En Saint-Denis, la marginación y la violencia son protagonistas
Los habitantes del departamento parisiense con mayoría magrebí buscan retomar la normalidad tras el operativo contra los jihadistas que planearon los atentados
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SAINT-DENIS.- Lo que sigue no es una publicidad para la Secretaría de Turismo del departmento de Seine-Saint-Denis. Es un reportaje en el sitio mismo donde las fuerzas de seguridad abatieron el miércoles pasado al cerebro de los feroces atentados que ensangrentaron París. Un suburbio donde la mayoría de los parisinos no pone jamás los pies y los periodistas sin experiencia llegan como si fueran al frente de guerra. Una zona de violencia, droga y marginación, que el ex presidente Nicolas Sarkozy quiso "limpiar con una hidrolavadora".
Sin embargo, Saint-Denis es también el sitio donde viven miles de personas con sueños y ambiciones, que cada día se despiertan, llevan a sus hijos a la escuela y parten a trabajar dispuestas a darle toda su energía al país que escogieron para lograr un destino mejor.
Después de las escenas de guerra que vivieron la noche del miércoles, los habitantes de Saint-Denis empezaron a salir ayer de sus casas, desafiando la lluvia y tratando de ponerle buena cara a un triste cielo otoñal.
"Hay que hacer el esfuerzo de retomar una vida normal", dice Marie-Catherine mientras intenta controlar su irritación.
Solicitada por decenas de periodistas, esa profesora del Instituto Universitario Tecnológico de Saint-Denis (IUT) se interroga mientras toma un café en el Bar Royal, cerca del Stade de France, allí mismo donde uno de los kamikazes se hizo estallar el viernes 13 de noviembre. "¿Por qué esa obsesión por el 93 [número que identifica administrativamente el departamento de Seine-Sant-Denis]? Ninguno de los terroristas nació o vivió aquí. Ninguno. E islamistas hay en toda Francia. El olor que emana de esa actitud no es para nada agradable", se lamenta.
Largo tiempo considerada pobre, contaminada y sucia, Saint-Denis cambió de cara a partir de 2004, cuando ganó la Medalla al Desarrollo Sostenible. También tiene una fabulosa basílica gótica donde están enterrados muchos reyes de Francia. Históricamente comunista, tiene además el gran mérito de ser una de las escasas comunas de Francia donde la extrema derecha del Frente Nacional no puede poner un pie.
Pero esas virtudes no consuelan a sus habitantes. Porque esa urbe superpoblada de 106.000 almas, situada en el norte, a las puertas de París, tiene otros récords mucho más tristes. Entre ellos, una de las tasas de criminalidad y de violencia más altas de Francia y uno de los mayores índices de desempleo del país: 18,2% en 2012 (últimas cifras disponibles), contra 10% por el resto de Francia.
Hoy, con 123 nacionalidades diferentes (36,5% de su población), la ciudad es una de las más cosmopolitas del país. Su población es mayoritariamente árabe magrebí (14,4%) y africana (10,4%), mientras que más del 70% de los jóvenes de menos de 18 años tiene orígenes extranjeros.
Como hace tres días, la ciudad parece sumergida en otra dimensión, a mil leguas del resto del país. La Rue Corbillon, donde se produjo el asalto contra los terroristas, es una pequeña arteria que termina en el amplio Boulevard Carnot. En el otro extremo, la calle desemboca en la Rue de la République, vía peatonal que corre entre la célebre basílica y la iglesia Saint-Denys de L'Estrée.
Centro neurálgico de la ciudad, la "Rue de la Rep", como la llaman los dyonisiens -gentilicio de Saint-Denis- está siempre concurrida. Salvo este viernes de lluvia. Y el 18 de noviembre, cuando todo el barrio fue evacuado por las fuerzas del orden entre las 4 y las 13.
"Es como si hubiéramos perdido las ganas de salir", confiesa Hasma, cajera en el supermercado Franprix, que da sobre la peatonal.
El brutal ingreso del universo terrorista en la ciudad aumentó la permanente sensación de inseguridad de sus habitantes. Es verdad, Saint-Denis no descubrió el bramido de las armas ni la explosión de las granadas el 18 de noviembre. La Rue Corbillon ya conoció un épico tiroteo entre traficantes en 2013 frente a una de las dos escuelas del barrio, a pocos metros de la estación.
"Saint-Denis está gangrenada por el tráfico, las agresiones, los robos que cometen los crackers [consumidores de crack]", confirma Mariam, una bella musulmana de 26 años que tiene ojos color carbón y la cabeza cubierta con un discreto velo islámico.
La palabra "islam" se infiltra en todas las conversaciones. Los clientes de un bar en la Rue de la Boulangerie temen que "esto recaiga sobre todos los musulmanes de Francia".
"Esto no tiene nada que ver con el islam", insiste Kamir, un argelino de 45 años, dueño de una zapatería. "Yo conozco a esos barbudos. Tienen la cabeza vacía. Usan el kamis [la túnica de los rigoristas], pero nunca leyeron el Corán", se indigna.
Esos "barbudos" son los salafistas que hace unos años invadieron Saint-Denis. Reconocibles a simple vista, llevan el pantalón arremangado por encima de los tobillos, túnicas abotonadas hasta el cuello, larga barba espesa y -los más asiduos a la plegaria- una suerte de callosidad en la frente. Como de costumbre, ayer se mantuvieron aparte después de la plegaria en la mezquita de Bilal, una de las tres de Saint-Denis, situada no lejos de la basílica.
"Son discretos. Nunca se mezclan con los otros fieles, hablan mucho entre ellos en voz baja y sus miradas indican una extrema desconfianza", relata Samir, un joven guía turístico francés y musulmán de 23 años.
A pesar de todo, en el Bar Royal Marie-Catherine aún trata de explicarse el interés "mórbido" de la prensa por su ciudad.
"En la imaginación de algunos periodistas, Saint-Denis ni siquiera es Francia. Para muchos, el Periférico [bulevar que separa los suburbios de la capital] es como el Muro de Berlín. Cuando lo cruzan, tienen la impresión de entrar en el tercer mundo... a escasos pasos de París".
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