
El proceso de demonización del islam
El trágico atentado incentivó interpretaciones arbitrarias del papel histórico de la civilización islámica y de sus aportes al saber universal
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Cuando analizamos culturas diferentes, nuestro primer pensamiento no suele ser hijo de conceptos objetivos sino, más bien, de una imagen confusa.
La idea que hoy se le presenta al mundo sobre el pensamiento y vida del islam es, básicamente, un producto distorsionado de Hollywood y de algunos medios de comunicación. Así como también, de una reducción arbitraria del papel histórico de la civilización islámica y de sus aportes al conjunto del saber universal.
A esto se suma el accionar de sectores minoritarios, musulmanes y no musulmanes, que en su fanatismo e interpretación capciosa de las doctrinas sagradas, incurren en un gran pecado: colocar a Dios a su servicio, en lugar de colocarse al servicio de Dios.
Desde el trágico y condenable atentado del 11 de septiembre asistimos a la aceleración de un proceso que anteriormente ya había dado señales de vida: la demonización del islam.
Un fenómeno perceptible en muchos niveles, especialmente en el manejo de la información por parte de algunos sectores. Basta con observar el lenguaje utilizado para manifestar dos realidades similares: una foto de musulmanes peregrinando hacia La Meca es una reunión de “fanatismo religioso”; una agrupación de otro credo es, en cambio, “la expresión de los fieles”.
Por otra parte, debemos decir también que existe un profundo desconocimiento del Islam y su doctrina.
Si este proceso de demonización tiene como objetivo sentar al islam en el banco de los acusados, entonces los supuestos jueces tendrán que inventar antecedentes que demuestren la intolerancia del islam. Ya que, como sentencian Juan Goytisolo y otros autores, “no existen en la foja de esta fe procesos de imposición religiosa sangrientos, genocidios de poblaciones enteras o exterminios colectivos”.
Los profetas modernos, instituidos por el hombre y no por Dios, nos vaticinan un choque de civilizaciones, o una guerra de culturas. Esto, más que un análisis de la historia y una proyección del futuro, parece un canto a la propia impotencia que tienen algunos de vivir en paz, en un mundo pluralista y multicultural.
En la historia de la humanidad siempre ha habido quienes construyeron los “Muros de Berlín” y otros que los derribaron.
El Islam, en su advenimiento, también derribó un muro, que consistía en una nación bárbara e ignorante. Y con un motor representado en la revelación coránica, esa misma nación, un par de siglos después, fue el puente que conectó a Europa con su propia cultura clásica.
Actualmente, muchos se preguntan: ¿qué es el islam?
El islam es una religión basada en el culto a un Dios único, y en la creencia de la misión de los profetas. Desde Adan hasta Mohammed, pasando por Abraham, Moisés, y Jesús.
Los musulmanes también creemos en los ángeles y en los libros revelados (la Torá, el Evangelio y el Corán) y en un último día: en donde las almas serán juzgadas según sus obras. Es cierto. Los verdaderos musulmanes vivimos un constante “Jihad”, palabra mal traducida como “guerra santa”, ya que este término redunda en dos conceptos: un “gran jihad”, que es la lucha diaria para vencerse a uno mismo y a sus propias tentaciones. Y un “pequeño jihad”, que contempla solamente el derecho legítimo de defensa.
Los más de 1300 millones de musulmanes en el mundo también depositan su esperanza en un anuncio hecho por el profeta Mohammed, que dijo: “Jesús, el hijo de María, vendrá otra vez; ustedes lo verán y lo reconocerán. Durante su tiempo, él destruirá al Dajjal (anticristo). Entonces la paz y la seguridad prevalecerán en la tierra a tal punto que los lobos jugarán con las ovejas.”
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