
El terremoto en la cúpula militar que obligó a Zelensky a apretar el botón de reinicio
La salida del ministro de Defensa desató protestas, precipitó un recambio generacional en el alto mando y expuso el delicado equilibrio entre autoridad, presión social y desgaste político
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PARÍS.– Tras diez días de manifestaciones provocadas por el despido del joven ministro de Defensa, Mykhaïlo Fedorov, el presidente ucraniano sacrificó a su jefe de Estado Mayor, el general Oleksandr Syrsky, en favor del general Mykhaïlo Drapatyi, de 43 años. Esa decisión no solo supone un relevo generacional al frente del ejército, sino que demuestra cómo un mandatario con coraje político puede ceder ante la presión popular rechazando al mismo tiempo el populismo.
El movimiento se esperaba, pero su magnitud sorprendió. El martes 21 de julio por la noche, en un mensaje audiovisual desde Kiev, Volodimir Zelensky anunció el remplazo del general Syrsky, de 60 años, quien ejercía como comandante en jefe de las fuerzas armadas ucranianas desde febrero de 2024. En su lugar, nombró al general de división Drapatyi, de 43 años. Al día siguiente, el presidente continuó con la remodelación destituyendo también al jefe del Estado Mayor General, Andriy Hnatov, sustituido por el general Ihor Skybiuk, antiguo comandante de las fuerzas de asalto aerotransportadas. No obstante, en su discurso, Zelensky elogió la gestión de su anterior jefe de Estado Mayor, recordando que Syrskyi fue clave para el éxito de Ucrania en la defensa de Kiev y en las ofensivas de Kharkiv y Kursk.
Este doble cambio en la cúpula militar ucraniana se produce tras una crisis política que estalló el 15 de julio, cuando Fedorov, de 35 años, anunció su dimisión del Ministerio de Defensa tras solo seis meses en el cargo. Exministro de Transformación Digital y convertido, en enero, en el ministro de Defensa más joven de la historia de Ucrania, Fedorov se había consolidado como el rostro de una estrategia de modernización tecnológica del ejército, impulsada especialmente por el auge masivo de los drones.
El propio interesado presentó su salida como la consecuencia directa de un conflicto abierto con el general Syrsky, a quien acusó públicamente de querer dividir al país y de haber lanzado un ultimátum al presidente para exigir su destitución.
El cese de Fedorov desencadenó de inmediato manifestaciones en varias ciudades ucranianas, empezando por Kiev, donde diversas movilizaciones exigieron la salida del general Syrsky. Una parte de la opinión pública, especialmente entre los más jóvenes, lo percibe como la encarnación de un mando de la vieja escuela, formado bajo la lógica heredada del periodo soviético. Frente a él, Fedorov simbolizaba una concepción de la guerra distinta, más volcada a la innovación tecnológica y en la preservación de un recurso humano que se ha vuelto escaso tras más de cuatro años de conflicto.
La elección de Drapatyi para suceder a Syrsky confirma ese relevo generacional. Nacido en 1982, ese general de brigada se ha labrado su reputación no en las instituciones heredadas de la era soviética, sino en el fragor de la batalla: entró en la historia militar ucraniana ya en 2014, cuando era un simple mayor, al romper un bloqueo de fuerzas prorrusas en Mariúpol a bordo de un vehículo blindado. Posteriormente, comandó las tropas que frenaron el avance ruso hacia Kryvyi Rih, la ciudad natal del presidente, antes de supervisar la defensa del sector de Kharkiv frente a los asaltos rusos.
En su primer mensaje tras el anuncio de su nombramiento, el nuevo comandante en jefe afirmó que trabajará con responsabilidad, concentración y respeto hacia los hombres y mujeres que defienden el país.
Su enfoque, basado en otorgar mayor autonomía a los comandantes de campo y en la rápida integración de la experiencia táctica y el uso de drones de reconocimiento, contrasta con el marcado centralismo que se le atribuye a Syrsky.
Un dato relevante es que el propio Drapatyi, antes de ser nombrado, había elogiado públicamente los seis meses de gestión de Fedorov en el ministerio, considerando que este había realizado un esfuerzo real por romper con reglas militares estancadas desde hace mucho tiempo.
En cuanto a Fedorov, desde entonces ha rechazado las propuestas de Zelensky para reintegrarlo en el gobierno en otro cargo, afirmando que solo tres puestos influyen realmente en el curso de la guerra: la presidencia, el ministerio de Defensa y el mando de las Fuerzas Armadas, en una postura de desafío nada disimulada hacia el jefe del Estado.
Esta remodelación en la cúpula se produce en un momento en que la situación sobre el terreno sigue siendo preocupante para Kiev.
