Perú llega al balotaje entre dos candidatos incómodos y un país descreído de la política
Keiko Fujimori y Roberto Sánchez se enfrentan en una elección ajustada, atravesada por la inseguridad, la fragmentación institucional y el temor a que la crisis de gobernabilidad continúe después de las urnas
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LIMA.– Policías apostados en las esquinas, patrulleros que recorren avenidas con sirenas intermitentes, serenos municipales que vigilan cuadras enteras y agentes privados que custodian la entrada de casi cada comercio configuran una escena cotidiana que refleja el clima de época en esta capital. No es solo una percepción: el refuerzo del patrullaje y la expansión de servicios de vigilancia responden a una crisis de criminalidad que viene en aumento desde hace años, con extorsiones, homicidios y violencia urbana en alza.
Cuando faltan menos de 72 horas para el balotaje presidencial y en medio de un historial reciente de fuerte inestabilidad política, Lima no aparece empapelada con los rostros de Keiko Fujimori ni de Roberto Sánchez. Los carteles son escasos, casi inexistentes, y no logran reflejar la intensidad de una campaña áspera que enfrenta a la candidata de Fuerza Popular, por la derecha, y al aspirante de Juntos por el Perú, desde la izquierda. En las calles, el murmullo cotidiano parece transcurrir ajeno a la elección de este domingo 7 de junio. Ante la consulta, muchos peruanos reaccionan con un rechazo inmediato a hablar de política.
“De las elecciones no hablo”, repiten una y otra vez.

El balotaje enfrenta a dos figuras que sintetizan visiones opuestas del país. Fujimori se impuso en la primera vuelta con poco más del 17% de los votos, en un escenario altamente fragmentado, y propone un programa centrado en la continuidad económica, el fortalecimiento del orden interno y una estrategia de “mano dura” frente a la inseguridad.
Del otro lado, Sánchez, que accedió al segundo turno con un caudal del 12% de los votos, plantea un cambio de rumbo con mayor intervención del Estado, políticas de inclusión social y reformas estructurales orientadas a reducir las desigualdades. Más que una competencia tradicional, la segunda vuelta expone una elección marcada por el rechazo mutuo y la falta de mayorías claras.
Ambos candidatos realizarán el cierre de sus respectivas campañas esta tarde en la ciudad de Lima. Fujimori se presentará en el Estadio Monumental de Universitario, mientras que Sánchez lo hará en el parque Campo de Marte.
Marco, de 32 años, observa las portadas de los diarios colgadas en un quiosco en la esquina de la avenida La Paz y la calle Shell, en Miraflores, y resume a LA NACION una década de crisis: “No da para más”. Para él, la inestabilidad tiene nombre propio. “Hasta que ella —Keiko Fujimori— no obtenga la presidencia, este último poder que le falta, la inestabilidad va a seguir”, presagia. Cree que el poder real ya está en sus manos, aunque advierte que el respaldo popular seguirá siendo frágil. “En primera vuelta se mostró lo fragmentada que está la sociedad. Aquel que votará a Keiko por rechazo a Sánchez también la votará con cierto temor”, dice. Y agrega una sospecha extendida: “Muchos creen que detrás del telón ya tiene más control del que tuvo el padre, porque maneja el Congreso, la Justicia y buena parte de las Fuerzas”.
A pocas cuadras, en un banco del parque Kennedy, Cristofer, abogado de 27 años, pone el foco en las urgencias más inmediatas. “La delincuencia y la corrupción son los dos grandes problemas”, afirma a este medio. Desde su mirada, el escenario político no ofrece garantías. “Fuerza Popular vota leyes a favor de la delincuencia, en complicidad con el poder judicial, así que si gana Keiko habrá más corrupción”, afirma. Aunque teme una eventual concentración de poder, deja una advertencia que sintetiza el humor social: “Si el que gane no combate la delincuencia, el pueblo se va a levantar”.

La inseguridad atraviesa también la vida cotidiana. Pilar, farmacéutica de 40 años, dice a LA NACION que irá a votar solo porque es obligatorio. Vive con “miedo” y siente “desesperanza”. “La inseguridad es el gran temor de los ciudadanos de todo el país, no solo de Lima”, afirma, convencida de que ninguno de los dos candidatos logrará sacar al Perú de la inestabilidad prolongada.
En una vereda de la avenida José Larco, Amalia, ecuatoriana de 70 años nacionalizada peruana, conversa con su amiga María. “Desde que tengo recuerdo, uno vota por el mal menor, tanto en Ecuador como aquí”, dice. Lleva más de una década en Lima y asegura amar al país “por la calidez y solidaridad de su gente”, pero cree que hace falta “cambio y orden”. “Somos dos señoras mayores, dejamos atrás el romanticismo del socialismo, y aunque jamás pensamos en votar a la candidata del otro lado, no podemos darle el país a alguien que no puede hacerle frente a la inseguridad”, explica. María, agente de turismo, escucha, asiente y cuenta que desde hace años se limita a moverse por Miraflores, por temor a la expansión de los grupos criminales.

