Expertos coinciden sobre los riesgos sísmicos en el Caribe: las ciudades requieren estudios detallados de suelos y edificaciones
Luego del terremoto que afectó a Colombia y dejó más de 200 muertos, geólogos e ingenieros pusieron el ojo en los cimentos de otras edificaciones alejadas del lugar de la tragedia
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El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió a Colombia el pasado lunes 10 de agosto tuvo su epicentro lejos de la región Caribe, pero dejó una advertencia mucho más cercana: ninguna ciudad de la Costa cuenta actualmente con un estudio de microzonificación sísmica, una herramienta que permite establecer cómo responderían los diferentes tipos de suelo ante un terremoto y cómo podrían amplificar sus ondas.
La alerta cobra especial importancia en ciudades como Barranquilla, Santa Marta, Cartagena, Riohacha y Valledupar, donde conviven edificaciones construidas bajo distintas normas, mientras la región está influenciada por sistemas de fallas geológicas asociados al movimiento entre las placas Caribe y Suramericana.
Así lo explica Carlos Arteta, profesor del Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental de la Universidad del Norte y doctor en Ingeniería Sísmica, quien considera que llegó el momento de estudiar la amenaza del Caribe con mayor detalle y dejar de depender únicamente de una caracterización diseñada a escala nacional.

Según los expertos de la Uninorte, Colombia dispone de un Modelo Nacional de Amenaza Sísmica desarrollado por el Servicio Geológico Colombiano. Su alcance cubre todo el territorio, pero no está diseñado para determinar qué podría ocurrir en sectores específicos de cada ciudad.
El suelo puede multiplicar el movimiento
Según el informe presentado por la Uninorte este miércoles, un terremoto de gran magnitud no necesariamente produce los mismos efectos en todos los lugares donde se siente. La distancia al epicentro importa, pero debajo de cada ciudad existe otra variable capaz de modificar considerablemente el impacto: el suelo.
“Entre más grande sea la magnitud, mayores serán los daños. Entre más corta sea la distancia, mayores serán los daños. Y mientras el suelo, en general, sea más blando, mayores serán los daños”, explicó Arteta.

