur la radiactividad se escapa de la central de Fukushima.
Tras dejar la autopista, el lodo lo invade todo. Por aquí pasó la colosal lengua de agua, cargada de restos convertidos en proyectiles. El barrio costero de Natori está devastado. Por todos lados, hay vehículos empotrados unos sobre otros, en difíciles equilibrios. Las paredes de muchas casas están reventadas por el agua y de todo lo que arrastraba, aunque se mantienen en pie.
Lo peor está por venir
En cierto modo, el tsunami japonés parece haber sido mucho más violento que el del Indico, en 2004, cuando la ola gigante causó 230.000 muertos en una docena de países.
La inmensa mayoría de los inmuebles de la región afectada por el terremoto japonés no ha sufrido daños, gracias a las estrictas normas de construcción. Pero parece como si nadie hubiera pensado en la catástrofe que podía generar un potente tsunami.
"La situación es terrible. Esperábamos que se produjera un gran terremoto, pero esto está fuera de lo imaginable", dice Hajime Imanishe, profesor del Departamento de Ingeniería Civil en Sendai. Imanishe, sin embargo, afirma que lo peor está por llegar. "Un experto en terremotos de la universidad dice que éste no es el final, sino el principio."
A lo largo de la costa arrasada, miles de autos destruidos -símbolo del consumo y la vida moderna- parecen testigos mudos del desastre al que se enfrenta la tercera mayor economía del mundo, un desastre que transformó el Nordeste en un cementerio del progreso japonés.





