El Papa rezó en el Monte Sinaí
Emocionado, reivindicó la vigencia de la ley de Dios y exhortó al diálogo entre las religiones monoteístas
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SANTA CATALINA, Sinaí.- Sin el respeto a los Diez Mandamientos, la humanidad no tiene futuro. En un escenario extraordinario -a los pies del monte misterioso donde Dios se reveló a Moisés a través de una zarza ardiente para ordenarle liberar al pueblo hebreo, y después, nuevamente, durante la fuga desde Egipto cuando le entregó el Decálogo-, el Papa peregrino reivindicó ayer la vigencia de la ley de Dios, la única que puede salvar a la humanidad del egoísmo, el odio y la mentira. Y una vez más brindó un mensaje de paz y hermandad al insistir en la unidad, no sólo de todos los cristianos, sino también en el diálogo entre las grandes religiones monoteístas.
"Hoy como siempre los Diez Mandamientos son el único futuro de la familia humana", dijo Juan Pablo II. "Salvan al hombre de la fuerza destructiva del egoísmo, del odio, de la mentira. Evidencian todos los falsos ídolos que lo reducen a la esclavitud: el egoísmo exasperado hasta la exclusión de Dios, la avidez de poder y de placer que subvierte el orden de la justicia y degrada nuestra dignidad humana."
Culminó de esta forma su visita de tres días a Egipto, en la que coronó el sueño de recorrer las huellas de Moisés y pisar por primera vez uno de los escenarios bíblicos más importantes: el monasterio griego ortodoxo de Santa Catalina, lugar sagrado no sólo para todos los cristianos, sino también para judíos y musulmanes.
Este sitio sobrecogedor, enclavado en montañas de una belleza imponente, está a los pies del Monte Sinaí (también llamado Monte de Moisés, o monte Horeb) a unos 1500 metros sobre el nivel del mar, al sur de la desértica península del Sinaí (300 kilómetros de El Cairo), que constituye la parte asiática de Egipto. Para llegar hasta allí, esta enviada recorrió desde Sharm el-Sheik, localidad situada en la punta de la península, sobre el Mar Rojo, un camino desértico que impacta por su paisaje, que semeja el lunar. Las montañas poseen formas recortadas y extrañas, cuyas piedras lucen distintos colores, con tonalidades de colorados, verdes y grises, en una geografía que recuerda la del noroeste argentino. Todo es extremadamente seco y árido, y a la vera de la cinta asfáltica saltan a la vista, de vez en cuando, decenas de camellos sueltos, y beduinos.
Caluroso y hostil
El Papa llegó hasta allí en avión desde El Cairo -en un altiplano muy cercano hay un aeropuerto-, y fue recibido muy calurosamente no sólo por la gente que fue especialmente a escucharlo, sino también por el arzobispo Damianos, actual abad del monasterio griego ortodoxo de Santa Catalina. Damianos y los 23 monjes que viven allí son griegos ortodoxos, una comunidad tradicionalmente hostil a la Iglesia de Roma: cuando comenzó a organizarse el peregrinaje del Papa a este lugar, no ocultaron su rechazo y objeción a la idea. Pero el presidente egipcio, Hosni Mubarak, finalmente la impuso.
Juan Pablo II, que habría querido celebrar una ceremonia ecuménica -con representantes de las tres grandes religiones monoteístas (cristianos, musulmanes y judíos)-, tuvo que contentarse con una liturgia de la palabra en el Jardín de los Olivos, que queda justo fuera del recinto del monasterio. En ese momento, aunque antes se habían abrazado y besado públicamente, e intercambiado varios obsequios, Damianos se retiró. Esto fue significativo porque quiso decir que ambos no podían rezar juntos. "No hay una comunión eclesiástica: aún no hay un diálogo suficiente y no es posible hacer una liturgia juntos", explicó luego el abad. Preguntado sobre si algún día podrá haber unidad, contestó: "Es posible, pero hará falta un milagro".
