Karl Rove y la cultura de la mentira
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MIAMI.- Boake Carter, un periodista británico de los comienzos de la radiofonía, no se hubiera hecho un modesto lugar en el panteón de la memoria popular de no haber sido por una extraordinaria reflexión formulada durante la Primera Guerra Mundial. "En la guerra -sentenció- la primera víctima es la verdad."
Carter bien podría haber estado hablando de lo que sucede en estos días en Washington, donde la Casa Blanca y el Partido Republicano han montado una gigantesca operación de rescate de Karl Rove, el poderoso asesor político de George W. Bush.
Rove ha sido identificado como una de las fuentes que filtraron el hecho de que Valerie Plame, esposa del ex embajador Joseph Wilson, trabajaba para la CIA. Wilson se había ganado la enemistad de la Casa Blanca al acusar a la administración de Bush de utilizar documentación falsa relativa a un supuesto intento de Saddam Hussein de comprar uranio enriquecido de Níger, para justificar la invasión a Irak, y la sospecha es que exponer la actividad de su esposa fue un acto de represalia.
Revelar el nombre de un agente encubierto constituye un delito grave según el Acta de Protección de Identidad de Agentes de Inteligencia (Intelligence Identities Protection Act) de 1982, y desde hace dos años el fiscal Patrick Fitzgerald encabeza una investigación especial para establecer el origen de esa filtración.
El caso es extremadamente complicado, porque tanto el gobierno como sus detractores han estado tratando de acomodar la verdad a sus intereses. Pero observar la manera como los operadores republicanos están manejando la crisis resulta una impagable lección de manipulación política que hubiera complacido hasta al propio Maquiavelo.
La misión
Nadie sabe más que Karl Rove de todo esto. Con su figura regordeta y su expresión infantil podría pasar fácilmente por un candoroso vendedor de biblias. Pero nadie se equivoca con él en Washington: hasta sus más ardientes defensores admiten que Bush es Bush gracias a Karl Rove.
Rove ha demostrado que en política no existe otra verdad que aquella en la que la gente cree y su misión es hacérsela creer. Ante cualquier afirmación o testimonio que no convenga a sus propósitos, su respuesta consiste en soslayar la evidencia y cuestionar, en cambio, la credibilidad de las fuentes. Si Rove, por ejemplo, hubiera trabajado para la Inquisición durante el juicio a Galileo, seguramente hubiera ignorado la cuestión de si es cierto que la Tierra gira alrededor del Sol y se hubiera ocupado, en cambio, de destruir la reputación de Galileo.
Lo fascinante de la presente situación es que esta vez la técnica está siendo aplicada a salvar su propio pellejo. Cuando la filtración se convirtió en escándalo, Bush prometió castigar al responsable sin imaginarse que, eventualmente, las pistas conducirían al despacho de Karl Rove.
Lo que siguió fue una operación de pizarrón de cómo deconstruir la realidad. Poco importa que los argumentos que utilizó el gobierno de Bush para justificar su aventura en Irak fueran falsos. La estrategia de Rove consistió en cuestionar la credibilidad y los motivos de los acusadores, en lugar de ocuparse de rebatir las acusaciones.
Ahora está sucediendo lo mismo con el caso de Valerie Plame. Una vez que quedó establecido que Rove fue una de las fuentes de la filtración, la estrategia desplegada consiste en generar suficiente confusión en torno de todo el episodio, de modo que resulte imposible distinguir entre las víctimas y los victimarios.
Es prematuro especular acerca de la dirección que tomará todo este escándalo. Por lo pronto, Bush no entregará fácilmente a una de las piezas fundamentales de su estructura política. Pero también es cierto que la prensa se está lamiendo sus heridas por un episodio que le ha costado a la periodista de The New York Times, Judith Miller, la cárcel; a la empresa Time, que se avino a colaborar con la Justicia, una porción de su reputación, y al periodismo en general, un principio tan esencial como la confidencialidad de las fuentes.
La cultura de la mentira puede estar floreciendo en Washington, pero no alcanza a opacar el hecho de que hasta las más sagaces eminencias pisan un buen día el palito, y la misma máquina que armaron para protegerse es la que termina comiéndoselos.

