El Presidente
Por Silvia C. Valentini scv75ny@aol.com
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Nueva York hervía bajo el sol y la humedad se pegaba a la piel. Pero mientras el ómnibus cruzaba uno y otro barrio hacia el bajo Manhattan, me quedaban unos minutos más de aire acondicionado -y turistas hablando en portugués y sacando fotos de cualquier cosa desde las ventanillas. Hacía casi dos años que no volvía, aunque trabajo en Manhattan y vivo en Queens al otro lado del río. Casi dos años que no tuve el valor de encontrarme con el pozo gigantesco que dejaron las torres gemelas—no soy la única, muchos aún no se han animado a llegar a Ground Zero. La Zona Cero.
Pero esa tarde de julio venía el presidente. En mis años en Nueva York vi a muchos dignatarios: Bush padre, Jimmy Carter, Fidel Castro, Arafat, Hillary Clinton, hasta el mismo Papa. Los vi a todos a metros de distancia. Pero esa tarde de julio venía el presidente Kirchner de Argentina. Y aunque nací y crecí en Buenos Aires, y crucé la Plaza de Mayo miles de veces -mirando la Casa Rosada como preguntándome para qué estaba (casi con más cariño por el Cabildo) y me encontré con manifestaciones y gases lacrimógenos sorpresivos, y en mis visitas a Buenos Aires pasé ratos rememorando en el Café Tortoni, nunca había visto de cerca a un presidente de mi tierra natal, elegido por el pueblo. Y esa tarde de julio el presidente Kirchner venía a Ground Zero.
Me bajé del ómnibus M1 frente a Saint Paul’s Chapel, la iglesia donde George Washington rezó como primer presidente de Estados Unidos en 1778. La iglesia que el 11 de septiembre de 2001 sobrevivió a la catástrofe y se convirtió en refugio de las brigadas de rescate. Siempre había caminado esa cuadra vigorosamente hacia las torres, pero esa tarde de julio caminé como no queriendo llegar.
Y de pronto el hueco, más grande de lo que la vista y el corazón pueden abarcar. Y recordé aquel invierno que trabajé en el piso 92 de la torre norte, y el anillo de nubes en las ventanas que apenas nos permitía ver la Estatua de la Libertad—diminuta como una mosca pegada al vidrio. Y la exposición del viejo Buenos Aires, un invierno nevado hace unos años. Y el concierto de jazz al aire libre, al pie de las torres, un mediodía sofocante de verano sólo quince días antes de la tragedia.
En realidad, sí, volví a Ground Zero después del 11 de septiembre. Dos semanas después. Eramos un racimo de gente en una esquina, petrificados por el horror. Respirando un aire agrio y llorando frente a extraños como llorando en familia. Montañas gigantescas de escombros, edificios semi destruidos, y un silencio paralizante frente a las puertas del infierno.
Dos años después, esa tarde de julio, saqué la banderita argentina que llevaba enrollada en el bolso. La banderita que me acompaña a las misas de la Virgen de Luján en la Catedral de San Patricio, todos los años para el 25 de mayo. La misma banderita que sale furiosa al aire, cada vez que alguien grita, "¡Gooool de Argentina!" en los mundiales. Era alrededor de las 15 horas. Caminé hacia el alambrado que separa a los invitados especiales del público. Y encontré argentinos que no conocía. Porteños, bonaerenses, un chaqueño, un mendocino joven con bastón. Todos unidos por la nacionalidad y el mismo entusiasmo. La espera se extendió, pero valió la pena esperar. Se abrió una puerta a sólo metros del pozo, emergió un grupo de personas y la figura más alta fue inconfundible. De este lado del alambrado estallamos en un bochinche descomunal que captó su atención. El presidente Kirchner vino hacia nosotros, pasó la mano entre los alambres y nos saludó a cada uno. Y la emoción se tornó en frases cortadas. "Los argentinos en el exterior lo seguimos de cerca, presidente!" "Seguí así, Néstor, que vas fenómeno!" "Gracias, por devolvernos la esperanza!"
Luego retornó al borde del pozo, y vino a saludarnos su esposa, Cristina. Y poder conversar con ella fue también muy conmovedor. Pero de pronto se apoderó de mí un pensamiento inesperado. Otro Ground Zero, otro vacío, otra tragedia -la crisis argentina. La foto en el New York Times de la viejita sentada en el suelo pidiendo limosna, en la calle Florida. Las fotos de cartoneros junto a una fogata, en otros diarios norteamericanos. Las fotos de rostros angustiados con estampitas de San Cayetano. La BBC mostrando a los chicos argentinos revolviendo la basura. La tragedia nacional, la humillación frente al mundo, mis lágrimas frente al Internet casi todas las noches.
La visita llegó a su fin, y el Presidente vino al alambrado a despedirse. "Buen viaje, presidente". "Dale con tutti, Néstor. No aflojés". "Rezamos por usted y por la Argentina. Estamos lejos, pero no estamos tan lejos".
Y casi como una brisa inesperada, la pena por Ground Zero y la euforia por el presidente dieron paso a una calma sin anuncio. Sí, después del hambre puede volver el pan, después de la humillación la dignidad, después de un Ground Zero la esperanza y la vida renovada. En Nueva York. En la Argentina.