El monasterio de Santa Catalina es uno de los más antiguos del mundo: fue construido en el año 527 por el emperador bizantino Justiniano, que dedicó la basílica a María, cuya virginidad es simbolizada por la zarza ardiente. Este monasterio fue fortificado en el año 530 debido a reiterados asaltos y pillajes. Un dato curioso es que en el siglo VII, con la llegada de los conquistadores islámicos, el monasterio no llegó a ser destruido porque, a cambio, se dejó construir una pequeña mezquita en el interior de su recinto de piedra. Allí, aún rezan actualmente los gebelyeh , beduinos de la montaña que veneran al profeta Moisés y que son, por tradición, los guardianes del monasterio. Este tomó el nombre del lugar de sepultura de Santa Catalina, mártir de Alejandría, de Egipto, cuyo cuerpo, según la leyenda, fue milagrosamente llevado a la cima de la montaña más alta de la cadena del Sinaí, el monte Santa Catalina (2641 metros), cercano al monte de Moisés.
Los tesoros
Antes de protagonizar la celebración de la palabra en el Jardín de los Olivos, el Papa realizó una visita privada al antiguo monasterio griego ortodoxo, y pudo entonces admirar los tesoros que éste conserva. Espléndidos iconos milenarios, el célebre Mosaico de la Transfiguración, manuscritos únicos, como el Codex Syriacus (el texto siriaco de los Evangelios del siglo IV), una biblioteca que es la segunda más importante después de la del Vaticano, y más de 3000 objetos de valor, como antiguas Biblias, documentos y códigos que se hallaron escondidos cuando se hizo una restauración, en 1975.
La visita privada duró más que lo que preveía la estricta agenda vaticana, justamente porque el Papa se detuvo a contemplar las distintas obras y se interesó por los estupendos tesoros, haciendo varias preguntas a los monjes.
El momento más emocionante, en tanto, fue cuando el Papa se arrodilló para rezar en la capilla de la zarza ardiente, donde hay una placa de plata que recuerda el punto exacto en el cual Dios se le apareció a Moisés, según contó a La Nación su vocero, Joaquín Navarro Valls. Entonces, el anciano Pontífice al parecer sorprendió a su anfitrión, el arzobispo Damianos, porque se detuvo a orar en latín e italiano más de diez minutos. "Fue una plegaria muy personal, y recitó el salmo Yo soy el que soy ", contó Navarro Valls.
El Papa también se arrodilló y rezó en la capilla que conserva las reliquias de Santa Catalina y, frente a sus restos, se quitó el anillo pastoral, lo apoyó en sus huesos, luego en su frente, y lo besó, siguiendo el ritual del monasterio, que también hizo que por un momento se quitara los zapatos.
Invitación al diálogo
Más tarde, protagonizó al aire libre la celebración de la palabra. En el Jardín de los Olivos, mientras los rayos del sol pegaban sobre su rostro cansado, pero corría un aire muy fresco, por la altura, el Papa explicó el significado del Sinaí: "Está en el centro de la verdad del hombre y su destino. El viento que aún hoy sopla en el Sinaí nos recuerda que Dios desea ser honrado en sus criaturas y su crecimiento e invita al diálogo entre los seguidores de las grandes religiones monoteístas".
En uno de los viajes más importantes, emotivos y significativos de su pontificado -que fue la primera etapa de la peregrinación jubilar que a fines de marzo lo llevará a Tierra Santa- volvió a proponer, actualizándolo, el Decálogo: "Los diez mandamientos no son la imposición arbitraria de un Dios tirano. Fueron escritos en la piedra, pero antes fueron esculpidos en el corazón del hombre como ley universal, válida en todo tiempo y lugar".
Haciendo una velada alusión a los roces con los monjes grecoortodoxos, también reiteró su llamado para que en el nuevo milenio "el monasterio de Santa Catalina sea un faro luminoso para que las iglesias se conozcan mejor, recíprocamente, y redescubran la importancia a los ojos de Dios de lo que nos une a Cristo".




