
El líder que cambió las reglas del poder
Para bien o para mal, la presidencia de Clinton reformuló la manera de hacer política en Washington.
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Está jugado, pero, jugado por jugado, Bill Clinton sigue jugando el juego que mejor juega y que más le gusta: el juego del poder. Como si fuera el primer día, jaqueado entonces, a comienzos de 1993, como estará George W. Bush desde el sábado, por las grandezas y las miserias de la política cotidiana en la ciudad que uno y el otro, con ocho años de diferencia, defenestraron durante sus respectivas campañas electorales: Washington. Los dos, por coincidencia, fueron gobernadores sureños.
Clinton no para, sin embargo. Pasó de largo la reelección en 1996 y, del mismo modo, parece no advertir que el final está a la vuelta de la esquina. No es un lame duck (pato rengo), síndrome que suele atormentar a los presidentes en retirada, ni asume que debe emprender la retirada. "Todavía me quedan unos días en la Casa Blanca", dice.
Le pasa como a tantos: el retorno a una vida más ordinaria es algo así como el ingreso en otro mundo. Sin los mimos del poder ni de los fans que como un ídolo cosechó. Es, después de todo, el primer presidente rock´n´roll, según define Joe Eszterhas en su libro "American Rhapsody".
Y, así como es el primer presidente rock´n´roll, también es el primer presidente negro, según los negros (según la escritora Toni Morrison, en realidad). O el primer presidente latino, según los latinos. O el primer presidente de la generación baby-boom , según los nacidos, como él, entre 1946 y 1964. O el primer presidente de las mujeres, gracias a Hillary. O el primer presidente junk food , según los amantes de la comida basura.
Es, en realidad, el primer presidente contemporáneo que supo meterse a la mayoría, fragmentada, en un bolsillo.Con pecado concebido por los errores personales que cometió en el Salón Oval y fuera de él, pero, asimismo, con una enorme capacidad de reacción y, sobre todo, de recuperación. Como un boxeador al borde del knock-out que, de pronto, saca fuerzas de donde puede y gana la pelea. De ese modo lidió durante seis de sus ocho años en la Casa Blanca con la oposición republicana del Congreso.
Nacido para ganar...
Y poco a poco fue derribando rivales como muñecos. Como Newt Gingrich, convencido de que el Contrato con América, su carta de triunfo en las elecciones de medio término de 1994, iba a revolucionar el país. Como el fiscal Kenneth Starr, convencido de que el caso Whitewater (negocio inmobiliario que se remonta a sus tiempos de gobernador de Arkansas) iba a nutrirse con el escándalo Monica Lewinsky, lapidario a priori. Como los congresistas republicanos, y algunos demócratas, que, en medio del impeachment (juicio político), se dieron cuenta de que habían llevado demasiado lejos el revival de la Inquisición: la gente se rehusaba a la posibilidad de que Clinton fuera destituido por cargos de tan baja estofa.
Le perdonaron la mentira, antes pecado capital. Y le perdonaron el abuso de poder que pudo haber significado el uso indiscriminado de la Casa Blanca con fines de lucro, alquilando la cama de Lincoln o concediendo cafecitos en compañía de Hillary por el módico precio de US$ 50.000 por persona. Para el partido, no para él. Tenía licencia para ello, así como tenía licencia, en cierto modo, para apretar el gatillo, fuera del país, cada vez que se veía en apuros en Washington.
Le endilgan a Clinton que se presente como el agente del cambio de los 90, que, en realidad, iba producirse de todos modos. Le endilgan indisciplina por sus aventuras con mujeres y por haber sido el primer presidente juzgado desde 1868. Le endilgan, también, que Bush haya ganado muchos votos, en desmedro de Gore, por la fatiga que produjeron sus dos mandatos consecutivos. ¿Le endilgarán también la bonanza económica?
Que fue gracias a un conservador como Alan Greenspan, jefe de la Reserva Federal, dirán. Cierto, pero bien pudo deshacerse de él. Clinton era en 1992 el nuevo demócrata que había sido hippy, que había desertado de Vietnam, que había probado (no inhalado) marihuana y que ingresaba por la puerta izquierda, y fue, desde 1996, el mejor discípulo de Ronald Reagan. Es decir, el autor de una frase que quiso que fuera célebre: "Terminó la era del Estado grande".
No es el auténtico, convengamos. El último Clinton quizá sea el más parecido al primero. Sin más compromisos que ver cómo paga las deudas enormes que contrajo con los abogados de los escándalos Lewinsky y Paula Jones, dice que Bush ganó porque no fueron contados todos los votos de Florida, que no vería con malos ojos la despenalización del consumo de marihuana y, frente a un auditorio judío, que Jerusalén debería ser la capital del Estado palestino. Es la cara progresista que quiere dejar para los libros de historia.
... o para no perder
Pero la historia no contempla sólo la última semana de un presidente en retirada que deja, como huella, a su mujer en una banca del Senado. Tal vez repare en Jones, en Lewinsky, en Gennifer Flowers, en Dolly Kyle Browning, en Susan McDougal, en Kathleen Willey, en Elizabeth Ward Gracen... En todas las mujeres del presidente. O en una: Hillary.
La maestra de segundo grado predijo que iba a ser presidente. Su madre, Virginia, también solía decir que Billy llegaría a la Casa Blanca. Tuvo el primer indicio una mañana de agosto de 1963: estrechó la mano del entonces presidente, John F. Kennedy, en los jardines de la Casa Blanca.
Es como si hubiera nacido para ganar. Y es, asimismo, el artífice de un cambio. De ahí que siga jugando con el poder mientras permanece en el poder. Porque, para bien o para mal, cambió las reglas de Washington. Y del poder.
Un estilo propio, un legado incierto
Los ocho años del gobierno de William Jefferson Clinton devolvieron a la Casa Blanca la informalidad y frescura que Washington D.C. no conocía desde John F. Kennedy. Pero su paso por el poder será también recordado en los libros de historia como una etapa de escándalos -desde Whitewater hasta el sexgate - que empañaron una exitosa administración signada por una bonanza económica sin precedente. Clinton supo interpretar como pocos los cambios propios de su época, pero sucumbió, asimismo, a las tentaciones del poder. Para bien o para mal, la forma de hacer política, tras su paso por el Salón Oval, ya no será la misma.






