Keiko Fujimori vuelve a abrazar el legado de su padre y desafía un viejo tabú peruano
En un país golpeado por la inseguridad y la crisis política, la candidata de Fuerza Popular intenta transformar la herencia más polémica de Perú en una promesa de orden, estabilidad y eficacia
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LIMA.– “Aquí viene la china, aquí viene con fuerza. Aquí viene Keiko a poner orden, aquí viene nuestra nueva presidenta”. Las estrofas del jingle de campaña retumban en los parlantes del acto de cierre de Keiko Fujimori, la candidata del partido de derecha Fuerza Popular.
Las inmediaciones del Estadio Monumental de Lima rugen teñidos de naranja. En uno de los accesos principales, una estructura simula un colectivo donde un grupo de activistas mujeres vitorea al compás de la música proselitista. Al frente, un hombre con una máscara gigante de Alberto Fujimori baila junto a una caricatura de su hija con la leyenda “con los pantalones bien puestos”.

El cierre de campaña
“Las mujeres son las guerreras de este país”, comenta Luis, un activista de “Los naranjas” de Huancayo, una ciudad del centro de Perú, ubicada a unos 300 kilómetros al este de Lima.
Por la avenida Javier Prado, parcialmente interrumpida por agentes de la Policía Nacional del Perú, una murga de cinco músicos vestidos con overoles naranjas, galeras blancas y gafas de cotillón marca el ritmo. Una mujer los lidera al grito de: “Vamos por la libertad, por la democracia y por la paz peruana… ¡Vamos, carajo!”.

Entre las vallas de ingreso, miles de banderas peruanas, gorras naranjas, bandanas y camisetas de la selección nacional desbordan hacia el interior del predio, colmado por un abanico generacional completo.
Allí, el clima festivo convive con relatos atravesados por la memoria y el miedo. “No queremos revivir lo que pasó en los años 80 en cuanto al terrorismo… para nuestros hijos”, advierte a LA NACION Jorge González, exmiembro de las Fuerzas Armadas. Dice que ve en la región ejemplos que Perú debería evitar. “Ya vemos cómo les ha ido a países que optaron por la izquierda”, afirma, y reivindica sin matices el legado fujimorista: “Fue el mejor presidente de la historia republicana del Perú”.
Algunas remeras dicen “La fuerza del orden”, otras “Defensor del Perú” o “Para dar fin al terrorismo urbano, yo voto a Keiko”. A los costados, incluso, se venden biografías de Alberto Fujimori.
En ese mismo registro, Amarilis, de 47 años, reconstruye su apoyo desde una experiencia personal marcada por el miedo. “En los años 80 vivimos el terror: cochebombas, explosiones, no podíamos salir con tranquilidad”, recuerda en diálogo con LA NACION. A esa memoria suma el peso de la crisis económica. “Había que hacer grandes filas por un kilo de arroz, de azúcar, hasta de pan. Fue terrible”, dice. Desde ese recuerdo, concluye: “Keiko tiene el ejemplo de fortaleza de su padre. ¿Cómo le va a molestar esa herencia?”.

El cierre de campaña de Keiko Fujimori sintentiza lo que el fujimorismo significa hoy en Perú. Una mezcla de memoria, reivindicación y reinterpretación. Una identidad política que, lejos de desaparecer tras la caída de su fundador en 2000, se transformó en una fuerza persistente, capaz de sobrevivir al rechazo y reinventarse.
También es, para algunos, una promesa económica. “La mejor propuesta la tiene Keiko. Ofrece mayor formalidad y libre economía, y eso es lo que nos va a sacar de la pobreza”, dice a LA NACION el pequeño empresario Exon Chávez Zamora, que apunta contra las trabas estructurales. “Los jóvenes chocan con mucha burocracia, con mucho papeleo, y terminan pidiendo al Estado en vez de trabajar”, afirma.
El legado Fujimori
Más de dos décadas después del gobierno de Alberto Fujimori, su legado sigue proyectándose sobre la política peruana. Pero ya no lo hace de la misma manera. Lo que durante años funcionó como un límite casi infranqueable, un trauma compartido que ordenaba adhesiones y rechazos, parece hoy más difuso. La pregunta que atraviesa la escena del Monumental es inevitable: ¿el fujimorismo dejó de ser un tabú?
La historia es conocida internacionalmente. Alberto Fujimori llegó al poder en 1990 como un outsider, derrotó al establishment político tradicional en medio de una crisis económica marcada por la hiperinflación e impulsó un ajuste drástico que estabilizó la economía. Al mismo tiempo, desplegó una estrategia de mano dura contra Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru.
Pero dos años después protagonizó el autogolpe que marcó a fuego la institucionalidad peruana. En 1992 disolvió el Congreso, intervino el Poder Judicial y concentró el poder en el Ejecutivo, inaugurando una etapa autoritaria. Ese período, en el que Keiko asumió el rol de primera dama de facto a los 19 años tras la separación de sus padres, también estuvo atravesado por violaciones a los derechos humanos y una trama de corrupción estructural encabezada por Vladimiro Montesinos.
Casos como las ejecuciones extrajudiciales del Grupo Colina y la red de sobornos evidenciada en los “vladivideos” terminaron por erosionar el régimen, que colapsó en 2000, cuando Fujimori renunció desde Japón.
Tras su caída, el sistema político peruano se reorganizó en gran medida como reacción a esa experiencia. Se reforzaron los controles institucionales y se intentó evitar la concentración de poder. La extradición de Fujimori desde Chile y su condena en 2009 a 25 años de prisión por violaciones a los derechos humanos consolidaron una narrativa dominante en la que su figura quedó asociada al autoritarismo y la corrupción.
Sin embargo, esos “anticuerpos” derivaron en una paradoja. En lugar de consolidar estabilidad, contribuyeron a una fragmentación extrema, con gobiernos débiles y una crisis política casi permanente.
Los “anticuerpos” tampoco mataron al fujimorismo. Mutó en una nueva identidad política con base social propia. “Se trata de un fenómeno que se juega en dos planos a la vez”, explica el sociólogo Romeo Grompone, investigador del Instituto de Estudios Peruanos.
Por un lado, mantiene un electorado estable de entre el 25% y el 30%. Por otro, convive con un rechazo persistente que, aunque ha bajado —de alrededor del 50% al 37%—, sigue siendo alto. Según el especialista, la estrategia de la referente de Fuerza Popular pasó por varias etapas: “primero un distanciamiento del legado del padre, luego una adhesión moderada y ahora un acercamiento mucho más claro”. En ese giro, la figura de Alberto Fujimori vuelve a ganar peso ante una demanda social de eficacia y control.

