En los barrios árabes no todos creen en el "ojo por ojo"

La familia del joven palestino asesinado dice que la venganza no devolverá a Mohammed
Beatriz Lecumberri
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3 de julio de 2014  

JERUSALÉN.– Los gritos de los jóvenes palestinos que arrojan piedras a los soldados israelíes en las calles de Shuafat, un barrio árabe de Jerusalén, se cuelan en el salón de la familia Abu Khudair, rompen el silencio sepulcral y sobresaltan el callado llanto de las mujeres.

Hundido en un sillón, Hussein, el cabeza de familia, se enjuga los ojos llorosos para explicar cómo su hijo, Mohammed, de 17 años, salió al alba de la casa para participar de la primera oración del mes santo musulmán de Ramadán y nunca más volvió. Horas después, su cuerpo fue encontrado en un barrio del oeste de ciudad.

"Tenía 17 años, tenía derecho a salir solo e ir a la mezquita, que está a escasos metros", explica, casi disculpándose. "Unos colonos israelíes lo forzaron a entrar en un coche. Eran dos hombres y un tercero que conducía. Otro vehículo los seguía. Todo quedó grabado en las cámaras de seguridad de la calle que ya entregamos a la policía", repite este padre de siete hijos que trabaja como electricista.

Desde que se confirmó la noticia de la muerte de Mohammed Abu Khudair, los enfrentamientos de Shuafat no cesaron. Decenas de jóvenes palestinos enmascarados y escondidos tras improvisadas barricadas tiran piedras y cócteles molotov de fabricación casera a una barrera de policías y soldados israelíes, que les responden con disparos de balas de goma y bombas de sonido.

"¡Alá es grande! Tirar piedras es lo único que nos queda por hacer. La muerte o la detención en una cárcel israelí no nos dan miedo porque vivimos ya llenos de miedo", dice un joven enmascarado llamado Yasser.

Más de 40 palestinos resultaron heridos en Shuafat, según fuentes médicas locales, algunos de ellos por balas reales. La estación del tranvía de Jerusalén que pasa a pocos metros fue totalmente destrozada por estos grupos de jóvenes palestinos. Las calles del barrio están desiertas y huelen a caucho quemado y munición.

Para los palestinos de Shuafat no hay duda de que el asesinato de Mohammed es la respuesta a la muerte de los tres jóvenes israelíes cerca de Hebrón, al sur de Cisjordania.

"El primer ministro Benjamin Netanyahu dio su visto bueno para que los colonos comenzaran a matarnos", afirma Hazem, de 19 años, apostado tras una barricada mientras señala el vecino asentamiento israelí de Ramat Shlomo, situado en la entrada de Shuafat.

La palabra "venganza" resuena también con especial fuerza en las calles de Shuafat, pero Hussein Abu Jdeir no quiere echar más leña al fuego y asegura, con una gran serenidad, que el "ojo por ojo" no le devolverá a su hijo.

"El padre de uno de los chicos israelíes asesinados en Hebrón nos envió un mensaje de solidaridad. Tiene razón, la sangre de su hijo y la del mío valen igual. Y Mohammed era un buen chico", afirma Hussein Abu Khudair, cuya familia es una de las más grandes y respetadas del vecindario.

La familia aguarda con impaciencia que Israel entregue el cuerpo de su hijo, que fue llevado a Tel Aviv para que se le realizara una autopsia. "No lo he visto. Algunos dicen que está quemado, que fue torturado", repite el padre sin poder retener las lágrimas.

"Vivimos rodeados. Nos han robado nuestra tierra, no sabemos si perderemos nuestros hogares un día, nos matan a los hijos a las puertas de casa. ¿Qué opciones tenemos? ¿La tercera intifada? Tal vez, pero ésa es una decisión muy difícil de tomar", lanza llorando de rabia Manal Abu Jdeir, prima del fallecido.

Hasta el salón familiar llegó también la firme condena del crimen por parte de Netanyahu y del presidente Mahmoud Abbas, pero los presentes aseguran que son sólo palabras y no esperan "gran cosa" de las autoridades.

"Cuando un chico palestino tira piedras a los soldados israelíes, saben perfectamente dónde vive, vienen a buscarlo y pasa mucho tiempo en la cárcel. Ahora, cuando el muerto es uno de los nuestros, esperamos que hagan lo mismo, que no encuentren excusas y detengan a los culpables, porque saben perfectamente quiénes son", reta Hussein.

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