
Hillary: Paula Jones es parte de una maniobra
Contragolpe: la primera dama norteamericana dijo que detrás de la acusación de acoso sexual hay una campaña opositora para desprestigiar a su marido.
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WASHINGTON (De nuestro corresponsal).- Son la pareja perfecta, pura sonrisa, de la mano, ya sea en la explanada del templo metodista donde concurren al servicio religioso, en el bosque de Arrayanes o, de vacaciones, en las playas de Saint Thomas.
Es la actitud frecuente de Bill y Hillary Clinton, espontánea o deliberada, de modo de aventar los rumores que hablan sin pudor de los presuntos deslices extramatrimoniales de él.
Los mimos en público se multiplicaron desde hace cuatro años. En 1994, casualmente, Paula Jones, entabló la demanda por acoso sexual contra Clinton por los favores sexuales que, según dice, se negó a concederle mientras ella era empleada estatal de Arkansas y él era el gobernador.
En el medio está Hillary, feminista confesa, carácter fuerte. Tan fuerte que, después de que su marido se convirtió en el primer presidente en ejercicio que declara como imputado y bajo juramento en un juicio civil, no se mostró a la defensiva, sino a la ofensiva.
"No puedes dejar que cierta gente con propósitos determinados, cualesquiera que sean, interfiera en tu vida privada o en tus funciones públicas", respondió con firmeza a NBC.
Hillary no habló en particular de un presunto complot contra su marido ("se traman planes", insinuó), pero dejó entrever que existen maniobras cuyo fin sería desprestigiarlo.
Con idéntico tono se pronunció por CNN el vicepresidente Al Gore, virtual delfín de Clinton en el 2000: "Los enemigos políticos están detrás de muchas de las controversias que han surgido durante su presidencia", señaló, sin mencionarlos, a los republicanos.
La oposición conservadora, mayoría en el Congreso, abriga en su seno a los grupos más inflexibles, como la Coalición Cristiana. Son católicos, en este universo protestante, que, como tales, no le perdonan a Clinton su aval al aborto. En el caso Jones hallaron fundamentos para tildarlo de pésimo ejemplo ante la sociedad.
La gente, sin embargo, no parece aferrarse a ese libreto: la mitad cree en Clinton o poco le importa su supuesto affaire, y la otra mitad cree en Jones, según las últimas encuestas. Comparten el acoso, en definitiva.
Si todo se arreglara con plata, Clinton podría deshacerse del asunto con dos millones de dólares. Pero Jones quiere algo más: una disculpa pública. Ello, o el pago por sí mismo, significaría la admisión de los hechos. Hechos que él siempre negó.
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