
El centro de Bogotá, convertido en una zona de exclusión
Miles de soldados y extremas medidas de seguridad en la capital, durante la ceremonia
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BOGOTA.- Uno de los miles de soldados, en uno de los cercos de seguridad, interrumpió a un diplomático que rogaba salir un minuto para ir a buscar a un colega. El joven militar levantó la ametralladora: "Mire, señor: si sale de aquí, no vuelve a entrar nunca más". El diplomático agachó la cabeza, dejó de insistir y siguió caminando.
Más adelante se extendían otros tres anillos de seguridad. Miles de militares repetían el mismo operativo: expulsaban a los curiosos y evitaban que los invitados se arrepintiesen. Una vez iniciado el camino a la ceremonia, ya no había vuelta atrás.
En la Plaza de Bolívar, Juan Manuel Santos se preparaba para asumir la presidencia colombiana. Los guardias de elite apuntaban hacia la multitud desde lo alto del Palacio de Justicia. Abajo, policías y más policías acompañaban a las delegaciones con perros antiexplosivos. A lo lejos, se mezclaba el ruido de sirenas con el de los helicópteros del ejército. Fuera del cerco, unas camionetas patrullaban cuadra por cuadra, con soldados cargados con armas largas.
El centro de Bogotá ayer se convirtió en una exclusiva zona de exclusión. Una región cercada de una ciudad que vive blindada por completo desde hace una semana, con más de 37.000 policías y militares dedicados a un operativo de relojería para garantizar la asunción de Santos y la seguridad de las delegaciones.
Ocurre que, en la calle, la gente todavía suele hablar del miedo a las FARC. Aquí, todo implica siempre un "protocolo de seguridad".
Los hoteles tienen custodias con armas largas, perros y policías con detectores de metales. Cada vez que alguien ingresa debe pasar por el escáner, sin excepción. Un detalle que causaba molestia entre las comitivas, que ayer intentaban salir y entrar a cada momento. Solía oírse la misma frase: "Lo siento, señor. Si no acepta el escáner, no pasa".
En el aeropuerto internacional El Dorado, el personal de Migraciones cumple un papel menor. Lo importante es el servicio secreto colombiano: el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS). "¿A dónde va"?, "¿En qué hotel se aloja?", "¿Hasta cuándo se queda?", "¿A qué se dedica?", "¿Sabe si tiene homónimos en el país?". Los cuestionarios se extienden en cada mesa de chequeo de vuelos.
Militares por doquier
En cada lugar de reunión suele haber militares. Los soldados pasan entre las mesas, en los cafés del centro. "Aquí estamos habituados", dijo sonriendo ante LA NACION una empleada, en uno de los clásicos Café Juan Valdez, mientras un jovencito vestido de verde miraba armado a los comensales. Eso ocurrió cuando faltaban dos días para la asunción de Santos.
A unas cuadras, la policía revisaba por la calle bolsos y mochilas de los peatones y restringía accesos clave. "Bájese de ahí ahora mismo", advirtió un soldado, cuando un distraído pisó la vereda de un edificio público. Ayer, día de la ceremonia, todas esas calles estaban cortadas.
Pero tanto recaudo no es sólo por el aún latente temor a la guerrilla. El otro miedo es a la inseguridad común. Se siente entre sus habitantes.
"Aquí hay mucha desigualdad", argumentaba Oscar Valle, empleado de un céntrico local de ropa. Sus clientes asentían. Y mientras hablaba, miraba a un agente de seguridad privada que tenía en la puerta del negocio. En la calle, una señora pedía un taxi, acompañada de una amiga. Antes de subir le alcanzó un papelito. Era el número de placa (patente). En Bogotá es otra costumbre más.
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