En los países emergentes, el coronavirus también mata a los jóvenes

A medida que el coronavirus redobla su embate contra los países emergentes, el perfil de sus víctimas empieza a cambiar: aquí los jóvenes mueren de Covid-19 en proporciones inéditas
A medida que el coronavirus redobla su embate contra los países emergentes, el perfil de sus víctimas empieza a cambiar: aquí los jóvenes mueren de Covid-19 en proporciones inéditas Fuente: AFP
Terrence McCoy
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24 de mayo de 2020  • 17:42

RIO DE JANEIRO.- Cuando el coronavirus llegó a Brasil y se pidieron médicos voluntarios para trabajar en las salas de terapia intensiva, Isabella Rêllo sopesó los riesgos. Tenía 28 años, vivía sola y no tenía enfermedades previas. Así que cuando los médicos mayores tuvieron que retroceder de la primera línea de combate contra el Covid-19, la doctora Rêllo, pediatra, dio un paso al frente.

Al poco tiempo ya estaba atendiendo a decenas de pacientes con coronavirus. Pero no eran el tipo de paciente que ella esperaba: acá había uno de 30 años y allá uno de 32. Casi la mitad de la gente que veía eran jóvenes y muchos se morían. El relato que se había instalado en la conciencia global durante los primeros meses de la pandemia -que el virus perdonaba a los jóvenes y se ensañaba con los viejos- no era lo que estaba pasando en Brasil. Los jóvenes corrían riesgo. Ella corría riesgo.

"Uno de los pacientes era un joven de aparente buena salud, pero estaba tan grave, con tantas complicaciones, que pensé que podía ser yo o uno de mis amigos", cuenta Rêllo. "La velocidad con que esta enfermedad mata a la gente, incluidos los jóvenes, fue un shock terrible".

A medida que el coronavirus redobla su embate contra los países emergentes, el perfil de sus víctimas empieza a cambiar: aquí los jóvenes mueren de Covid-19 en proporciones inéditas para el mundo desarrollado, una evolución de los acontecimientos que reconfirma la naturaleza impredecible de la enfermedad mientras perfora nuevos paisajes culturales y geográficos.

En Brasil, el 15% de los muertos tenía menos de 50 años, diez veces más que en Italia o España. La tendencia en México es todavía peor: casi un 25% de los fallecidos tenía entre 25 y 49 años. En la India, las autoridades informaron que este mes casi la mitad de los muertos tenía menos de 60 años. Y en el estado de Río de Janeiro, casi el 70% de las hospitalizaciones fueron de menores de 49 años.

"Es territorio inexplorado en comparación a lo ocurrido en otros países", dice Daniel Soranz, exministro de salud de la ciudad de Río de Janeiro. "Hay que prestar atención a lo que pase en Brasil".

Para los analistas, esos datos sugieren que muchos de los problemas de arrastre del mundo emergente -pobreza estructural, extrema desigualdad, sistemas de salud precarios- aumentan la vulnerabilidad al virus. George Gray Molina, economista en jefe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, indica que la pobreza es el disparador de los "efectos acumulativos". Como en gran parte del mundo emergente la densidad poblacional es mucho más alta y una porción mayor debe seguir trabajando para sobrevivir, también es más grande la proporción de la población que termina expuesta al virus.

El virus, por lo tanto, contagia a una población menos resiliente. La población del mundo emergente no solo sufre las enfermedades típicamente asociadas con la pobreza -malaria, dengue, tuberculosis, sida-, sino que también sufre con creciente intensidad las enfermedades asociadas con los países ricos. Los índices de diabetes, obesidad e hipertensión crecen aceleradamente en los países en vías de desarrollo, pero los recursos para tratar esas enfermedades escasean.

Cuando un paciente con enfermedades prexistentes se contagia el coronavirus, termina en hospitales sobrecargados y sin equipamiento para atender la avalancha de enfermos. "Todo apunta al estatus socioeconómico y la pobreza", expone Molina Gray. O sea que las potenciales ventajas asociadas a los países emergentes, como por ejemplo tener poblaciones más jóvenes, "desaparecen". "A medida que esto avance, veremos que la balanza se equilibra", dice.

Cuando el coronavirus llegó a Brasil, era la enfermedad de los ricos. Traída por quienes regresaban de Estados Unidos y Europa, la enfermedad circulaba principalmente entre los ricos y sus contactos. El presidente del Senado brasileño lo contrajo, al igual que el secretario de prensa de Bolsonaro. El Rio de Janeiro Country Club, uno de los clubes más exclusivos de Brasil, situado sobre la playa de Ipanema, sufrió un brote arrasador.

Domingos Alves, científico de datos de la Universidad de San Pablo, viene haciendo un rastreo del virus desde esas primeras semanas. Al principio, el patrón que seguía la enfermedad en Brasil era un espejo de lo ocurrido en el mundo desarrollado: morían casi exclusivamente adultos mayores. Los hospitales privados se llenaban de pacientes con Covid-19 y todo aquel que necesitaba ser internado conseguía cama.

Pero a principios de abril, cuando el virus empezó a trepar a las favelas y las villas de San Pablo y Río de Janeiro, y los hospitales públicos empezaron a llenarse, Alves advirtió una brusca alteración de los datos. Cada vez eran más los jóvenes internados y morían personas de menos de 49 años. La enfermedad se iba filtrando hacia la base de la pirámide demográfica; el perfil de sus víctimas estaba cambiando. "Nuestro país está hecho de varios países más chicos", reflexiona Alves. "Cuando uno camina por Río de Janeiro, uno ve zonas que parecen Suiza y otras que parecen el Congo, y todo en la misma ciudad", completa.

Cátia Simone de Lima Passos ha vivido sus 48 años en esa zona de la ciudad que nadie confundiría con Suiza. Todos los días, ella y su hija de 25 años se trepaban al atestado transporte público para atravesar el norte de Río hasta la clínica médica donde ambas trabajaban, en la favela de Maré. Lima dice que hizo hasta lo imposible por no contagiarse: usaba máscara, se ponía sanitizante en las manos. Como su hija es asmática, pidió licencia y no salió de la casa durante semanas.

Pero ambas contrajeron coronavirus y fueron hospitalizadas. Tras 10 días internada, Lima sobrevivió. No así su hija. Ahora Lima pasa los días aislada y sola en su casa, sin poder hacer el duelo con los suyos, tratando de entender por qué una enfermedad que según todos solamente mataba a los mayores se había cobrado la vida de su hija y no la suya. Cuenta que esa crueldad inesperada es más de lo que puede soportar. "Se siente el vacío en la casa", dice Lima. "Éramos compañeras de vida".

The Washington Post

Traducción de Jaime Arrambide

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