La opinión de los peruanos
Desde 2016, Keiko tuvo un rol clave en el Congreso, con influencia en la destitución de presidentes y en el control de organismos del Estado. “Lo nuevo no sería el ejercicio del poder, sino el control del Ejecutivo”, advierte Grompone.
Ese giro responde a una demanda social concreta. La inseguridad, el aumento de los homicidios y la crisis institucional alimentaron una búsqueda de orden que el fujimorismo intenta capitalizar como una respuesta pragmática al presente.
Algunos votantes dan prioridad absoluta a la seguridad. Joseph, estudiante de Derecho de 17 años, propone a LA NACION un plan alineado con el estilo de Keiko: “mano dura”, “militarizar las fronteras” y expulsar a delincuentes extranjeros ante lo que define como “terrorismo urbano: delincuencia, extorsiones, crímenes”.
Otros mantienen una mirada más ambivalente. José, chofer de 45 años, reconoce que el gobierno de Fujimori significó “ponerle un freno al terrorismo”, pero advierte: “Luego la cuestión se volvió más oscura y algunos métodos excedieron los límites de lo democrático”.
También están las voces abiertamente críticas, como la de Jhenny, una empleada de un almacén de Ate, de 56 años, que observa el acto con distancia. “Si supieran lo que hizo el padre”, dice sobre los jóvenes militantes, y cuestiona a la candidata: “Keiko ya tiene poder y no hace nada para combatir la delincuencia”. Aun así, admite un desencanto más amplio: “Lo que está del otro lado es igual de malo”.

La hija del exmandatario carga con un legado ambivalente. Para algunos, su padre estabilizó al país en medio de la crisis. Para otros, encarnó un período autoritario que terminó con una condena por violaciones a los derechos humanos. En los últimos años, lejos de distanciarse, la candidata volvió a apoyarse en esa herencia. Adoptó una imagen de liderazgo fuerte y se presentó como la figura más preparada para restaurar el orden y la estabilidad en un país golpeado por el aumento de homicidios y extorsiones.
En esa línea, prometió medidas concretas, como coordinar con el sistema financiero para identificar, rastrear y bloquear el dinero proveniente de la extorsión.
Desmarcarse de su padre
Sin embargo, desde su entorno buscan marcar diferencias con el estilo político de su padre. Subrayan su apuesta por la institucionalidad y la construcción partidaria. Luis Galarreta, su compañero de fórmula para la vicepresidencia, insiste en la idea de una “nueva Keiko”: más reflexiva, madura y cercana en lo personal, una transformación que atribuye en parte a su paso por prisión por el caso Odebrecht. La describe como aplicada y familiar, capaz de equilibrar la exigencia de la campaña con la vida doméstica.
Para el sociólogo peruano Carlos Meléndez, investigador del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa, el rechazo histórico al fujimorismo atraviesa una etapa de reconfiguración. “El antifujimorismo ha disminuido, sobre todo, a partir de la desaparición de Alberto Fujimori. La causa mayor del antifujimorismo se desvaneció”, señala.
Sin embargo, advierte que la principal dificultad ya no es ese rechazo específico, sino un clima más amplio de desconfianza. “El mayor obstáculo del fujimorismo hoy en día no es el antifujimorismo en sí, sino el antiestablishment”, afirma. Se trata de una corriente mayoritaria que percibe a Keiko como parte de la “casta política” y, pese a la fragmentación del sistema, como una de sus principales representantes.
Según Meléndez, un eventual gobierno de Fujimori enfrentaría una fuerte oposición social fuera de Lima, lo que podría profundizar la histórica división entre la capital y el interior. Aun así, sostiene, Keiko podría tener más chances de sostenerse que algunas alternativas rivales en un sistema político fragmentado.
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