
Kosovo hoy, entre el odio y la desolación
En Jakovica, una ciudad donde vivían 60.000 personas, queda muy poco en pie.
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Jakovica.- Shuuipe Aironi no está entre los que tuvieron que huir, ni entre los refugiados que ahora están regresando en masa a Kosovo. Está entre los desesperados que se quedaron en Jakovica, una ciudad literalmente arrasada, 35 kilómetros al norte de Prizren. Dicen que este sitio, cuya destrucción impresiona, fue liberado hace unos días por un contingente italiano de la KFOR, el batallón Garibaldi.
Shuuipe es una mujer destruida, sin rumbo. Dar con ella no fue difícil: apenas paramos el auto -en cuyo parabrisas salta a la vista el cartel que nos identifica como "press"- un grupo de habitantes se acerca y nos cuenta todo: como en una catarata, la gente se desahoga. Necesita que el mundo sepa también su verdad, su historia.
"Los paramilitares serbios irrumpieron en mi casa y acribillaron a mi marido. Fue en el patio, el 13 de abril. Yo lo vi todo", dice Shuuipe, una mujer de 37 años, pero que aparenta muchos más.
Estamos en el centro de Jakovica, frente al hotel, un edificio moderno de típica arquitectura socialista, que tiene sus vidrios rotos y que está inhabilitado. Una plaza en la que se levanta una iglesia ortodoxa, vacía. En una esquina flamea la bandera del ELK, en lo que antes era la comisaría yugoslava.
Jakovica tenía 60.000 habitantes, de los cuales la mitad debió escapar. Aquí también vivían unos 5000 serbios, que se fueron hace unos días.
"Tenía solo 42 años mi marido. No había hecho nada. El sigue en mi casa. Lo enterramos en el patio, justo en el lugar donde lo mataron," agrega Shuuipe.
"Después de que murió mi marido -sigue relatando- nos subieron a bordo de un autobús, nos llevaron a una fábrica de motores eléctricos, en la periferia, y nos usaron como escudos humanos. Allí nos tuvieron días comiendo pan enmohecido. Eramos como 200 personas. Cuando escuchábamos el ruido de los aviones de la OTAN, salíamos al patio de la fábrica y gritábamos para que nos vieran y no nos bombardearan".
A su lado, otra mujer, de más edad, y con un pañuelo en la cabeza, Meehede, cuenta que la ciudad estaba llena de paramilitares que se llevaban a los hombres: "Hay 1200 personas desaparecidas -dice-. Aquí ha sido una catástrofe. Lo han quemado todo y han masacrado. No sé dónde están mis dos hijos".
Masacres y extorsiones
Un anciano agrega que en la familia Vesa hubo 200 personas acuchilladas y quemadas, mientras que otra mujer afirma que los serbios se llevaban a los niños "y nos pedían 5000 marcos para chantajearnos".
Llegar a Jakovica es recorrer un camino de una desolación inimaginable. Aunque en la ruta se ve gente, -refugiados volviendo a casa, soldados del ELK y blindados de la KFOR-, al costado hay una serie interminable de pueblos fantasma: Nanjovica, Sérbica, Sirene, Velika, Kusha, Ciflek... Las casas tienen los techos quemados. Hay viviendas en ruinas, esqueletos de estaciones de servicio, restaurantes saqueados y fábricas derrumbadas.
Los puentes que cruzamos fueron camuflados por los serbios con árboles cortados. Es un resabio de las técnicas para evitar que la OTAN los destruyeran durante su ofensiva aérea. Esos árboles están muertos como el resto de las cosas.
En contraste, la naturaleza provee un escenario bucólico. A lo lejos se ven montañas, colinas y praderas con lavandas y amapolas en flor. A la izquierda hay una vía de ferrocarril y, más allá, campos que han quedado sin cultivar. Pastos altos y animales sueltos: caballos, cabras y vacas a la deriva que se refugian del sol en un invernadero abandonado. En la cima de un poste de luz se ve un enorme nido con cuatro cigüeñas blancas y negras, y en el cielo muchos cuervos negros. La leyenda llama a Kosovo "el Valle de los Cuervos."
En Landovica, la mezquita, una construcción de ladrillo con cúpula de chapas, está destruida y su minarete quebrado en dos. Es evidente que los serbios se han ensañado con esta zona más que con ninguna otra.
En dos cosas se destaca lo máximo de la expresión de violencia: en la devastación de los lugares sagrados, de recogimiento y oración, y en la violación de las casas, que representa lo más íntimo de cada ser humano. Temiendo que los albano-kosovares ahora quieran vengarse de todo esto, es normal ver tanques aliados custodiando las iglesias ortodoxas.
Ensañamiento
Según explican aquí, como Prizren es uno de los sitios más antiguos y tradicionales de Kosovo -en la cima de una de las colinas a cuyos pies se levanta esta ciudad hay ruinas de un castillo romano-, y fue cuna de la Liga Nacional Albanesa homónima, creada en 1878 para combatir al imperio romano-otomano, los serbios evitaron su destrucción. Al parecer, la Iglesia Ortodoxa de Belgrado hizo un llamado al presidente Milosevic para que preservara ese lugar, de alto valor histórico.
No pasó lo mismo en el resto de la región. Sobre todo en Jakovica, donde no queda nada en pie y donde la KFOR halló fosas comunes, como en Velika y Kusha, a 15 kilómetros de allí. En estos lugares sobrevuelan helicópteros de la KFOR y trabajan técnicos forenses.
Preocupación por el ELK
A la entrada de Jakovica, el cuartel general de la policía yugoslava recuerda a cualquier edificio de Sarajevo después de la guerra. Tres misiles de la OTAN lo han destruido hace un mes y ahora es un cúmulo de hierros retorcidos. "Después del bombardeo los serbios lo quemaron", cuenta un niño.
En el centro, todo el mundo anda en bicicleta. Hay patrullas de la KFOR y del ELK.
"Ahora que se fueron los serbios, estamos más tranquilos", dice un anciano. Como en Prizren, aquí también escasean los alimentos y los pocos restaurantes que han subsistido a la devastación aún no han abierto. Y como en Prizren, aquí también los efectivos de la fuerza internacional de paz dicen que la situación todavía no es tranquila y que el problema ahora es el ELK.
Pero comparado con Jakovica, Prizren parece una ciudad neutral suiza. Aquí la destrucción es mayúscula. Los serbios lo han arrasado todo.