Desde la caída de Pokrovsk —el enclave logístico del oeste del Donbas que sucumbió en febrero tras varios meses de una guerra de desgaste—, las fuerzas rusas mantienen la presión hacia Lyman y los alrededores de Kostiantynivka, amenazando las fortalezas de Sloviansk y Kramatorsk, consideradas los últimos bastiones clave de la defensa ucraniana en la región. También se han registrado avances en el oblast (provincia) de Kharkiv, en torno a Vovtchansk y Kupiansk, mientras que las contraofensivas ucranianas lanzadas a principios de año en los oblasts de Zaporizhia y Dnipropetrovsk han perdido impulso.
Ucrania, por su parte, no ha cesado de responder a los múltiples y brutales ataques rusos, utilizando una lluvia de drones, su arma de predilección. En los últimos días, Kiev atacó dos veces consecutivas dos centros logísticos que, según afirma, suministran componentes para drones y otros equipos al ejército ruso.
Pero el costo humano de la guerra es feroz. Para el especialista francés Xavier Tytelman, “esa cifra supera los 2 millones de pérdidas militares. Entre ellos, 1,5 millones son rusos y 500.000 ucranianos.
Según Naciones Unidas, solo en el primer semestre de 2026, 1396 civiles han muerto y cerca de 8000 resultaron heridos en Ucrania, lo que supone un aumento del 37% respecto al mismo periodo de 2025.
Fue en ese contexto de continua presión militar y humana en el cual Zelensky justificó el nombramiento de Drapatyi, invocando la necesidad de un “reinicio” de la defensa frente a la invasión rusa.
Pero la rápida resolución de la crisis provocada por la salida de Fedorov merece un análisis que vaya más allá de lo estrictamente militar.
“Al ceder en cuestión de días ante una movilización popular sobre un tema tan sensible como el mando de las fuerzas armadas en plena guerra, Zelensky ofreció un caso de estudio inusual de reactividad presidencial ante la presión ciudadana. Un gesto que, paradójicamente, se asemeja menos al populismo que a su exacto opuesto”, afirma Samantha de Bendern, investigadora en el Real Instituto de Relaciones Internacionales (Chatham House), especialista de Rusia y de Ucrania.
El populismo, en su acepción clásica, consiste en instrumentalizar el descontento popular para debilitar los contrapesos institucionales, señalar chivos expiatorios o simplificar en exceso problemas complejos con fines de movilización partidista.
“Aquí no ha ocurrido nada de eso: la protesta se centraba en una cuestión precisa y verificable —la gestión del mando militar y la credibilidad de la estrategia de modernización del ejército— y la respuesta presidencial no consistió en complacer a la calle con medidas espectaculares o la búsqueda de culpables, sino en realizar un arbitraje institucional clásico, en consulta con el mando militar, que culminó en un nombramiento reflexivo, aplaudido incluso entre los partidarios de Fedorov”, agrega la especialista.
Esta capacidad de respuesta se enmarca en una dinámica más amplia que Ucrania ha demostrado en repetidas ocasiones desde 2022: la de una sociedad civil vigilante, capaz de movilizarse rápidamente ante cuestiones de gobernanza en tiempos de guerra, y la de un ejecutivo que, a pesar del estado de guerra y de los poderes excepcionales de los que dispone, no se desentiende por completo de dicha presión.
A juicio de Galia Ackerman, historiadora, especialista del mundo rusófono, se trata de “una señal significativa sobre la solidez del contrato social ucraniano en tiempos de conflicto: lejos de la tentación autoritaria que la prolongación de una guerra de gran escala podría alimentar en otros líderes, Zelensky ha optado por desactivar la crisis mediante la escucha en lugar de la firmeza, incluso si ello implica retractarse parcialmente al dar marcha atrás en su decisión inicial de mantener a Syrsky”.
No obstante, esta lectura optimista debe matizarse. El cese de Syrsky sigue siendo, según admiten los propios observadores, una forma de retroceso político para un presidente ya debilitado por meses de tensiones internas: sobre la corrupción, sobre la gestión de la remodelación del gobierno y sobre las negociaciones con Washington y Moscú.
“Ceder ante la calle puede ser signo de una sana capacidad de escucha democrática, pero también puede delatar la fragilidad del poder ejecutivo en un momento en que la unidad de mando es precisamente lo que exige la situación militar”, señala Ackerman.
El equilibrio entre ambas interpretaciones dependerá en gran medida de la capacidad de Drapatyi para estabilizar, en las próximas semanas, un frente que sigue bajo una fuerte presión rusa.

