En Edimburgo, festejos medidos y advertencias

La capital fue el bastión del no y celebró el triunfo, pero espera más poderes de Londres
Martín Rodríguez Yebra
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20 de septiembre de 2014  

EDIMBURGO.- "¿Que cómo me siento? Aliviado. Y angustiado." Mike Atherton trata de explicar su mezcla de sensaciones el día siguiente al plebiscito mientras vuelve a su casa del señorial barrio de Morningside, en el sudeste de la capital escocesa.

Votó al no con la convicción absoluta de que romper el Reino Unido hubiera sido un suicidio colectivo. Y aun así le quedan pocos motivos para celebrar. "En un mundo ideal, sería maravilloso que Escocia fuera un país independiente. Duele un poco ver este final."

El tráfico bulle en la calle principal del barrio a la hora del regreso del trabajo. No hay rastros de celebración en Morningside, bastión del no en la elección que finalmente extendió la vida de Gran Bretaña tal como la conocemos.

El rechazo a la independencia superó el 65% por encima incluso del abrumador porcentaje que cosechó el unionismo en el total de Edimburgo. La magnitud de la diferencia sorprendió incluso a los analistas de opinión pública, acaso confundidos por la discreción de muchos de los que se oponían al romántico proyecto de la "Escocia libre".

Morningside es un paraíso de casas victorianas que se distribuyen a lo largo de pasajes arbolados, silenciosos, como de otro mundo. Es una de las cinco zonas residenciales con mayor nivel económico de todo el Reino Unido. "Aquí la independencia no prendió. Desde el principio, hubo miedo a lo que podría pasar en un país dominado por los nacionalistas", sigue Atherton, profesor universitario.

Cuenta que en los días previos al referéndum se había instalado cierto pesimismo entre los vecinos de Morningside. Algunos hablaban de mudarse a Inglaterra si triunfaba la separación. Casi todos tenían claro que, por lo menos, tendrían que pensar a dónde llevar su dinero.

El gobierno del Partido Nacionalista Escocés (SNP) jamás logró disipar las dudas que generaba el impacto económico de la ruptura en las clases medias y altas. La carencia de un proyecto creíble sobre qué moneda iba a tener el futuro Estado resultó un handicap demasiado grande.

"Las locuras del nacionalismo... Nos hablaban de compartir la moneda sin acuerdo con Londres, como si fuéramos Panamá usando el dólar", se queja Anne Kelsey, dueña de un local de estética en Morningside Road. "¡Son cosas que sólo se pueden tragar los ignorantes de Glasgow!"

Admite que las últimas 48 horas habían sido una tortura por el temor a que se "viniera abajo" su mundo de convicciones y tranquilidad. La alarmaba además la posibilidad de que instalaran puestos policiales en la frontera con Inglaterra, donde vive buena parte de su familia.

Los seguidores del no son medidos en el festejo. Toparse con una Union Jack colgando de una ventana es una rareza. Es habitual oír entre los votantes antiseparatistas que, en realidad, no hay motivos para el festejo. Las quejas por el centralismo de Londres y el "desdén" con que los gobiernos del Partido Conservador tratan a Escocia también salen en cualquier conversación aquí, tanto o a veces más que en los barrios donde arrasa el SNP.

Morningside, por caso, tiene un alto porcentaje de votantes laboristas, que abrazaron con entusiasmo la oferta final de los partidos británicos de conceder más poderes y autonomía al Parlamento de Edimburgo. "Por supuesto que fue fundamental -enfatiza Atherton-. Espero que cumplan. Si no, en unos años nos veremos acá de vuelta y no sé si muchos seguiremos diciendo que no."

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