
El fracaso del diálogo entre Irán y Estados Unidos vuelve a meter a Trump en un laberinto
La falta de avances tras 21 horas de negociaciones deja a la Casa Blanca antes dos posibilidades: o una larguísima negociación con Teherán por su programa nuclear o la reanudación de la guerra
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La verdad es que el fracaso del vicepresidente norteamericano, J.D. Vance, para obtener las concesiones que Estados Unidos le exige a Irán sobre su programa nuclear en una sola y maratónica reunión de negociaciones no fue sorpresa para nadie.
Pero ¿ahora qué?
El fracaso deja al gobierno de Trump frente a un menú de opciones indigestas: o una larguísima negociación con Teherán sobre el futuro del programa nuclear iraní, o la reanudación de una guerra que ya ha generado la mayor disrupción del flujo de energía en la era moderna, y la perspectiva de una prolongada lucha por el control del estrecho de Ormuz.
Desde la Casa Blanca señalan que la decisión sobre los próximos pasos de la guerra está en manos del presidente Trump, que este fin de semana viajó a Florida para asistir a un torneo de lucha de la liga Ultimate Fighting Championship.

Lamentablemente, ambas opciones entrañan serios perjuicios estratégicos y políticas.
Vance dijo poco y nada sobre lo ocurrido durante las más de 21 horas de negociaciones: se limitó a sugerir que les había presentado a los iraníes una propuesta innegociable para la cancelación definitiva de su programa nuclear, y que la rechazaron.
“Dejamos muy claras cuáles son nuestras líneas rojas y los aspectos en los que estamos dispuestos a ceder”, sostuvo Vance ante los periodistas”, y agregó: “Ellos optaron por no aceptar nuestras condiciones”.
En ese sentido, esta negociación no difiere mucho de la que terminó en punto muerto en Ginebra a finales de febrero y que impulsó a Trump a ordenar 38 días de ataques con misiles y bombardeos dirigidos contra los arsenales de misiles, bases militares y la base industrial de Irán, que produce armamento nuevo.
Pero la apuesta que Trump describió varias veces durante el último mes era que Irán cambiaría de opinión no bien tuviera enfrente una descomunal demostración del poderío militar norteamericano, que según datos del Pentágono alcanzó más de 13.000 objetivos en Irán. Los iraníes, por su parte, estaban decididos a demostrar que no habría cantidad de armamento alguno que los obligara a ceder.
“La gran pérdida de nuestros venerables ancianos, seres queridos y compatriotas ha fortalecido nuestra respuesta para defender más que nunca los intereses y derechos de la nación iraní”, declaró el Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán en un comunicado, mientras Vance se embarcaba con las manos vacías en el avión militar que lo llevaría de vuelta a casa.
Tal vez la situación cambie. Pero en la Casa Blanca el temor a quedar enredada en una conversación compleja y prolongada con Irán es muy palpable. Trump cree haber ganado la guerra, y que, por lo tanto, “Irán simplemente debería capitular”, como lo expresó el enviado especial Steve Witkoff.
Pero la historia demuestra que no es el camino. Las negociaciones del último gran acuerdo entre Teherán y Washington, alcanzado durante el gobierno de Obama, insumió dos años de negociaciones, y estaba lleno de concesiones, desde permitir que Irán conservara una pequeña cantidad de su arsenal nuclear, hasta levantar gradualmente las restricciones a sus actividades nucleares para el año 2030, cuando Irán podría llevar a cabo cualquier actividad nuclear permitida por el Tratado de No Proliferación.
Pero el estancamiento con el que se topó Vance fue esencialmente el mismo que descarriló las negociaciones a finales de febrero y que llevó a Trump a ordenar el ataque. La negociación, en ese caso, había sido dirigida por Witkoff y Jared Kushner, yerno del presidente, quienes estuvieron presentes en Islamabad durante las más de 20 horas de negociaciones.
En ese momento, los iraníes ofrecieron “suspender” sus operaciones nucleares durante algunos años, pero no renunciar a sus reservas de uranio casi apto para armas nucleares ni a la capacidad de enriquecer uranio en su propio territorio. Para los iraníes, ese es su derecho como signatarios del Tratado de No Proliferación Nuclear, que los compromete a no fabricar jamás un arma nuclear. Para los norteamericanos, es lo que Witkoff describió como una señal de que Irán quiere seguir teniendo la opción de construir un arma nuclear, aunque jamás lo haga.
Treinta y ocho días de guerra parecen haber reforzado esa postura, no suavizarla.
La principal arma que tiene ahora Trump es su amenaza de reanudar las operaciones de combate a gran escala: no olvidemos que el 21 de abril finaliza este precario alto el fuego. Sin embargo, aunque en los próximos días la Casa Blanca salga a esgrimir esa amenaza, lo cierto es que para Trump no es una opción políticamente viable, y los iraníes lo saben.
Trump declaró el actual alto el fuego la semana pasada, en gran medida para aliviar las consecuencias de la pérdida del 20% de las reservas mundiales de petróleo, que disparó el precio en los surtidores y provocó escasez de fertilizantes y de otros suministros esenciales como el helio, necesario para la producción de semiconductores. La perspectiva de un acuerdo, por incompleto o insatisfactorio que fuera, empujó una suba de los mercados. Si la guerra se reanuda, lo más probable es que los mercados caigan, la escasez se profundice, y la inflación —que en Estados Unidos ya alcanza el 3,3% interanual— casi inevitablemente se dispararía.
Y eso nos deja con la cuestión más candente: la reapertura del estrecho de Ormuz. Según la descripción que hizo Irán de aquella negociación de febrero, el tema del estrecho encabezaba la lista de temas que se trataron. “En las últimas 24 horas, se mantuvieron conversaciones sobre diversas dimensiones de los temas principales, incluyendo el estrecho de Ormuz, la cuestión nuclear, las reparaciones de guerra, el levantamiento de las sanciones y el fin definitivo de la guerra contra Irán”, declaró entonces el Ministerio de Asuntos Exteriores iraní a través de un comunicado.
Una lista de temas notable, ya que el cierre del estrecho no fue un tema relevante hasta después del inicio de la guerra, cuando los iraníes decidieron utilizar su arma más poderosa: el caos económico.
Ahora, el control de la vía marítima está supeditado a otras demandas de Irán, entre ellas que Estados Unidos indemnice los daños causados en Irán durante los bombardeos y ataques con misiles, y que levante más de dos décadas de sanciones contra el país. Estados Unidos ha rechazado la primera propuesta y ha afirmado que la segunda solo podría concretarse gradualmente, a medida que Irán implemente su parte del acuerdo.
Lo que dejó claro el viaje de Vance es que ambas partes creen haber salido victoriosas de la primera ronda bélica: Estados Unidos por haber bombardeado tanto a Irán, y los iraníes por haber sobrevivido. Y ninguna de las partes parece dispuesta a ceder.
(Traducción de Jaime Arrambide)