Según el investigador, un depósito de suelo blando puede amplificar entre dos y cinco veces el movimiento del terreno respecto de lo que ocurriría sobre roca, dependiendo del periodo de vibración y las características del depósito.
El fenómeno quedó nuevamente bajo análisis después del sismo del 10 de agosto. Un reporte preliminar de la Red Colombiana de Investigación en Ingeniería Sísmica (CEER), integrada por varias universidades del país, entre ellas Uninorte, encontró que en Manizales y Cali las sacudidas registradas superaron las estimaciones de los modelos de atenuación utilizados para prever cómo disminuye el movimiento sísmico con la distancia. Dos estaciones presentaron valores particularmente alejados de lo esperado.
“La explicación más probable está debajo de las ciudades. El mismo evento, filtrado por suelos distintos, produce movimientos distintos”, señaló Arteta.
Precisamente, conocer esas diferencias dentro de una misma ciudad es el objetivo de la microzonificación sísmica.
Bogotá, Medellín y el Valle de Aburrá, Cali, Manizales, Bucaramanga, Barrancabermeja y municipios del Valle del Cauca ya han desarrollado este tipo de estudios. El Caribe colombiano todavía no cuenta con ninguno, de acuerdo con el investigador.
Dos sistemas de fallas rodean la Sierra Nevada
La ausencia de estos estudios contrasta con la configuración geológica de la región.
La Costa Caribe está enmarcada por dos sistemas de fallas que bordean la Sierra Nevada de Santa Marta: Oca–Ancón, hacia el norte, y Santa Marta–Bucaramanga, por el occidente.
Ambos están relacionados con el movimiento entre la placa Caribe y la placa Suramericana.
Ese contexto geológico, explican los investigadores, obliga a evitar una interpretación equivocada: que en la Costa ocurran menos terremotos destructivos en la memoria reciente no significa que la amenaza haya desaparecido.
Arteta señala incluso una conexión geológica con los sistemas de fallas del norte de Venezuela, donde recientemente se produjo una secuencia sísmica de gran magnitud.
Camilo Montes, docente investigador del programa de Geología de Uninorte, también ha estudiado cómo se distribuye el movimiento de la placa Caribe. Los terremotos no pueden predecirse en fecha, hora y magnitud, pero el estudio geológico y el registro histórico permiten identificar fuentes de amenaza y escenarios de riesgo.
Santa Marta ya vivió un terremoto destructivo
El antecedente histórico más contundente está en Santa Marta.
El 22 de mayo de 1834, la ciudad sufrió un terremoto cuya magnitud ha sido estimada en 6,4.
Los registros históricos describen más de cien viviendas destruidas o inhabitables, daños en la Catedral y otras iglesias, licuación del terreno, deslizamientos en la Sierra Nevada y más de 50 réplicas.
Los datos son aproximados porque no existían instrumentos modernos de medición. Ese antecedente contribuye, sin embargo, a que Santa Marta y Riohacha estén clasificadas dentro de una zona de amenaza sísmica intermedia.
Han transcurrido cerca de 192 años desde aquel terremoto. Para la escala humana es casi dos siglos; para una falla geológica, advierten los especialistas, el periodo es mucho menos representativo.
“Hay que tener claro que el silencio del registro no significa ausencia de amenaza, sino ausencia de observación”, señaló Arteta.
La red sismológica comenzó a densificarse en esta zona del país apenas a partir de 2008 y, según el académico, todavía existen limitaciones para detectar de manera confiable pequeños sismos que ayudarían a comprender mejor el comportamiento de las fallas regionales.
Las construcciones antiguas, otro punto de atención
La segunda mirada debe ponerse sobre las edificaciones.
Las ciudades del Caribe crecieron durante décadas y buena parte de su infraestructura antecede a las normas modernas de construcción sismorresistente.
De acuerdo con Arteta, las estructuras diseñadas bajo las disposiciones adoptadas en Colombia desde mediados de los años ochenta deberían tener un comportamiento sismorresistente acorde con los parámetros exigidos en el momento de su construcción.

La incertidumbre es mayor con inmuebles levantados antes de esas regulaciones, pues no necesariamente incorporaron especificaciones o detalles de diseño concebidos para responder a movimientos fuertes.
Esto adquiere particular relevancia en los centros históricos y sectores tradicionales de ciudades como Santa Marta, Barranquilla, Cartagena y Riohacha, donde permanecen construcciones de diferentes épocas y sistemas estructurales.
El Caribe comienza a estudiar su propia amenaza
Durante años, buena parte de la investigación geológica y sísmica colombiana estuvo concentrada en la región Andina. La Costa tenía menor instrumentación y capacidad académica para estudiar directamente sus condiciones.
Ese panorama comenzó a cambiar.
En 2015, la Universidad del Norte obtuvo el registro calificado para abrir el primer programa de Geología de la región Caribe. Los primeros estudiantes ingresaron en enero de 2016 y actualmente el programa suma cerca de 180 egresados.
Investigadores de la región han participado desde entonces en misiones posteriores a terremotos como los de Muisne, Ecuador, en 2016, y Puebla, México, en 2017. En 2021 se publicaron modelos de atenuación calibrados para el norte de Suramérica y entre 2021 y 2024 se coordinó académicamente el Modelo Nacional de Riesgo Sísmico, con aplicaciones para ciudades como Barranquilla, Santa Marta y Valledupar.
También se realizó este año una misión técnica después de la reciente secuencia sísmica registrada en el norte de Venezuela.
Para Arteta, esa capacidad científica abre ahora una posibilidad que durante décadas estuvo limitada: estudiar el Caribe desde el Caribe.
*Por Leonardo Herrera Delgans
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