En 1978 fallaron todas las predicciones
Karol Wojtyla, un desconocido para muchos, resultó elegido en la octava votación de un cónclave que duró dos días
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Debía ser un secreto para la eternidad. Pero de una manera u otra trascendió que Karol Wojtyla obtuvo el respaldo de 99 de los 111 cardenales electores. El cónclave fue más bien breve. Sólo dos días y ocho votaciones fueron necesarios para que el arzobispo de Cracovia reuniera el apoyo para convertirse, el 16 de octubre de 1978, en el nuevo papa, con el nombre de Juan Pablo II.
Visto desde la Plaza de San Pedro, el humo fue claramente blanco y no gris, como en la elección previa, sólo unos meses antes. Pero a pesar de la brevedad y del categórico resultado del cónclave, para muchos de los que aguardaban con ansiedad el anuncio, el nuevo pontífice era poco menos que un perfecto desconocido.
En efecto, Wojtyla no era un número puesto. Ni siquiera figuraba entre los favoritos con que desde hacía semanas especulaban los vaticanistas y la prensa mundial. Y, más sorprendente aún, no era italiano, como lo habían sido todos los papas durante los últimos cuatro siglos y medio, desde Adriano VI.
Las crónicas de aquel día cuentan que cuando el cardenal Pericle Felici pronunció el acostumbrado "habemus papam" y anunció luego el nombre en latín, comenzando con lentitud por el nombre de pila, la multitud congregada en la Plaza de San Pedro se quedó por un momento en silencio, confundida.
Es que no había ningún "Carolum" entre los papables de 1978, entre los que sí figuraban los cardenales italianos Giuseppe Siri y Giovanni Benelli, conservador el primero y más moderado el segundo. Incluso el cardenal argentino Eduardo Pironio estaba entre los papables de aquel cónclave, pero evidentemente no se trataba de él. El único nombre que sonaba más o menos parecido era el del cardenal italiano Carlo Confalonieri, el octogenario decano del Colegio Cardenalicio, pero nadie lo consideraba "en carrera".
La incógnita no se resolvió cuando los cerca de 40.000 presentes escucharon del cardenal Felici el apellido del elegido. Un murmullo insistente creció entre la multitud: "¿Quién es?" Algunos llegaron a pensar que se trataba de un cardenal de algún país africano.
Con apenas 58 años, Karol Wojtyla podía ser un desconocido para el gran público. Pero puertas adentro del Vaticano no ocurría lo mismo. Si en los días previos al cónclave habían surgido ciertas diferencias entre los representantes italianos de dos líneas más o menos identificables de la Iglesia de aquellos años, los preconciliares y los posconciliares -en referencia a las posturas de cada sector respecto del Concilio Vaticano II-, el cardenal polaco parecía superar esas divisiones.
De hecho, el arzobispo de Cracovia reunía dos condiciones que un sector importante de la Iglesia apreciaba particularmente en aquellos tiempos de Guerra Fría y auge de la teología de la liberación: combinaba un probado conservadurismo doctrinario con una larga experiencia en lidiar con el comunismo en su país. El nuevo Pontífice -se suponía, y así fue- daría nuevos bríos a la oprimida Iglesia Católica de Europa Oriental.
El mismo guión
Según el respetado biógrafo de Juan Pablo II George Weigel, la dirigencia comunista de Polonia había alentado años antes el nombramiento de Wojtyla como arzobispo de Cracovia, porque lo consideraba un intelectual distraído, que podía ser fácilmente manipulado. Sólo después de su elección como Papa el régimen polaco -y el mismo Brezhnev- se dio cuenta de su error y del peligro que representaba el nuevo Pontífice.
La elección de un papa no italiano, además, suponía un giro reformista de la Iglesia, una pequeña revolución que -26 años después- acaso extienda su influencia a la votación que comienza hoy. Y en la que proliferan los candidatos no italianos.
Según escribió recientemente un destacado vaticanista, Sandro Magister, "si se repite el guión" que llevó al papado a Juan Pablo II, en 1978, "el hombre nuevo sería esta vez un cardenal latinoamericano". Y añadió: "Uno sobre todos: el argentino Jorge Mario Bergoglio, de 69 años, arzobispo de Buenos Aires, jesuita, hombre de intensa espiritualidad y de autorizada fuerza".
Puede ocurrir, también según el guión de 1978, que ninguno de los papables del nuevo cónclave sea el elegido.




