
El drama en Albania
DURRES,Albania.- No hace falta pisar suelo albanés para palpar la tragedia de otra guerra inútil. Ya en el gigantesco ferry que cruza el mar Adriático para unir el puerto italiano de Bari con el de esta ciudad -la única forma de llegar hoy a Albania- se siente la dimensión de la catástrofe humanitaria que ha provocado la guerra en Kosovo.
El barco está atestado de gente. Hay voluntarios de todo el mundo, de Caritas, protección civil, de Misericordia, de Médicos del Mundo, Policía Sanitaria, Servicios Médicos, Cruz Roja y decenas de periodistas. La bodega también está llena: ambulancias, furgones, camionetas 4 x 4, contenedores repletos de víveres, carpas, frazadas, ropa y medicamentos. Toda para esa cifra bíblica de refugiados de Kosovo, una verdadera emergencia para Europa.
El ferry Palladio, que partió del puerto italiano de Bari, viaja al tope a sus posibilidades, con 800 personas a bordo, sin contar otras 80 que forman la tripulación de la nave.
Los que tuvieron suerte se alojan en cabinas, o tienen un asiento. Los demás, se acurrucan como pueden en el bar, en el puente o en el lobby de ese gigantesco hotel flotante. Entre ellos hay muchos albaneses que, preocupados, vuelven a su país para ver cómo está su familia.
Kosovares que vuelven
Y, aunque parezca extraño, también hay muchos jóvenes kosovares, reconocibles por su aspecto y vestimenta. ¿Por qué vuelven a los Balcanes en una suerte de "contra-éxodo"? Porque quieren regresar a su patria para combatir. Estos jóvenes son unos 200, no están armados, pero tienen el pelo cortado al ras. Vienen también desde países del norte europeo y dicen que en este momento su "deber es uno solo: retomar nuestra tierra".
Afuera la noche está estrellada y hace frío. Y una mujer albanesa grita y gesticula ante un grupo de voluntarios vestidos con mamelucos fosforescentes. "¡Ustedes llevan de todo, pero la ayuda no llega a la gente que la necesita!" La señora, que habla un italiano extraño, pero comprensible, denuncia que hay mujeres, hombre y niños que se están muriendo de hambre en las fronteras del norte del país, mientras la ayuda humanitaria llega sólo, si es que llega, a los refugiados que lograron instalarse en el puerto de Durres.
"Es normal que haya desorganización en estos casos de emergencia", comenta don Giacomo, un cura de Caritas que visita periódicamente Albania desde hace siete años. "Como también es normal que haya robos y que haya chacales que se aprovechan de la desgracia ajena", agrega.
En los últimos días se supo que algunos policías albaneses cobraban coimas a los refugiados kosovares, para dejarlos entrar en los campos que distintos países han montado alrededor de esta ciudad. Asimismo, desaparecieron toneladas de víveres y medicamentos, según denunció el Ministerio de Finanzas albanés.
"Kosovo no es un problema nuevo -sigue don Giacomo-; es un polvorín desde hace diez años, cuando Milosevic le quitó su autonomía. Así que, era previsible esta catástrofe."
La llegada del ferry a Durres, principal puerto de Albania, es caótica. Los 800 pasajeros tardan tres horas para bajar porque la policía albanesa entrega los pasaportes sólo después de largos papeleos burocráticos dignos de un país que ha padecido 50 años de comunismo y un aislamiento absoluto del resto del mundo.
Hay nerviosismo, empujones y gritos en una desordenadísima cola, sobre todo cuando la policía advierte la presencia de los jóvenes kosovares de pelo corto.
Y se ven escenas de personajes extraños que, con tal de salir rápidamente del barco, entregan, como si nada, un billete de más a los agentes.
Mafias y pobreza
Durres, una ciudad de 150.000 habitantes, famosa por sus mafias, -que se enriquecen con el tráfico de armas y drogas, llevando ilegalmente a desesperados albaneses hasta las costas italianas, y prometiendo mejor vida a chicas que después se ven involucradas en la prostitución-, es un lugar que impacta por su pobreza, suciedad y atraso. También por la arquitectura típicamente fascista de decadentes monobloques. Dicen que para los albaneses más ancianos la época del Duce fue una de las mejores. Tanto que algunos, cuentan, a veces suelen preguntarle a los italianos: "¿Y cómo está Mussolini?" En las calles rotas y polvorientas de la ciudad el tránsito es intenso. No sólo se ven camiones militares y de organismos humanitarios, sino también ómnibus destartalados que llegan del Norte, atestados de kosovares con miradas perdidas en la nada.
Algunos acampan junto a sus míseros bultos en la vera de una de las arterias principales a la espera de que alguien los lleve a un campamento.
La televisión y la radio locales, mientras tanto, transmiten ininterrumpidamente, durante horas y horas los mensajes de familias que se están buscando. Nombres, números telefónicos. Noticias: "Estamos vivos", "los abuelos están bien y con nosotros", "estamos en Durres", "en Tirana", o "en Scutari".
Y también llamados: "¿Alí, dónde estás? Llamá a este número, tu hermana te espera en Alemania."
Imágenes y sonidos de otra guerra inútil.
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