En Guantánamo, la cárcel más famosa y polémica

Están detenidos allí más de 500 talibanes
Hugo Alconada Mon
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16 de octubre de 2005  

GUANTANAMO.– La temperatura es de 35 grados a la sombra y entre el enjambre de rejas, celdas y alambradas de púa se escuchan los gritos de un detenido en un idioma inentendible. Luego apela al inglés: “¡Sé que pueden escucharme! ¡Qué se jodan los Estados Unidos! ¡Qué se joda Paquistán!” El rostro del escolta de LA NACION en la prisión, el mayor O’Reilly, un hombrón un tanto obeso que transpira a mares, se contrae en un instante y tres segundos después da por concluida la recorrida por el Campo Delta-4.

Se acerca el mediodía en la base militar de Guantánamo, la única que los Estados Unidos posee en un país comunista, con el que, además, no tiene relaciones diplomáticas: Cuba. Aquí están alojados 505 supuestos talibanes, miembros de Al-Qaeda y otros grupos terroristas de 40 países y de 17 idiomas distintos del Medio Oriente, el sudeste asiático y el norte de Africa. Es la prisión militar más famosa del mundo. Y en ella, el Campo Delta-4 funciona como centro de detención donde se alojan los 170 talibanes y miembros de la red terrorista de Osama ben Laden más “cooperativos” con los guardias militares y los servicios de inteligencia estadounidenses. Estos son los más tranquilos. La humedad resulta insoportable. Faltan 45 minutos para el mediodía y una bandera amarilla flamea en la entrada de las barracas de hierro, a manera de contenedores modificados, a 200 metros del mar del Caribe, al que todo da la espalda.

"Las banderas son un sistema de alerta sobre la sensación térmica y sus efectos en el ser humano: va de verde a amarillo, rojo y negro", explica O´Reilly, rojo de calor y de enojo mientras sale de un pabellón de dos hileras de 24 celdas enfrentadas entre sí. "Estoy seguro de que hoy izarán la negra", pronostica.

El calor tropical no disuade a cinco detenidos vestidos de blanco, con barba larga y pelo corto, que deambulan por el "área de recreación". Aprovechan las dos horas que pueden estar fuera de sus celdas de dos metros cuadrados, con agujero en el piso como inodoro y camastro de metal, para caminar, hablar entre ellos y, dos de ellos, jugar al básquet.

Una canchita de fútbol, con piso de piedra, está vacía. Cada movimiento de los detenidos es controlado con cámaras, guardias y desde unas torres de vigilancia de cemento que los soldados apodan "torres de la libertad". Hay pequeñas flechas negras por doquier: en el piso de los espacios públicos, en las celdas, hasta en las salas de interrogatorio. Marcan hacia dónde queda la Meca.

"Hemos atravesado tiempos difíciles acá, pero la opción es recibir críticas por retener a los detenidos de manera indefinida o liberarlos a todos, lo que generaría una amenaza para todo el mundo", dice a LA NACION el general Jay Hood, comandante del Grupo de Tareas Conjunto Guantánamo (GTC-G), a cargo de la custodia, el cuidado y la extracción de datos de inteligencia de los "combatientes enemigos".

Hood defiende la "calidad de vida" que sus tropas ofrecen a los detenidos, a los que jamás alude como "prisioneros", ni mucho menos "prisioneros de guerra". Esa es una categoría que la Casa Blanca no admite en su lucha contra los terroristas.

Mala reputación

El general desea, además, terminar con la polémica gigantesca que envuelve a la base desde 2002: "Gitmo" es, alrededor del mundo, sinónimo de denuncias de torturas y abusos.

La Cruz Roja Internacional, Human Rights Watch y Amnistía Internacional registran datos y denuncias de prisioneros sobre supuestas vejaciones cometidas en los últimos años: privación del sueño, variaciones de calor y de frío extremos, agresiones mentales, e incluso golpizas físicas, por lo que han calificado la situación como un "trato cruel, inhumano y degradante".

Hood alude a "errores". "Lo que hemos hallado es que hubo algunos que actuaron inapropiadamente y tomamos acciones: hemos removido gente, en algunos casos fueron castigados y en otros, si estimamos que sus errores no fueron deliberados, les dimos entrenamiento adicional. La misión es muy difícil, pero con el tiempo hemos desarrollado mejores procedimientos y aprendido de nuestros errores", dice.

Todos los demás militares apostados aquí, en el extremo sur de la isla de Cuba, niegan que esas denuncias sean verídicas. Hasta el jefe médico del centro, el capitán de la Armada John Edmondson.

Si algo así ocurrió, replican, fue hace un par de años, por culpa de algún "desaforado" o "inmoral", en hechos aislados, no sistemáticos.

"Ellos [por los detenidos] viven mejor que nosotros. Hasta sus dormitorios son más grandes que los nuestros y los de ellos son individuales; los nuestros, no. El problema es que los medios opinan sin haber pisado la base", dice a LA NACION el teniente de Caballería Blindada, James Wagoner, quien está a cargo del perímetro de seguridad que separa la base del territorio cubano.

"Ellos nos consideran «infieles» y nosotros los tratamos con reverencia", dice Wagoner, mientras señala con su índice derecho hacia el Campo Delta, al grupo de detenidos que deambula bajo el sol caribeño.

"Está claro que ellos no nos tratan igual cuando nos capturan en Irak", afirma. Otros seis oficiales y suboficiales asienten con la cabeza.

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