
Elia Kazan, el último prisionero de la Guerra Fría
Por Mario Diament
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MIAMI.- Cuando el 21 del actual la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood conceda los últimos Oscar del siglo, un viejo fantasma saldrá del arcón de la Guerra Fría para reclamar, por fin, sosiego a su alma.
Elia Kazan recibirá esa noche un Oscar honorario por su contribución al cine, pero el anuncio del galardón a este veterano director de 89 años ha removido viejos enconos y desatado una controversia sólo comparable a la histeria que rodeó la entrega del Oscar a Vanessa Redgrave, en 1978, cuando la actriz británica, blandiendo la estatuilla como un machete, acusó de "matones sionistas" a quienes protestaban afuera por sus simpatías hacia la causa palestina.
Decenas de actores, directores, productores y libretistas de Hollywood denunciaron a colegas durante la caza de brujas llevada a cabo por la Comisión de Actividades Antinorteamericanas de la Cámara de Representantes (HUAC) entre 1947 y 1957, pero ninguno ha pagado por su delación lo que Elia Kazan.
Fundador junto a Lee Strasberg del legendario Group Theatre de Nueva York en la década del 30, director de las obras de Arthur Miller y Tennessee Williams, realizador de algunas de las películas más notables del cine norteamericano como "Un tranvía llamado Deseo", "Nido de ratas" y "Al este del Paraíso", Kazan se hizo miembro del Partido Comunista en 1934 y se desafilió dos años después, disgustado con el stalinismo.
En 1952, cuando fue llamado a testificar por la HUAC, Kazan reveló los nombres de ocho colegas, a los que identificó como miembros del Partido Comunista, entre ellos el actor Morris Carnovsky, el dramaturgo Clifford Odets, Paula Strasberg, esposa de Lee Strasberg, y el actor J. Edward Bromberg, quien fue forzado a presentarse ante la Comisión contra la opinión de su médico y falleció poco después.
El propio Odets se avino más tarde a delatar a colegas ante la misma Comisión y otro tanto hicieron figuras como los actores Lee J. Cobb y Sterling Hayden, el escritor Budd Schulberg, (libretista de "Nido de Ratas" y de la versión televisiva de "Preso sin nombre, celda sin número", de Jacobo Timerman) y el coreógrafo Jerome Robbins. Pero mientras el tiempo ha sido benevolente con las flaquezas de los demás, Kazan ha quedado fijado en la memoria pública como el antihéroe de esa década infame, el arquetipo del delator.
Nadie sabe con certeza por qué él, entre todos, fue elegido para llevar de por vida la mancha indeleble del macartismo. El escritor Dalton Trumbo, uno de las víctimas de las listas negras, que debió recurrir a un seudónimo para firmar sus guiones, admite que aquella fue "una batalla que no dejó ni héroes ni villanos: sólo víctimas", pero no obstante recrimina a Kazan el haber denunciado "a gente mucho menos capaz que él de defenderse".
El estigma del soplón
Aun cuando la filmografía de Elia Kazan acumulaba obras tan notables como "Un rostro en la muchedumbre", "Esplendor en la hierba" y "América, América", el estigma del soplón se ha alzado una y otra vez como una barrera contra todo posible reconocimiento.
En 1972, el Festival de Cannes se negó a premiarlo después de que el director Joseph Losey, otra de las víctimas del macartismo, organizara una campaña en su contra. En 1989, el American Film Institute rechazó su candidatura al premio "A la obra de vida". Y en 1996, la Asociación de Críticos Cinematográficos de Los Angeles desestimó su nominación a un premio, fallando en favor de Roger Corman, realizador, entre otras maravillas, de perlas como "El ataque de los cangrejos monstruosos".
Aún hoy, a casi medio siglo de distancia, las viejas heridas permanecen abiertas. Sobrevivientes de las listas negras como los guionistas Abe Polonsky ("Cuerpo y Alma") y Bernard Gordon ("55 días en Pekín") han publicado solicitadas denunciando a Kazan, aunque algunas voces notables han salido a defenderlo.
Arthur Miller, uno de los intelectuales que desafió a la Comisión, escribió en la revista The Nation: "Mis sentimientos respecto de esa era terrible no han cambiado, pero al mismo tiempo pienso que la historia no debe reescribirse".
Elia Kazan ha contribuido con una obra suficientemente extraordinaria al teatro y al cine como para merecer este reconocimiento. "Muy pocos de nosotros estamos hechos de una sola pieza. Tal vez todo cuanto uno debe esperar es encontrar en su corazón elogio por lo que un hombre ha hecho bien y censura por aquello en lo que trágicamente ha errado."
Un caso de conciencia
Tal vez la clave acerca de la perdurabilidad de esta controversia radique en que Kazan nunca dio muestras de arrepentimiento. Por el contrario, tanto en su autobiografía como en una serie de entrevistas con el escritor Jeff Young, grabadas hace 25 años y a punto de publicarse, defiende su actitud como un acto de conciencia y no de cobardía, convencido de que una genuina conspiración comunista amenazaba entonces al país.
"Todo aquel que denuncia a otra gente comete un acto perturbador y hasta repugnante. Pero al mismo tiempo creo que lo que he hecho debe juzgarse desde la perspectiva de 1952," dice.
El próximo 21, cuando suba al podio del pabellón Dorothy Chandler de Los Angeles para recibir por fin su estatuilla de manos de Robert de Niro y Martin Scorsese, el último prisionero de la Guerra Fría, culpable o inocente, habrá dejado su celda para siempre.





