
En su pueblo natal, un boom comercial
La afluencia turística ayudó a revivir la casi moribunda economía de Marktl
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MARKTL AM INN, Alemania.- Hace 366 días era demasiado tranquila la vida en este pueblo medieval del estado de Baviera, de casas blancas con techos marrones, ubicado entre verdes colinas, a tres estaciones de tren de Austria.
Pero desde el 19 de abril del año pasado los 2700 habitantes de Marktl pasaron de recibir apenas 2000 turistas por año a 120.000.
Ese día fue elegido el papa Benedicto XVI, que aquí nació un 16 de abril de 1927 y vivió sólo sus primeros dos años. En menos de una semana, Marktl se vio invadida por periodistas y curiosos, y los comerciantes del centro del pueblo reaccionaron con celeridad, ofreciendo desde la Papst-Bier (cerveza), la jarra de cerveza con su imagen, el Benedikt XVI-Tee (té), la Benedikt-Torte (torta), el Vatikan-Brot (pan del Vaticano) y la Ratzinger-Wurst (salchicha).
Lo que parecía un fenómeno pasajero ya dura un año y, por eso, los comerciantes lugareños ampliaron su oferta a la réplica en miniatura de la casona de estilo bávaro barroco donde nació Joseph Ratzinger; los vagones de juguete que transportan la Papst-Bier; la pizza papa Benedetto XVI -antes se llamaba Diaboli porque es picante, pero adaptaron su nombre a los nuevos tiempos-; la Papst-Hönig (miel); el Papst-Wein (el vino, que en su etiqueta lleva la primera declaración del pontífice: "Soy un trabajador de la viña del Señor"), y el Papst-Mütze (el "gorro del Papa", una factura que ya fue patentada por la panadería W. Leukert).
Marktl ha organizado su Semana de Fiesta por el primer año del papado de Benedicto XVI, que se cumple hoy. La celebración comenzó el domingo de Pascua, cuando Ratzinger cumplió 79 años, con una misa.
Contra los excesos
Ayer se proyectaron diapositivas sobre cómo cambió Marktl, a modo de bienvenida al alcalde, el párroco y otros seis delegados del pueblo polaco donde nació Juan Pablo II, Wadowice. Ambas localidades firmarán hoy un tratado de hermandad y lo celebrarán con una misa y una fiesta que comenzará a las 20, un horario en que normalmente los turistas ya se han ido y no se ve a nadie por las calles de Marktl.
Pero más allá de lo espiritual, los productos del Papa despertaron la crítica de obispos. El de Munich (capital de Baviera), Friedrich Wetter, opinó que "lo que pasa en Marktl no se corresponde a la dignidad y la función del Papa".
Otra visión tienen en Marktl, un pueblo considerado "pobre" por sus habitantes, que trabajan en las fábricas químicas de una localidad cercana, en la agricultura y ahora en el turismo.
El intendente de Marktl, el socialdemócrata Hubert Gschwendtner, también criticó el exceso de comercialización, pero destacó que ya no se vende más la salchicha papal.
"No me sentí bien con las críticas, pero en Roma se venden muchos más productos", destaca Ralf Winzenherrlein, de 39 años, dueño de una panadería céntrica, lindera con una de las varias casas abandonadas de Marktl. Otto Brandstetter, de 48 años, ofrece souvenirs y alega que "algo hay que darle al turista para que se sienta como en casa".
Por su parte, los Engel, un matrimonio de jubilados católicos de Renania del Norte-Westfalia, pasó ayer por la iglesia San Osvaldo, donde fue bautizado Ratzinger, y después compró el Vatikan-Brot, a 1,50 euros el medio kilo. "Nuestra visita es turística", dijo Erhard Engel, y su mujer, Mechthield, lo corrigió: "Y también espiritual".
El párroco de Marktl, Josef Kaiser, no está de acuerdo con la mercantilización, pero opina que "no se puede prohibir todo". Este cura de camisa, jeans y sandalias considera "muy positivo" la mejoría económica del último año y asegura que Marktl puede acercar a muchos a la fe.
Los paseantes recorren las dos cuadras céntricas en las que pueden visitar la iglesia San Osvaldo, el Museo Municipal y el nuevo Centro de Información, y donde pueden fotografiar desde fuera la ex vivienda de Ratzinger, cuyo padre era gendarme y por eso solía mudarse permanentemente de pueblo.
Hasta el miércoles pasado vivía allí una vecina, Claudia Randl, con sus dos hijos, pero harta de tantos curiosos y atraída por una buena oferta -que se mantuvo en secreto- vendió la casa a una fundación llamada Casa Natal de Benedicto XVI, integrada por donantes privados, la Iglesia y el estado de Baviera.
En la vivienda se instalará un museo sobre los sacramentos y no uno sobre el Papa, "a quien no le interesa un culto personal", explica Kaiser. El gobierno de Baviera, democristiano, aportará un millón de euros al proyecto, decisión que motivó críticas dentro del partido y en la oposición socialdemócrata y verde.