Perú llega a su elección presidencial con una paradoja difícil de resolver, por un lado logró evitar en la última década la concentración de poder que marcó etapas anteriores, pero al costo de una inestabilidad casi permanente que erosionó la confianza pública y dejó al sistema político sin anclajes firmes. En ese escenario, este balotaje expone el desgaste de toda la estructura institucional.
La crisis no es nueva, pero sí persistente. Ocho presidentes en los últimos diez años. El país encadenó mandatarios destituidos, renuncias y conflictos abiertos entre el Ejecutivo y el Congreso. La figura de la vacancia presidencial por “incapacidad moral permanente”, de contornos difusos, se convirtió en una herramienta política recurrente. Lo que en otros contextos sería excepcional, en Perú se volvió rutina.
“La existencia de agrupaciones políticas que no son sólidas hace que las bancadas parlamentarias se rompan al poco tiempo y ello genere una lógica de sobrevivencia política”, explica el politólogo de la Pontificia Universidad Católica del Perú José Alejandro Godoy. En esa dinámica, agrega, los acuerdos son de corto plazo y responden más a la necesidad de sostener carreras individuales —e incluso evitar procesos judiciales— que a la construcción de mayorías estables.
El trasfondo de esa fragilidad es un sistema de partidos virtualmente colapsado. La primera vuelta de 2026, con más de 30 candidaturas, es apenas la expresión más visible de una fragmentación que dificulta cualquier forma de gobernabilidad. No hay liderazgos capaces de ordenar el escenario ni estructuras partidarias que funcionen como sostén. “Los liderazgos también son débiles. No tienen capacidad de endoso de votos y pueden diluirse por escándalos de corrupción”, advierte Godoy.

Esa debilidad institucional encuentra su correlato en la sociedad. El electorado peruano llega a la segunda vuelta con una mezcla de apatía, desconfianza y resignación. Los indecisos, junto con quienes optan por el voto blanco o nulo, representan cerca de un tercio del padrón.
Según Patricia Zárate, socióloga del Instituto de Estudios Peruanos, el clima actual es menos polarizado que el de 2021, en parte porque el fujimorismo moderó su discurso más confrontativo. Sin embargo, persisten marcos interpretativos que ordenan el voto. “Queda en el imaginario la idea de que se vota por Fujimori para evitar que la izquierda llegue al poder”, señala. A la vez, advierte que la confianza en las elecciones cayó a niveles críticos: apenas un 17% de los ciudadanos confía en el sistema electoral.
Encuestas
La fractura territorial sintetiza buena parte de la disputa. “Lima y las ciudades más grandes presentan un voto más inclinado hacia la derecha, mientras que las zonas rurales se orientan hacia la izquierda”, explica Zárate. No es solo una diferencia geográfica, sino la expresión de dos experiencias distintas de país.

Las encuestas reflejan esa tensión. El último simulador de Ipsos otorga a Fujimori un 51,4% frente a 48,6% de Sánchez. Pero al incorporar el voto blanco y nulo, los porcentajes caen a 40,4% y 38,3%, con un 21,3% de electores que no eligen a ninguno. La distancia de 2,1 puntos está dentro del margen de error, lo que confirma que la elección permanece abierta.
También en los datos aparece la fractura. Fujimori se impone de manera ajustada en Lima y en varios centros urbanos, mientras que Sánchez logra ventajas superiores a 30 puntos en zonas rurales. Más que dos candidatos, lo que parece enfrentarse son dos geografías políticas.
El problema, sin embargo, no termina el día de la elección. El próximo presidente asumirá sin mayoría explícita en el Congreso, en un escenario que anticipa tensiones desde el primer día. “Para Sánchez será más difícil conseguir apoyos legislativos, por tener una bancada menor. En el caso de Fujimori, podría evitar una vacancia con apoyo de la derecha, pero enfrentaría protestas sociales, sobre todo en el sur”, señala Godoy.
La gobernabilidad aparece así como el desafío central. El sistema institucional peruano, diseñado para evitar excesos de poder, produce al mismo tiempo bloqueos recurrentes. Ejecutivos débiles, congresos fragmentados y reglas que facilitan la confrontación generan un equilibrio inestable.
Revertir esa dinámica requeriría reformas profundas y cambios en el comportamiento de las fuerzas políticas. Pero, por ahora, ese horizonte parece lejano. “Lo veo bastante difícil”, admite Godoy.
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