
El mensaje de las elecciones en Brasil fue claro: “Lula, go home”
El resultado de los comicios del 4 de octubre fue un incontestable plebiscito negativo del mandatario brasileño por parte de un país cansado de su figura y frustrado con sus políticas
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SAN PABLO.– Lula perdió las elecciones del 4 de octubre. El derrotado no fue el PT: fue Lula. El mensaje de las urnas fue claro e incontestable: Lula, “go home”. Se terminó. Basta. Su gobierno fue desaprobado. Sus propuestas no convencen. Usted no entiende, ni ofrece, lo que el pueblo quiere hoy. ¿Presidente por cuarta vez? No, gracias, y buena jubilación.
Una reelección será un castigo de Lula para Lula. Gasto público descontrolado. Una crisis fiscal lista para ser detonada. Una inflación que comienza a escalar. Tasas de interés exorbitantes, que frenan la inversión y llevan a empresas y familias a la quiebra. Un cuarto del país controlado por la criminalidad. Y ahora, con un nuevo Congreso opositor y vengativo, el destino de Lula reelegido sería el de un “lame duck”, un presidente debilitado, posible blanco de un proceso de impeachment. Lula reelegido será su peor pesadilla.
No hay que pensar que Brasil optó por Bolsonaro: el brasileño eligió que ya no quiere a Lula. Los políticos identificados con Lula perdieron. El PT obtuvo resultados insignificantes en sus bastiones históricos. Reeligió gobernadores en apenas tres estados, cuyas poblaciones dependen fuertemente de los beneficios sociales. El legado partidario de Lula es un PT debilitado, incluso en la izquierda, donde el Partido Socialismo y Libertad (PSOL) logró imponer propuestas de mayor resonancia entre el electorado joven, y el Partido Socialista Brasileño (PSB) construyó una maquinaria fisiológica más flexible y capacitada para jugar el juego de la política.
Sin Lula, entonces, ¿quién? Flavio Bolsonaro no es una propuesta: es la opción viable de cambio. Aun teñido por acusaciones de corrupción, tráfico de influencias y conexiones con criminales, Flavio representa el rechazo. Rechazo a la corrupción y al desvío de funciones; rechazo al Estado grande y paralizante; rechazo al control de la maquinaria pública por parte de las élites parasitarias que quedaron expuestas en el uso político de las instituciones y la desviación de funciones de miembros del Supremo Tribunal Federal (STF).
El STF capturó la opinión pública en la recta final de la campaña, y el resultado final fue el peor posible: desaliento social ante el bajo nivel moral de diversos magistrados y una apropiación desenfrenada de recursos jurídicos con fines electorales a la carta. La quiebra del Poder Judicial, en definitiva: otro legado de Lula.
Lula tiene posibilidades el 25 de octubre. Parte de una base de votos considerable. Su militancia es aguerrida. Sus correligionarios luchan por su supervivencia política y, en muchos casos, financiera. Sin embargo, la pelota está del lado de Flavio: una ventaja de dos millones de votos en la largada; el respaldo de gobernadores fuertes, ya elegidos, en todo el sur, el sudeste y el centro-oeste. El apoyo de la mayoría de los candidatos derrotados, cuyos electores, por definición, rechazaron a Lula. En este momento, es más probable una nueva avalancha azul en el balotaje que una remontada de Lula: podría ser la segunda humillación electoral de este octubre azul para el viejo sindicalista.
En términos positivos, queda el sistema electoral. Una elección compleja para el votante; una campaña convulsionada y plagada de interferencias del Poder Judicial. Cada uno de los casi 160 millones de electores tuvo que elegir seis candidatos: casi mil millones de votos previstos. La abstención se mantuvo en niveles habituales, del 20%; los votos en blanco y nulos representaron una proporción pequeña. La elección transcurrió de manera pacífica y tranquila, discreta y sin contratiempos. El sistema funcionó. Los resultados finales llegaron en pocas horas: a las nueve de la noche, todo estaba definido. Las urnas electrónicas son confiables. No hubo impugnaciones. Los observadores internacionales certificaron la integridad del proceso. Solo quedan dos pequeñas cuestiones judiciales pendientes, en el gobierno de Río de Janeiro y en el caso de un senador del estado de Paraná.
En el plano regional, el gobierno de Lula se mostró inepto y belicoso. Relaciones en el peor nivel de la historia republicana con la gran nación hermana argentina. Pérdida absoluta de influencia en Paraguay. Distanciamiento de la siempre buena relación con Chile. Con los países andinos, ausencia de un enfrentamiento coordinado y efectivo contra el principal flagelo común: el crimen transnacional, dominado por el Primeiro Comando da Capital (PCC) y el Comando Vermelho (CV), clasificados como organizaciones terroristas por el gobierno estadounidense. La expansión internacional del PCC y del CV deriva de las acciones ineficaces de las autoridades brasileñas, que subestimaron las capacidades operativas y las complejidades estratégicas de estas facciones. Este legado negativo es responsabilidad de Brasil. Los gobiernos vecinos deben exigir una actitud firme al nuevo gobierno, y la población brasileña, principal víctima de estas organizaciones, lo agradecerá.
*Alberto Pfeifer es Coordinador del Grupo de Análisis de Estrategia Internacional y Geopolítica (DSI) de la Escuela de Seguridad Multidimensional (ESEM) de la Universidad de São Paulo (USP).


