Hay que terminar esta locura desde adentro y con sentido común

Thomas Friedman
Thomas Friedman MEDIO: The New York Times
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16 de junio de 2016  

WASHINGTON.- Hoy quiero hablar de la horrenda tragedia humana de Orlando. Pero primero voy a hablar de Hiroshima o, más precisamente, del profundo discurso que dio el presidente Obama en esa ciudad el 27 de mayo y que se perdió en el barullo de la campaña electoral.

Obama indicó que Hiroshima simboliza un mundo en el que por primera vez un solo país tenía el poder de destruirnos a todos (y si algún país debía ser, me alegra que haya sido Estados Unidos). Pero hoy en día, dijo Obama, estamos entrando en un mundo en el que grupos pequeños -tal vez incluso dentro de poco una única persona superempoderada- podrán terminar con todos nosotros, así que sería mejor empezar a pensar en las implicancias morales del lugar al que nos ha llevado la tecnología.

"La ciencia nos permite comunicarnos a través de los mares y volar sobre las nubes, curar enfermedades y entender el cosmos, pero esos mismos descubrimientos pueden ser transformados en máquinas de matar cada vez más eficaces -señaló Obama-. Las guerras de la era moderna nos enseñan esa verdad. Hiroshima nos enseña esa verdad. El progreso tecnológico sin un progreso equivalente de las instituciones humanas puede ser nuestra perdición. La revolución científica que condujo a la división del átomo también exige una revolución moral."

Obama describía el problema estratégico central de nuestros tiempos: el creciente desfase entre esa combinación de vertiginoso avance tecnológico y el poder que eso le da a un solo individuo o grupo para destruir a gran escala, y por otra parte, el ritmo de nuestra evolución moral y social para gobernarnos y hacer un uso responsable de ese nuevo poderío.

Eso nos lleva a la masacre de Orlando, a lo que ocurre a escala más chica cuando nos negamos a reimaginar los cambios sociales y legales necesarios para manejar un mundo donde un solo infeliz puede matar a tantos inocentes. La idea de que esa persona o cualquier persona tenga permitido comprar rifles de asalto tipo militar es demencial. Mientras el Partido Republicano no entienda que hasta por sentido común hacen falta otras leyes que regulen las armas, Estados Unidos seguirá siendo una invitación para tragedias aún mayores.

Al mismo tiempo, vemos que año tras año cada vez son más los jóvenes musulmanes que se inspiran y justifican en el islam para matar a civiles en Occidente y para matar a otros musulmanes en tierras musulmanas.

Experimenté muy en carne propia la decencia de las comunidades musulmanas como para creer que ésa sea la esencia del islam. Pero también he visto esta violencia suicida durante demasiado tiempo como para creer que no está relacionada con esas versiones del islam puritanas, misóginas, homofóbicas y contrarias al pluralismo religioso, que suelen difundirse desde algunos focos del mundo árabe, Paquistán y Afganistán.

Los sitios web, redes sociales y mezquitas que promueven esa intolerancia pueden "iluminar" a las almas perdidas. Mientras eso no pare, no habrá que esperar mucho hasta el próximo París, Bruselas u Orlando.

Y la única manera de pararlos es desde adentro: un movimiento masivo y contundente de gobiernos, clérigos y ciudadanos musulmanes que deslegitimen esos comportamientos. Alcanza con una aldea y que el clérigo local diga "¡basta!".

Finalmente, en una era donde los individuos pueden terminar siendo superpoderosos, tenemos que asegurarnos de que nuestro gobierno tenga todo el poder de vigilancia que necesita -bajo la apropiada supervisión judicial- para monitorear y arrestar a los extremistas violentos. Los malos hoy tienen demasiadas herramientas para pasar inadvertidos.

Obama cerró su discurso en Hiroshima con palabras que bien podría haber dicho sobre Orlando: "Los que murieron son como nosotros... No quieren más guerras. Ellos preferirían que las maravillas de la ciencia se aplicaran a mejorar la vida, y no a eliminarla. Cuando las decisiones de los países, de los líderes, sean reflejo de esa sencilla sabiduría, habremos aprendido la lección de Hiroshima".

Hoy nuestras decisiones tienen que ser las adecuadas para una época en la que la tecnología puede amplificar al máximo el poder de un solo individuo. Necesitamos leyes de sentido común para las armas, leyes de sentido común para el pluralismo religioso y leyes de sentido común que protejan la privacidad.

Pero para eso hacen falta líderes con sentido común y no líderes que crean que es posible hacer desaparecer las complejidades del mundo actual tirando bombas, levantando muros, cruzando los dedos o insultando a todos. Imagínense lo que habría sido esta semana si Donald Trump fuese presidente, el bombardeo en alfombra que habría ordenado sobre Medio Oriente, el miedo y el aislamiento que su prohibición de ingreso a los musulmanes engendraría en cada estadounidense musulmán, el regocijo de Estado Islámico por estar en guerra con todo Estados Unidos y el permiso que sentirían tener los loquitos de nuestra sociedad para dinamitar una mezquita. Y el efecto rebote que engendraría en los países musulmanes. Cuando Estados Unidos enloquece, el mundo enloquece.

No concuerdo con Obama en todos los aspectos de este tema, pero es un tipo que piensa con profundidad y actúa con responsabilidad. Trump tiene incontinencia verbal, desparrama insultos, miente, mete miedo y amenaza con cosas que ni los militares ni el FBI permitirían implementar. Si los legisladores republicanos apoyan a Trump para la presidencia, él será nuestro dueño y nosotros seremos dueños de todo lo que él haga.

Un pastor latino celebró la matanza

  • El pastor de origen latino de una iglesia de Sacramento (California) desató una fuerte polémica por un sermón en el que celebró la masacre en una disco gay de Orlando, al tiempo que definió a los homosexuales como "pervertidos" y "pedófilos".
  • "¿Estás triste de que 50 pedófilos fueran asesinados?", se preguntó retóricamente Roger Jiménez, nacido en Venezuela y líder de la Iglesia Bautista de la Verdad, en un sermón que pronunció el domingo pasado, cuando ocurrió la matanza. "No. Creo que es genial. Creo que ayuda a la sociedad y que Orlando es un poco más seguro esta noche. La tragedia es que no murieran más de ellos. La tragedia es que [el asesino] no terminara con su tarea, porque [los gays] son depredadores, abusadores", dijo.

Traducción de Jaime Arrambide

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